Sábado 26 de junio


Analizando

La extradición: Una perspectiva personal

Morena González de Montalvo*

El pasado miércoles 9 de los corrientes, sintonizando uno de mis programas favoritos del cable: 20/20 de la cadena ABC, uno de los tres reportajes, conducido por la periodista Cynthia McFadden, trataba un tema que siempre atrajo mi atención en mi estudio de la materia de Derecho Internacional: la extradición. Esta vez la historia se desenvolvía alrededor de un detective de la costa Este de los Estados Unidos, de aparente extracción latinoamericana, enfrascado por dar con el paradero de cinco indiciados, todos de nacionalidad salvadoreña, que habrían retornado al país en busca de santuario.

El tema no trataba tangencialmente el meollo de la controversia que representa para los salvadoreños el que el gobierno de los Estados Unidos venga ejecutando sobre nuestro gobierno enormes presiones para que éste proceda a reformar la Constitución de la República, y darle iniciativa de ley al proyecto de extradición, aún en manos de la Asamblea Legislativa. Claramente el decidido detective manifestaba que el propósito de este reportaje "era poner en ridículo al Gobierno norteamericano, para que éste presionara al Gobierno salvadoreño a extraditar a los salvadoreños indiciados", es decir, no dar más largas al asunto.

Desde una perspectiva personal, siempre he considerado que la defensa de nuestros connacionales dentro del territorio y en el exterior, además de ser un principio que reviste enorme trascendencia humanitaria, fortalece la solidaridad y defensa que confirman nuestro compromiso hacia todo salvadoreño considerado culpable o no, y requerido por la justicia para enfrentar cargos. Un ejemplo de nación caracterizada por cumplir con estos principios hacia sus connacionales es el Estado de Israel, que posiblemente al haber experimentado el pueblo judío persecuciones milenarias de índole racial, jamás ha favorecido por ningún mérito o causal, o permitido bajo ninguna circunstancia la remoción física de cualquier judío reformado a su suelo, a fin de entregarlo a ningún gobierno o tribunal internacional.

Pero este miércoles por la noche, ante la pantalla de mi televisor, y confrontada con la realidad desde una perspectiva personal, comencé en forma imaginaria a calzarme los zapatos de aquellos que buscan únicamente hacer justicia a la memoria de sus familiares muertos, sin importarles quién, qué nación o cuerpo policial ponga en ridículo, para calmar su sed de justicia y reclamar su dignidad perdida, comenzando, paso a paso, a caminar mentalmente ese sendero plagado de impotencia y perplejidad.

Dos de los cinco individuos más buscados accedieron a que Cynthia McFadden les entrevistara ante cámaras -quizá por el irresistible y ególatra impulso por alcanzar una efímera notoriedad-, confrontándoles la hábil profesional, desde una perspectiva periodística eminentemente humana, sobre su deuda pendiente ante la justicia estadounidense. Como era de esperar, ambos rechazaron los cargos. Para mi sorpresa, al identificar el escenario donde se desarrolla la entrevista con uno de los indiciados -culpado por la muerte de dos personas en Washington D.C.-, me pareció por un momento reconocer el lugar, y finalmente confirmar que ésta se realizaba contiguo a mi propiedad de la playa, con un atardecer de celajes y enormes olas por telón, lugar donde el joven ha buscado santuario.

¿Cambió esa realidad mi perspectiva sobre la extradición? Quisiera decir que no, y comprender sin arrebatos y objetivamente el deseo de las familias afectadas y sedientas de justicia, que buscan alcanzar de alguna manera satisfacción ante la pérdida de sus seres queridos. Pero más allá de la perspectiva personal, la realidad me dicta que existe una frontera de la conciencia, donde la justicia no tiene aspecto, raza, credo, color o nacionalidad, y aún con todo y mi vecino presuntamente implicado, renuente a responder por lo que se le incrimina, el verdadera valor de la vida y la justicia "en el país más violento y propenso al homicidio de Latinoamérica", tal y como lo caracterizara el detective de la historia en mención, nos obligará de una manera u otra a los salvadoreños, a meditar sobre el supremo esfuerzo por reclamar su justo precio y valor en El Salvador. Valorar la vida, como el mayor don que el Supremo Creador nos ha dado, y recuperar el verdadero sentido de la justicia, posiblemente nos tomará varias generaciones, y mucho esfuerzo en común para desandar el camino de violencia andado.

* Licenciada en Derecho.


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