Analizando
La extradición: Una
perspectiva personal
Morena
González de Montalvo*
El pasado miércoles 9
de los corrientes, sintonizando uno de mis
programas favoritos del cable: 20/20 de la
cadena ABC, uno de los tres reportajes,
conducido por la periodista Cynthia McFadden,
trataba un tema que siempre atrajo mi
atención en mi estudio de la materia de
Derecho Internacional: la extradición.
Esta vez la historia se desenvolvía
alrededor de un detective de la costa Este de
los Estados Unidos, de aparente
extracción latinoamericana, enfrascado
por dar con el paradero de cinco indiciados,
todos de nacionalidad salvadoreña, que
habrían retornado al país en busca
de santuario.
El tema no trataba
tangencialmente el meollo de la controversia que
representa para los salvadoreños el que
el gobierno de los Estados Unidos venga
ejecutando sobre nuestro gobierno enormes
presiones para que éste proceda a
reformar la Constitución de la
República, y darle iniciativa de ley al
proyecto de extradición, aún en
manos de la Asamblea Legislativa. Claramente el
decidido detective manifestaba que el
propósito de este reportaje "era poner en
ridículo al Gobierno norteamericano, para
que éste presionara al Gobierno
salvadoreño a extraditar a los
salvadoreños indiciados", es decir, no
dar más largas al asunto.
Desde una perspectiva
personal, siempre he considerado que la defensa
de nuestros connacionales dentro del territorio
y en el exterior, además de ser un
principio que reviste enorme trascendencia
humanitaria, fortalece la solidaridad y defensa
que confirman nuestro compromiso hacia todo
salvadoreño considerado culpable o no, y
requerido por la justicia para enfrentar cargos.
Un ejemplo de nación caracterizada por
cumplir con estos principios hacia sus
connacionales es el Estado de Israel, que
posiblemente al haber experimentado el pueblo
judío persecuciones milenarias de
índole racial, jamás ha favorecido
por ningún mérito o causal, o
permitido bajo ninguna circunstancia la
remoción física de cualquier
judío reformado a su suelo, a fin de
entregarlo a ningún gobierno o tribunal
internacional.
Pero este miércoles
por la noche, ante la pantalla de mi televisor,
y confrontada con la realidad desde una
perspectiva personal, comencé en forma
imaginaria a calzarme los zapatos de aquellos
que buscan únicamente hacer justicia a la
memoria de sus familiares muertos, sin
importarles quién, qué
nación o cuerpo policial ponga en
ridículo, para calmar su sed de justicia
y reclamar su dignidad perdida, comenzando, paso
a paso, a caminar mentalmente ese sendero
plagado de impotencia y perplejidad.
Dos de los cinco individuos
más buscados accedieron a que Cynthia
McFadden les entrevistara ante cámaras
-quizá por el irresistible y
ególatra impulso por alcanzar una
efímera notoriedad-,
confrontándoles la hábil
profesional, desde una perspectiva
periodística eminentemente humana, sobre
su deuda pendiente ante la justicia
estadounidense. Como era de esperar, ambos
rechazaron los cargos. Para mi sorpresa, al
identificar el escenario donde se desarrolla la
entrevista con uno de los indiciados -culpado
por la muerte de dos personas en Washington
D.C.-, me pareció por un momento
reconocer el lugar, y finalmente confirmar que
ésta se realizaba contiguo a mi propiedad
de la playa, con un atardecer de celajes y
enormes olas por telón, lugar donde el
joven ha buscado santuario.
¿Cambió esa
realidad mi perspectiva sobre la
extradición? Quisiera decir que no, y
comprender sin arrebatos y objetivamente el
deseo de las familias afectadas y sedientas de
justicia, que buscan alcanzar de alguna manera
satisfacción ante la pérdida de
sus seres queridos. Pero más allá
de la perspectiva personal, la realidad me dicta
que existe una frontera de la conciencia, donde
la justicia no tiene aspecto, raza, credo, color
o nacionalidad, y aún con todo y mi
vecino presuntamente implicado, renuente a
responder por lo que se le incrimina, el
verdadera valor de la vida y la justicia "en el
país más violento y propenso al
homicidio de Latinoamérica", tal y como
lo caracterizara el detective de la historia en
mención, nos obligará de una
manera u otra a los salvadoreños, a
meditar sobre el supremo esfuerzo por reclamar
su justo precio y valor en El Salvador. Valorar
la vida, como el mayor don que el Supremo
Creador nos ha dado, y recuperar el verdadero
sentido de la justicia, posiblemente nos
tomará varias generaciones, y mucho
esfuerzo en común para desandar el camino
de violencia andado.
* Licenciada en
Derecho.