Sábado 26 de junio


Tema para meditar

El problema del dolor

María Teresa de Jovel

Desde siempre, desde que comienza la vida en esta tierra, el ser humano está sometido a esta realidad. El dolor existe y nos llega a todos y cada uno, irremediablemente, en algún momento de nuestra vida.

Nos puede llegar directamente, golpeándonos con más o menos dureza, y también lo podemos observar, conocer y compartir con otras personas en todos los acontecimientos de cada día.

Actualmente, con la maravillosa tecnología de las comunicaciones, nos enteramos de muchos tremendos e inmensos dolores a través de las noticias que nos llegan con la velocidad que nos permiten la fibra óptica y otras tecnologías de transmisión de señales.

Estas imágenes de la violencia en nuestro país; del dolor y la impotencia que producen los secuestros; de la delincuencia generalizada; de la muerte de hombres y mujeres, niños y ancianos; de los dolorosos acontecimientos y las graves consecuencias de la guerra de Kosovo; de las tragedias ocurridas en diferentes escuelas en Estados Unidos, y muchas otras más, tan frescas todavía en nuestras memorias, me han llevado a leer de nuevo el estupendo libro del escritor inglés C.S. Lewis, titulado "El problema del dolor". Con extrema sencillez, a la vez que clara profundidad, Lewis lleva a cabo la reflexión sobre el sufrimiento, su sentido y su trascendencia. Algunas de las conclusiones del autor son muy interesantes de conocerlas y meditarlas. Seguramente nos ayudarán a nosotros a respondernos muchas de nuestras preguntas sobre el por qué de la existencia del dolor.

Según el autor, hay varios hechos que son evidentes y los va enumerando: La posibilidad del dolor es inherente a la existencia del hombre. Cuando los seres humanos se vuelven malvados, sin duda utilizarán esta maldad para causarse mal unos a otros. Son los hombres quienes han inventado potros de tortura, látigos, prisiones, esclavitud, cañones, bayonetas, bombas, etc. Es debido a la malicia y a la avaricia humana, y no a la mezquindad de la naturaleza, que tenemos pobreza, hambre y miseria. El dolor es sinónimo de sufrimiento, angustia, tribulación, adversidad, dificultad, etc. Los grandes desastres de la naturaleza son causados, en su mayoría, por el deterioro de nuestra tierra a manos de nosotros mismos.

A través del análisis de estas aseveraciones, llega a una primera respuesta al problema del dolor:

No somos sólo criaturas imperfectas que deben ser mejoradas. También somos rebeldes que debemos deponer nuestras armas. Nuestra mejoría es un proceso doloroso porque para mejorar tenemos que rendir nuestra voluntad que por tanto tiempo hemos manejado a nuestro antojo. Porque, someter una voluntad propia -sobre todo si ha estado enardecida y henchida por el egoísmo-, es como una especie de muerte. De ahí la necesidad de morir a nosotros mismos un poco cada día. No importa qué tan seguido pensemos que hemos quebrantado al yo, siempre encontraremos que aún sigue vivo.

Una segunda respuesta es que para erradicar el mal -físico o moral- en nosotros y en el mundo, tiene que ser por la vía del dolor. Pero, el mal tiene esta característica: cuanto más profundo es, menos se da cuenta la persona de su existencia. Es un mal enmascarado. Desenmascarar y erradicar este mal causa dolor. Todo hombre sabe que algo anda mal en él o en el mundo que lo rodea, cuando siente en carne propia el sufrimiento. El dolor que ocasiona la existencia del mal, no sólo es inmediatamente reconocible, sino imposible de ignorar. Y, además, insiste y reclama ser atendido. Dios ocupa el megáfono del dolor, ocasionado por la imperfección y la maldad del ser humano, por la existencia del mal, por los desastres de la naturaleza, para despertar a un mundo sordo, ciego y mudo ante el mal enmascarado y ante la existencia de Dios.

Si la primera operación del dolor -mejorar- destroza la ilusión de que somos perfectos, la segunda operación -desenmascarar el mal- destroza la ilusión de que todo está bien.

Y, tercera respuesta: todos tenemos la apariencia de qué difícil es volvernos a Dios cuando todo está bien. Cuando tenemos las manos llenas sólo de bienes materiales. Mientras nuestra vida se mantenga agradable, no estamos dispuestos a entregársela a Él.

Ante esta realidad, ¿qué puede hacer Dios en beneficio nuestro, sino hacer nuestra vida menos agradable y quitarnos las posibles fuentes de una falsa felicidad?

Es justamente aquí, en esta tercera respuesta, en donde encontramos la sabia y misericordiosa providencia divina, aunque nos sintamos perplejos al ver caer la desgracia sobre personas inocentes, buenas, inofensivas y valiosas.

¿Es entonces verdad que sólo ante la adversidad nos volvemos a Dios? No, no lo es. Pero, aunque para algunos sólo sea esa la respuesta, para muchos otros no lo es. Dios nos ama, perdona y acepta a pesar de que hemos demostrado que preferimos todo lo demás antes que a Él, y que acudimos a Él sólo porque no hay nada mejor que tener ni nadie más a quién acudir.

Entonces, ¿qué conclusiones y qué lecciones podemos sacar?

1. Mejorar cada uno de nosotros aunque nos duela. 2. Rendir nuestra voluntad para erradicar el mal en nosotros mismos, aunque nos cueste. 3. Volvemos a Dios en toda circunstancia, aunque sea difícil.

Qué bueno es descubrir estos caminos. No importa que cada uno de estos pasos nos cause mucho dolor.


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