Tema
para meditar
El problema del
dolor
María
Teresa de Jovel
Desde siempre, desde que
comienza la vida en esta tierra, el ser humano
está sometido a esta realidad. El dolor
existe y nos llega a todos y cada uno,
irremediablemente, en algún momento de
nuestra vida.
Nos puede llegar
directamente, golpeándonos con más
o menos dureza, y también lo podemos
observar, conocer y compartir con otras personas
en todos los acontecimientos de cada
día.
Actualmente, con la
maravillosa tecnología de las
comunicaciones, nos enteramos de muchos
tremendos e inmensos dolores a través de
las noticias que nos llegan con la velocidad que
nos permiten la fibra óptica y otras
tecnologías de transmisión de
señales.
Estas imágenes de la
violencia en nuestro país; del dolor y la
impotencia que producen los secuestros; de la
delincuencia generalizada; de la muerte de
hombres y mujeres, niños y ancianos; de
los dolorosos acontecimientos y las graves
consecuencias de la guerra de Kosovo; de las
tragedias ocurridas en diferentes escuelas en
Estados Unidos, y muchas otras más, tan
frescas todavía en nuestras memorias, me
han llevado a leer de nuevo el estupendo libro
del escritor inglés C.S. Lewis, titulado
"El problema del dolor". Con extrema sencillez,
a la vez que clara profundidad, Lewis lleva a
cabo la reflexión sobre el sufrimiento,
su sentido y su trascendencia. Algunas de las
conclusiones del autor son muy interesantes de
conocerlas y meditarlas. Seguramente nos
ayudarán a nosotros a respondernos muchas
de nuestras preguntas sobre el por qué de
la existencia del dolor.
Según el autor, hay
varios hechos que son evidentes y los va
enumerando: La posibilidad del dolor es
inherente a la existencia del hombre. Cuando los
seres humanos se vuelven malvados, sin duda
utilizarán esta maldad para causarse mal
unos a otros. Son los hombres quienes han
inventado potros de tortura, látigos,
prisiones, esclavitud, cañones,
bayonetas, bombas, etc. Es debido a la malicia y
a la avaricia humana, y no a la mezquindad de la
naturaleza, que tenemos pobreza, hambre y
miseria. El dolor es sinónimo de
sufrimiento, angustia, tribulación,
adversidad, dificultad, etc. Los grandes
desastres de la naturaleza son causados, en su
mayoría, por el deterioro de nuestra
tierra a manos de nosotros mismos.
A través del
análisis de estas aseveraciones, llega a
una primera respuesta al problema del
dolor:
No somos sólo
criaturas imperfectas que deben ser mejoradas.
También somos rebeldes que debemos
deponer nuestras armas. Nuestra mejoría
es un proceso doloroso porque para mejorar
tenemos que rendir nuestra voluntad que por
tanto tiempo hemos manejado a nuestro antojo.
Porque, someter una voluntad propia -sobre todo
si ha estado enardecida y henchida por el
egoísmo-, es como una especie de muerte.
De ahí la necesidad de morir a nosotros
mismos un poco cada día. No importa
qué tan seguido pensemos que hemos
quebrantado al yo, siempre encontraremos que
aún sigue vivo.
Una segunda respuesta es que
para erradicar el mal -físico o moral- en
nosotros y en el mundo, tiene que ser por la
vía del dolor. Pero, el mal tiene esta
característica: cuanto más
profundo es, menos se da cuenta la persona de su
existencia. Es un mal enmascarado. Desenmascarar
y erradicar este mal causa dolor. Todo hombre
sabe que algo anda mal en él o en el
mundo que lo rodea, cuando siente en carne
propia el sufrimiento. El dolor que ocasiona la
existencia del mal, no sólo es
inmediatamente reconocible, sino imposible de
ignorar. Y, además, insiste y reclama ser
atendido. Dios ocupa el megáfono del
dolor, ocasionado por la imperfección y
la maldad del ser humano, por la existencia del
mal, por los desastres de la naturaleza, para
despertar a un mundo sordo, ciego y mudo ante el
mal enmascarado y ante la existencia de
Dios.
Si la primera
operación del dolor -mejorar- destroza la
ilusión de que somos perfectos, la
segunda operación -desenmascarar el mal-
destroza la ilusión de que todo
está bien.
Y, tercera respuesta: todos
tenemos la apariencia de qué
difícil es volvernos a Dios cuando todo
está bien. Cuando tenemos las manos
llenas sólo de bienes materiales.
Mientras nuestra vida se mantenga agradable, no
estamos dispuestos a entregársela a
Él.
Ante esta realidad,
¿qué puede hacer Dios en beneficio
nuestro, sino hacer nuestra vida menos agradable
y quitarnos las posibles fuentes de una falsa
felicidad?
Es justamente aquí, en
esta tercera respuesta, en donde encontramos la
sabia y misericordiosa providencia divina,
aunque nos sintamos perplejos al ver caer la
desgracia sobre personas inocentes, buenas,
inofensivas y valiosas.
¿Es entonces verdad que
sólo ante la adversidad nos volvemos a
Dios? No, no lo es. Pero, aunque para algunos
sólo sea esa la respuesta, para muchos
otros no lo es. Dios nos ama, perdona y acepta a
pesar de que hemos demostrado que preferimos
todo lo demás antes que a Él, y
que acudimos a Él sólo porque no
hay nada mejor que tener ni nadie más a
quién acudir.
Entonces, ¿qué
conclusiones y qué lecciones podemos
sacar?
1. Mejorar cada uno de
nosotros aunque nos duela. 2. Rendir nuestra
voluntad para erradicar el mal en nosotros
mismos, aunque nos cueste. 3. Volvemos a Dios en
toda circunstancia, aunque sea
difícil.
Qué bueno es descubrir
estos caminos. No importa que cada uno de estos
pasos nos cause mucho dolor.