Inauguran dos
casinos en Santa Ana y San Miguel
El casino "San Remo" es la
novedad en Santa Ana. Funciona en un edificio
que tiene varias historias. Hasta hace poco, la
pupusería "Memita" operaba en el local,
ubicado en el centro de Santa Ana, en las
cercanías de zonas residenciales
El Diario de
Hoy
Esa
construcción esquinera ha tenido toda
clase de suerte. Está ubicada entre la
25a. Calle Poniente y la 10a. Avenida Sur de
Santa Ana, y durante las últimas
décadas ha albergado a varios negocios
con nombres y servicios para todos los gustos.
El último inquilino es un casino que se
llama "San Remo".
Primero, operó
allí una pista de patinaje, cuando los
patines de cuatro ruedas estaban de moda y los
jóvenes bailaban "Xanadú" y
"Fiebre de sábado por la noche".
Después, el recinto fue despejado para
instalar una sala de recepciones, en donde se
celebraba cualquier regocijo: cumpleaños,
fiestas rosas, bautizos, "baby showers",
bodas... Después de muchos
júbilos, el lugar
feneció.
Al tiempo, inauguraron un
nuevo negocio en ese lugar. Esa vez,
pupusería "Memita" se ponía a
disposición de los santanecos. La
especialidad de la casa: pupusas de maíz,
revueltas, de chicharrón, queso... El
comedor tuvo el mismo final que los anteriores
negocios y lo cerraron. Todos
quebraron.
En las últimas
semanas, el local fue remodelado y en la parte
posterior del edificio se colocó un nuevo
rótulo: casino "San Remo"
-acompañado por unas cartas de naipe-.
Ahora, la suerte de ese edificio de esquina -en
la parte alta funciona un hotel- depende de los
dados, las cartas y las jugadas de las
máquinas tragaperras.
La
nueva decoración
El casino fue inaugurado el 5
de junio anterior, sin cohetes ni mariachis, ni
promociones del "dos por uno". El lugar es
diferente a los demás que operan en San
Salvador. Ubicada en las cercanías de
zonas residenciales de Santa Ana, esa es una
casa de juegos de puertas abiertas, sin muchos
escrúpulos, que no tiene las entradas en
recodos ni vigilantes en las
penumbras.
Cualquiera que pase por esas
calles puede observar de lejos el interior del
casino: sus blancas paredes iluminadas, las
máquinas tragaperras que convulsionan una
y otras vez, y los meseros moviéndose de
un lado para otro, atendiendo a los nuevos
clientes, muchos de ellos, futuros
parroquianos.
El lugar es pequeño si
se compara con los otros que funcionan, y
está divido en dos. A un costado
están instaladas las máquinas
traganíqueles -unas 43 con diferentes
juegos-, que prometen ganancias sin mucho
esfuerzo. Al otro lado del salón
están instaladas seis mesas de juegos de
cartas, que son atendidas por varias
señoritas -algunas extranjeras-. En este
lado no se prueba suerte con unas cuantas
monedas, sino "con unos cuantos
billetes".