Lunes 14 de junio
A golpes y a gritos

Zapatazos, empujones y gritos fueron los recursos que los pedecistas utilizaron para darle el adiós a Ronal Umaña

Roxana Huezo

El Diario de Hoy

Al son de la marcha del general Gerardo Barrios, el secretario adjunto de los demócrata cristianos, Aristides Alvarenga, gritaba...¡qué viva José Napoleón Duarte!. Esos eran momentos en que se llamaba a los pedecistas para iniciar la convención extraordinaria.

La marcha seguía sonando y en la mesa de la Comisión Política sólo hacía falta Ronal Umaña. Para Alvarenga, que se negaba a ceder el micrófono a alguien más, no era necesaria la presencia de Umaña. Estimó que era suficiente con que él arrancara el establecimiento del quórum.

El primer intento por nombrar al presidente de la convención ocurrió cuando Umaña y su séquito todavía no se habían incorporado al evento.

Los asambleístas nombraron a Aristides Alvarenga tras una rápida votación a mano alzada. En el momento en que Ronal Umaña se unió al grupo, empezaron los problemas.

Empujones

A gritos, los simpatizantes de René Aguiluz emprendieron una fuerte contienda contra los que vitoreaban a Umaña.

En medio de bombos, gritos y pancartas, los convencionistas luchaban por concluir su misión: derrotar a Umaña.

Con 205 acreditados, se estableció el quórum. A ese nivel estaban cuando se dieron cuenta de que tergiversaron el procedimiento. Nombraron primero al presidente de la convención: Aristides Alvarenga. Eso ocurrió, a pesar de que debió ser el segundo punto de agenda.

Rosalío Tóchez, claro umañista, luchaba por tomar el micrófono para hacer ver la equivocación. Por las buenas, no se lo dieron. Tuvo que arrebatárselo de las manos al propio Alvarenga.

El error les costó un poco más de dos horas, porque tuvieron que realizar la votación nominal y pública de los asistentes de los 14 departamentos.

El desorden era tal que llamaron a votar a Vicente Reyes, del departamento de Usulután. ¡Ya se murió!, gritó alguien de atrás..."entonces voy a llamar a su suplente", dijo el presidente del Consejo Electoral Nacional, Gilberto González.

Corrigieron los errores y se estableció que René Aguiluz fungiera como secretario y Alvarenga como presidente de la convención. ¡Queremos cambio!, vociferaba Manuel Rosas. El sólo hecho de mencionar a Ronal Umaña era suficiente para que los abucheos colmaran la cede de los pedecistas.

Los silbidos ahogaban cualquier intento de los umañistas para tomar la palabra. Mélida Villatoro logró que le concedieran el micrófono, pero nadie la quiso escuchar.

Manuel Rosas, que no es convencionista del partido, seguía gritando...¡fuera, fuera, cállenla!.

Media hora después del incidente, Villatoro se acercó a Rosas, se quitó su zapato y le propinó un serie de taconazos, al mismo tiempo que lo sentenciaba a continuar si seguía con esa actitud. La demora convirtió en hambre el entusiasmo de los convencionistas. Al final, triunfó Aguiluz.


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