Chilanguera la
sombra del desastre
La huella de "Mitch" en el
cantón Chilanguera procura borrarse con
nuevas casas y el apoyo del sector privado
Eric Lombardo
Lemus
El Diario de
Hoy
El
poblado que salió del olvido el
año pasado, tras el paso de la tormenta
tropical "Mitch", es una zona de contrastes. Un
grupo de viviendas de fabricación mixta,
concentrado al inicio del poblado, dista de los
restos de las cobachas arrasadas por las aguas,
más adelante.
Un autobús
destartalado, que ingresa dos veces al
día al pueblo, tiene mucho que envidiarle
a los vehículos todo terreno del
ejército de los Estados Unidos. Durante
este invierno no ha caído una gota de
agua; en noviembre pasado, hubo de
sobra.
Los amplios "solares"
derruidos contrastan con el área ofrecida
a los damnificados por el sector privado. El
sol, radiante, quema la piel de un niño
desnudo y una anciana se queja por una cortina
de viento que levanta polvo.
La vida sigue igual ocho
meses después de la tragedia. La gente es
tan pobre como siempre y los niños tan
desnudos como cuando vinieron al mundo. Nada ha
cambiado, ni la expectativa de otro
huracán. "Dicen que vienen nueve", estima
doña Alfonsina, como si se tratara de una
reventa de tomates.
Un día en el
cantón Chilanguera es insoportable para
un capitalino. El calor y el aire sofocante dan
poco respiro.
Un
grupo de la Asociación Nacional de la
Empresa Privada (ANEP) lo vivió en carne.
La delegación llegó, al calor de
la mañana del viernes, a rifar las casas
unifamiliares que la población
construyó con la asistencia
técnica de la Cámara
Salvadoreña de la Construcción
(CASALCO).
Al estilo
urbano
Desde una cresta, las 180
casas tienen un aspecto semejante a los
complejos urbanos de Soyapango. La única
diferencia es que, acá, la gente tiene
otro estilo de vida, que requiere tanto espacio
como su deseo de procrear.
Los militares
estadounidenses, mientras tanto, lucen ajenos al
acto y prosiguen en la tarea de
edificación de una casa comunal, una
clínica y una guardería bajo el
inclemente sol de la costa oriental de El
Salvador. Mientras las ancianas hablan hasta por
los codos, a casi cien metros de distancia,
ellos guardan silencio. "Además, nadie
les entiende; a saber qué dicen",
confiesa una abuela que se pasa una toalla
blanquísima por el rostro.
La población
recibió materiales para la
construcción de las viviendas y el pago
diario de poco más de ¢20 para
estimular la participación de los
damnificados.
Pero
no todos lucen satisfechos.
"Esto es como el comunismo",
señala un hombre de manos toscas con
ironía.
El problema surge debido a
que algunas familias, antes del paso de "Mitch",
tenían una propiedad cuyo tamaño
era el doble de lo que es ahora. Otros,
más afortunados, carecían de todo
y hoy gozan de un techo de duralita.
"Viera cómo llora este
niño cuando llueve. Ha quedado 'flatoso',
quizá", dice la abuela del niño
Franklin Tomás.
Minutos después,
encontramos a don Jorge Pineda junto a su esposa
Rosa. Ellos perdieron a Moisés Alexander
la noche trágica cuando las aguas del
río Chilanguera se desbordaron con
violencia.
La fotografía del
pequeño Moisés, en brazos de
Jorge, recorrió el mundo y mereció
el reconocimiento internacional. Sin embargo,
tanto mérito periodístico poco le
ha servido a esta familia
salvadoreña.
"Lo fui a hallar a los dos
días entre unos árboles
quebrados", cuenta, mientras su esposa nos
examina con recelo. Ahora le sobreviven cuatro
hijos cuyas edades oscilan entre los 15 y tres
años de edad.
Jorge guarda una
fotografía de Moisés en la
billetera. "Tenía casi seis años",
pero "la llena de Mitch" lo arrastró
hasta las afueras de la Hacienda
Chilanguera.
Jorge también es uno
de los beneficiados del sector privado y, junto
a sus hijos, construyó la casa donde
vivirán a partir de ahora en busca de un
futuro más justo.