La Nota del
Día
Ya están en el buen
camino
No importa que el gato sea
blanco o negro, siempre que cace
ratones
Deng Xiaoping, antiguo
premier de China roja
El manifiesto "Europa: la
tercera vía", de los primeros ministros
de Gran Bretaña y Alemania, Tony Blair y
Gerhard Schroeder, rompe con sacrosantos dogmas
de la izquierda, aun cuando mantiene vigentes
numerosas ambigüedades. El paso era de
esperarse desde que el socialismo alemán
expulsó de su seno a Oskar Lafontaine, el
ancla que mantenía al partido en los
anacrónicos cauces delineados por Marx,
hace más de siglo y medio.
El documento, como
señala el Wall Street Journal,
está repleto de
frases que hasta hace muy
poco eran impensables para la izquierda:
desregulación, bajos
impuestos, revisión del Estado
benefactor, mercados "profundos" de
capital.
Al hablar de reducir los
impuestos a las empresas, Blair y Schroeder no
pueden ser más enfáticos: "los
cortes en impuestos corporativos incrementan las
ganancias de las empresas y en tal forma elevan
los incentivos para invertir. Mayores
inversiones amplían la actividad
económica y suben el potencial
productivo. Todo ello contribuye a generar un
círculo virtuoso que incrementa los
recursos disponibles para el gasto
público".
La actitud evoca una famosa
frase de hace muchos años, en el sentido
de que "lo bueno para la General Motors es bueno
para los Estados Unidos, y lo bueno para los
Estados Unidos es bueno para la General Motors".
Ningún conglomerado puede estar bien si
sus empresas y negocios están mal, como
quedó contundentemente demostrado
aquí, en El Salvador, durante la
década perdida.
A pesar del socialismo
oficial, en Alemania se continúa con el
programa de privatizaciones
iniciado en los años de Kohl: van los
teléfonos, como en el resto del mundo, y
también la aerolínea gubernamental
y, eventualmente, hasta los transportes
públicos, estatizados en la época
de Bismarck. En esto de las privatizaciones
hasta los franceses siguen la pauta; no hay
gobierno del primer mundo que pretenda seguir
con los elefantes blancos de las grandes
empresas estatales, pues todas están
técnicamente en quiebra, incluyendo el
sistema de "seguridad social" de los Estados
Unidos.
El manifiesto, como lo
enfatiza su título en alemán,
entierra la
pretensión de los
socialistas no marxistas de ser una tercer
opción entre el capitalismo y el
comunismo, como en su momento sostuvieron desde
los democristianos hasta el APRA y el PRI
mejicano. En política económica,
es imposible mezclar el agua con el aceite; los
partidos socialistas europeos se han podido
mantener en pie no por sus dogmas y sus
supersticiones, sino por el hecho de no ser
"tan" intervencionistas en asuntos
económicos como para ahogar del todo a
sus empresas. El caso más
sintomático es el de Suecia, que, pese a
tener los más altos impuestos del mundo y
pretender cuidar a sus súbditos desde la
cuna hasta la tumba, no interfiere con la libre
formación de precios.
El mercado es un sistema de
información
Ese pragmatismo es lo que
evitó el colapso de los nacional
socialistas de Hitler: pese a ser un partido de
inspiración marxista, no cometió
la locura de eliminar a sus empresarios, los que
quedaron gerenciando la actividad productiva,
aunque casi en calidad de rehenes. Haberlos
eliminado, otra locura descomunal, fue la causa
del descalabro salvadoreño en la
década de los ochenta.
A pesar de su recién
adquirida sabiduría (la impartida en su
momento por Margaret Thatcher) ni Blair, ni
mucho menos Schroeder, terminan por comprender
lo esencial del capitalismo (o "neoliberalismo",
según la expresión satanizada por
la extrema izquierda): que el mercado no es una
entidad física ni una conjura de los
ricos. El mercado es un sistema de
información, que, a través de los
precios, manda señales a productores y
consumidores sobre lo que se vende y se
intercambia en el globo, lo que permite tomar
decisiones acertadas. Los enormes desajustes en
la producción que terminaron por hundir a
la Unión Soviética se originaron
de esa falta de conocimiento.