Lunes 5 de julio


Reencuentro subterráneo

Tu casa estaba lagrimeando llamas ardientes por las ventanas quebradas cuando llegué a buscarte. Las cortinas colgaban como fantasmas incompletos que se extinguían. Temí por ti.

Por Enrique Contreras

Esa tarde teníamos una plática pendiente. Mientras estuvimos separados, ambos rozamos nuestras bocas , ojos y relieves con otras mieles momentáneas. Luego de esa saga de entrega errante, nos encontramos de nuevo solos. Y te llamé para acordar una cita en un pasto callado, cubierto de hojarasca otoñal y árboles de fuego. Es ese lugar escondido que creíste que era otro invento mío para desabotonarte los pensamientos y hacerte caer en el angosto limbo horizontal, irregular y paralelo, que formaría tu cuerpo inclinado frente a mi pecho. Dos ríos desbordados, mezclando sus espumas.

Frente a la puerta, convertida en carbón agujereado, recordé que habías jurado hacerte cenizas si me tardaba demasiado. Me tardé exactamente eso. Pasé por ti a un año de ese pacto. La cobardía me había retrasado otra vez.

Me adentré a buscarte entre el esqueleto humeante que sostenía los restos de tu casa. Caminé entre la neblina del incendio mientras lamentaba mi tardanza. Quería entonces quemarme y gritar como gritaría la carne viva siendo consumida por las brasas.

Subí los escalones, que tronaban con mi peso, hasta llegar a tu alcoba, donde el calor era sofocante. Divisé el tocador donde te adornabas los ojos, las orejas y los labios. Templo mudo ante el cual te acariciabas de arriba abajo con las conchas de tus manos, mientras yo me pegaba al borde de su espejo, intentando desdoblarme, salirme de su reflejo plano. Tu templo, mi templo. Ese espejo, mi nexo exquisito.

Desde esa cortina de acero, fui testigo encadenado de tus despertares y siestas de niña grande. Vi también cuando me convertías a placer en tu almohada y la envolvías con tus codos en abrazos asfixiantes. Te vi humedecer el cubrecama con tu cuerpo, luego de un baño tibio. Me vi implorando desde esa barrera niquelada, para que me lanzaras la toalla que te arropaba al salir del agua, para extraerle el rocío húmedo que te había robado mientras fuiste presa de su tela velluda. Para que me serenaras con su aliento.

El tejado estaba colapsando y opté por llevarme el espejo para enterrarlo vivo. Volteé hacia tu cama y no te vi, no estabas en ninguna parte de la casa. Salí de ahí a toda prisa, hacia el bosque nebuloso, el de las hojas rojas que explotaban llamaradas. Busqué el sitio de la cita inconclusa y lo encontré.

Excavé y planté el espejo ahí mismo, como una lápida. Lo miré y ahí reposabas en un sueño eterno. Luego se cernió sobre mí la lluvia de tus cenizas, el agua de tu pelo escurriendo. Me acerqué al espejo, sentí que me mirabas y me convertiste en llamas. La lápida se sumergió conmigo hecho fuego. Allá, desabotoné tu impaciencia y maté a mi cobardía, allá, en las profundidades de nuestro jardín de espumas caudalosas. Zoom Out.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Espectáculos] [Departamentales] [Chat] [Foros]
[Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[RUZ'99] [Portada]