Reencuentro
subterráneo
Tu casa estaba lagrimeando
llamas ardientes por las ventanas quebradas
cuando llegué a buscarte. Las cortinas
colgaban como fantasmas incompletos que se
extinguían. Temí por ti.
Por Enrique
Contreras
Esa
tarde teníamos una plática
pendiente. Mientras estuvimos separados, ambos
rozamos nuestras bocas , ojos y relieves con
otras mieles momentáneas. Luego de esa
saga de entrega errante, nos encontramos de
nuevo solos. Y te llamé para acordar una
cita en un pasto callado, cubierto de hojarasca
otoñal y árboles de fuego. Es ese
lugar escondido que creíste que era otro
invento mío para desabotonarte los
pensamientos y hacerte caer en el angosto limbo
horizontal, irregular y paralelo, que
formaría tu cuerpo inclinado frente a mi
pecho. Dos ríos desbordados, mezclando
sus espumas.
Frente a la puerta,
convertida en carbón agujereado,
recordé que habías jurado hacerte
cenizas si me tardaba demasiado. Me tardé
exactamente eso. Pasé por ti a un
año de ese pacto. La cobardía me
había retrasado otra vez.
Me adentré a buscarte
entre el esqueleto humeante que sostenía
los restos de tu casa. Caminé entre la
neblina del incendio mientras lamentaba mi
tardanza. Quería entonces quemarme y
gritar como gritaría la carne viva siendo
consumida por las brasas.
Subí los escalones,
que tronaban con mi peso, hasta llegar a tu
alcoba, donde el calor era sofocante.
Divisé el tocador donde te adornabas los
ojos, las orejas y los labios. Templo mudo ante
el cual te acariciabas de arriba abajo con las
conchas de tus manos, mientras yo me pegaba al
borde de su espejo, intentando desdoblarme,
salirme de su reflejo plano. Tu templo, mi
templo. Ese espejo, mi nexo exquisito.
Desde esa cortina de acero,
fui testigo encadenado de tus despertares y
siestas de niña grande. Vi también
cuando me convertías a placer en tu
almohada y la envolvías con tus codos en
abrazos asfixiantes. Te vi humedecer el
cubrecama con tu cuerpo, luego de un baño
tibio. Me vi implorando desde esa barrera
niquelada, para que me lanzaras la toalla que te
arropaba al salir del agua, para extraerle el
rocío húmedo que te había
robado mientras fuiste presa de su tela velluda.
Para que me serenaras con su aliento.
El tejado estaba colapsando y
opté por llevarme el espejo para
enterrarlo vivo. Volteé hacia tu cama y
no te vi, no estabas en ninguna parte de la
casa. Salí de ahí a toda prisa,
hacia el bosque nebuloso, el de las hojas rojas
que explotaban llamaradas. Busqué el
sitio de la cita inconclusa y lo
encontré.
Excavé y planté
el espejo ahí mismo, como una
lápida. Lo miré y ahí
reposabas en un sueño eterno. Luego se
cernió sobre mí la lluvia de tus
cenizas, el agua de tu pelo escurriendo. Me
acerqué al espejo, sentí que me
mirabas y me convertiste en llamas. La
lápida se sumergió conmigo hecho
fuego. Allá, desabotoné tu
impaciencia y maté a mi cobardía,
allá, en las profundidades de nuestro
jardín de espumas caudalosas. Zoom Out.