Paternidad
responsable
La educación para
el amor
Teresa
Guevara de López
En un artículo
reciente titulado "Paternidad irresponsable y
pobreza", el columnista de este
periódico, Lic. Hermann W. Bruch, citaba
al profesor Camilo Campos, quien hace 75
años dijera con tanto fatalismo como
realismo: "¿Cómo es que nuestras
mujeres soportan tan grande injusticia de los
hombres? ¿Ignorancia, inconsciencia,
hábito, heroísmo, amor, instinto?
¿Será posible un amor tan tonto?" Y
vale la pena que consideramos y reflexionemos
sobre este asunto, cuyos resultados negativos
estamos sintiendo en carne viva los
salvadoreños.
¿Cuál es nuestra
realidad? La desintegración familiar,
especialmente en estratos sociales bajos, no
permite a quien hace cabeza, desarrollar en sus
hijos la ambición por llegar a
más, a ser mejores. A aspirar a completar
su educación, a soñar con un
futuro mejor como resultado de su propio
esfuerzo. Se les deja crecer "casi por instinto"
y la promiscuidad, la costumbre y la
aceptación tácita de las
relaciones sexuales precoces nos llevan al
triste espectáculo que ya casi ni nos
impacta, por ser común, al ver
madres-niñas con hijos en brazos, cuando
debieran estar asistiendo a la escuela, y
muchachos recién salidos de la pubertad,
que ya se acompañaron. Ambos sin medir
las gravísimas consecuencias que se
derivan de traer un hijo al mundo cuando no
están preparados para ser padres ni
intelectual ni física ni emocionalmente,
ya que no pueden cumplir en la sociedad con las
obligaciones que trae consigo el sacar adelante
una familia.
En artículo anteriores
hemos tocado temas relacionados con la familia y
la educación de los hijos, en
áreas tan importantes como la
educación de la libertad. Queda, pues,
hablar de la educación para el amor y,
por ende, del concepto que tanto padres,
educadores e hijos, tengamos del amor.
Lamentablemente en nuestra sociedad occidental,
en que tantos conceptos se han desvirtuado por
haber sido manoseados, el amor ha venido a
confundirse con amoríos, aventuras
intrascendentes y últimamente con sexo.
Se habla de "educación sexual", cuando lo
que se está dando es una pura
información genital. Se dice "hacer el
amor", cuando lo que se está llevando a
cabo es sexo. En otras palabras, se ha perdido
radicalmente el verdadero sentido de la palabra
amor.
Amar es dar y recibir. Y
educar "para el amor" supone desarrollar la
capacidad de dar y la capacidad de recibir, en
un ambiente de libertad, ya que el amor es un
sentimiento que sólo puede ser
experimentado por los seres humanos, porque son
libres. La época de la adolescencia y de
la pubertad es vital para dirigir a los hijos y
enseñarles sus posibilidades y
limitaciones. Que el amor, en su verdadero
sentido, supone una entrega. La entrega de
sí. Pero para esto deben ambas partes
tener muy clara la noción de autodominio
y señorío de uno mismo.
De poseerse, para poder
entregarse. Es haber alcanzado un nivel de
madurez emocional, que puede mandar sobre mis
tendencias, sobre mis gustos, sobre mis
caprichos. Que hay un orden y un sentido de
prioridades, que permite distinguir claramente
entre lo que puedo y lo que debo. Y que en el
plano de la afectividad, el amor reclama y exige
una entrega mutua, espiritual y física,
que llega a hacer realidad la frase
evangélica que define la unidad del
matrimonio: "Serán los dos una sola
carne". Sólo así se entiende, en
su verdadero sentido, la fórmula
tradicional del sacramento del matrimonio
católico, cuando el hombre y la mujer
repiten uno frente al otro, teniendo como
testigos al sacerdote y a las personas
presentes: "Yo... me entrego a ti, y prometo
serte fiel". Porque es la entrega de un cuerpo
al que poseo, que he cultivado y respetado, y
que me siento orgulloso de entregar.
La educación para el
amor supone, además de un adecuado
conocimiento de la función reproductiva,
un esfuerzo por educar la voluntad mediante la
práctica de valores tales como la
fortaleza, la prudencia, el respeto, la
ambición, los sueños por un futuro
mejor, que permitan al adolescente entender que
en la medida en que se esfuercen por crecer
emocionalmente y por llegar a ser mejor persona,
tienen más probabilidades de elegir un
compañero o una compañera que
comparta sus ilusiones y sus anhelos para llegar
a formar un hogar estable, con una calidad de
vínculos que les permita ejercitar una
paternidad responsable.
Tenemos entre manos una tarea
enorme: hacer que nuestros hijos adolescentes
vivan el momento que les toca vivir; estudiar,
hacer deporte, involucrarse en actividades de
servicio a la comunidad, desarrollar su
creatividad y encauzar su enorme energía
en trabajar por llegar a ser mejores personas.
No permitirles saltarse etapas, adelantarse a
asumir funciones para las que no están
preparados y recordarles que aunque no somos
responsables del lugar en que nos tocó
nacer, sí podemos ser constructores del
ambiente en que queremos vivir y en que se
desarrollen nuestros hijos...