Lunes 5 de julio


Paternidad responsable

La educación para el amor

Teresa Guevara de López

En un artículo reciente titulado "Paternidad irresponsable y pobreza", el columnista de este periódico, Lic. Hermann W. Bruch, citaba al profesor Camilo Campos, quien hace 75 años dijera con tanto fatalismo como realismo: "¿Cómo es que nuestras mujeres soportan tan grande injusticia de los hombres? ¿Ignorancia, inconsciencia, hábito, heroísmo, amor, instinto? ¿Será posible un amor tan tonto?" Y vale la pena que consideramos y reflexionemos sobre este asunto, cuyos resultados negativos estamos sintiendo en carne viva los salvadoreños.

¿Cuál es nuestra realidad? La desintegración familiar, especialmente en estratos sociales bajos, no permite a quien hace cabeza, desarrollar en sus hijos la ambición por llegar a más, a ser mejores. A aspirar a completar su educación, a soñar con un futuro mejor como resultado de su propio esfuerzo. Se les deja crecer "casi por instinto" y la promiscuidad, la costumbre y la aceptación tácita de las relaciones sexuales precoces nos llevan al triste espectáculo que ya casi ni nos impacta, por ser común, al ver madres-niñas con hijos en brazos, cuando debieran estar asistiendo a la escuela, y muchachos recién salidos de la pubertad, que ya se acompañaron. Ambos sin medir las gravísimas consecuencias que se derivan de traer un hijo al mundo cuando no están preparados para ser padres ni intelectual ni física ni emocionalmente, ya que no pueden cumplir en la sociedad con las obligaciones que trae consigo el sacar adelante una familia.

En artículo anteriores hemos tocado temas relacionados con la familia y la educación de los hijos, en áreas tan importantes como la educación de la libertad. Queda, pues, hablar de la educación para el amor y, por ende, del concepto que tanto padres, educadores e hijos, tengamos del amor. Lamentablemente en nuestra sociedad occidental, en que tantos conceptos se han desvirtuado por haber sido manoseados, el amor ha venido a confundirse con amoríos, aventuras intrascendentes y últimamente con sexo. Se habla de "educación sexual", cuando lo que se está dando es una pura información genital. Se dice "hacer el amor", cuando lo que se está llevando a cabo es sexo. En otras palabras, se ha perdido radicalmente el verdadero sentido de la palabra amor.

Amar es dar y recibir. Y educar "para el amor" supone desarrollar la capacidad de dar y la capacidad de recibir, en un ambiente de libertad, ya que el amor es un sentimiento que sólo puede ser experimentado por los seres humanos, porque son libres. La época de la adolescencia y de la pubertad es vital para dirigir a los hijos y enseñarles sus posibilidades y limitaciones. Que el amor, en su verdadero sentido, supone una entrega. La entrega de sí. Pero para esto deben ambas partes tener muy clara la noción de autodominio y señorío de uno mismo.

De poseerse, para poder entregarse. Es haber alcanzado un nivel de madurez emocional, que puede mandar sobre mis tendencias, sobre mis gustos, sobre mis caprichos. Que hay un orden y un sentido de prioridades, que permite distinguir claramente entre lo que puedo y lo que debo. Y que en el plano de la afectividad, el amor reclama y exige una entrega mutua, espiritual y física, que llega a hacer realidad la frase evangélica que define la unidad del matrimonio: "Serán los dos una sola carne". Sólo así se entiende, en su verdadero sentido, la fórmula tradicional del sacramento del matrimonio católico, cuando el hombre y la mujer repiten uno frente al otro, teniendo como testigos al sacerdote y a las personas presentes: "Yo... me entrego a ti, y prometo serte fiel". Porque es la entrega de un cuerpo al que poseo, que he cultivado y respetado, y que me siento orgulloso de entregar.

La educación para el amor supone, además de un adecuado conocimiento de la función reproductiva, un esfuerzo por educar la voluntad mediante la práctica de valores tales como la fortaleza, la prudencia, el respeto, la ambición, los sueños por un futuro mejor, que permitan al adolescente entender que en la medida en que se esfuercen por crecer emocionalmente y por llegar a ser mejor persona, tienen más probabilidades de elegir un compañero o una compañera que comparta sus ilusiones y sus anhelos para llegar a formar un hogar estable, con una calidad de vínculos que les permita ejercitar una paternidad responsable.

Tenemos entre manos una tarea enorme: hacer que nuestros hijos adolescentes vivan el momento que les toca vivir; estudiar, hacer deporte, involucrarse en actividades de servicio a la comunidad, desarrollar su creatividad y encauzar su enorme energía en trabajar por llegar a ser mejores personas. No permitirles saltarse etapas, adelantarse a asumir funciones para las que no están preparados y recordarles que aunque no somos responsables del lugar en que nos tocó nacer, sí podemos ser constructores del ambiente en que queremos vivir y en que se desarrollen nuestros hijos...


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