Devaluación
femenina
Por Carlos
Mayora Re*
En estos días ha
saltado a las páginas de este
periódico una notable discusión
acerca de la condición de la mujer en la
sociedad. Lo expuesto hasta ahora me ha parecido
de gran interés, principalmente porque,
como es sabido, la realidad de una sociedad
siempre viene determinada por la calidad de las
familias que la componen, y éstas a su
vez son en buena parte lo que las mujeres hacen
de ellas.
Quisiera sumarme al tema.
Algunas pensarán que es una
problemática eminentemente femenina, pero
me parece que no. Me parece más bien que
es un asunto que refleja de manera peculiar
muchos de los valores y puntos de vista que
actualmente conforman el modo de pensar en
nuestro ambiente.
Siempre me ha parecido
curioso cómo los grupos que propugnan a
ultranza por el feminismo, en su afán de
lograr para la mujer un estado más digno
y alcanzar reivindicaciones que, sin duda, son
necesarias, a fin de cuentas terminan
destruyendo el objeto de sus cuidados y
preocupaciones: a la mujer se le persuade de que
su afán no es más que la
"liberación" o "emancipación" de
una sociedad determinada por los hombres. Pero
el modo en que se plantean las cosas tiene una
consecuencia directa de masculinización
de las mujeres, de asimilación de su
papel social a la cultura de la
producción y de la eficacia (que son
valores netamente masculinos). Alcanzando, en
principio sin pretenderlo, la inclusión
de la mujer en un mundo en el que prevalece un
control masculino de una manera más
ingrata de la que se intenta escapar.
Está claro que la
mitad del mundo somos hombres, y la otra mitad,
mujeres. Ser hombre o mujer no es algo
añadido, algo que somos además de
pertenecer al género humano. Ser hombre o
mujer condiciona de tal modo a la persona que no
es sólo un modo de estar en el mundo,
sino un modo de ser. Y precisamente por ello,
muchas de las reivindicaciones que se reclaman
son muy legítimas, pero otras pueden
destruir a la mujer si se llevan a cabo del modo
como pretenden las feministas más
radicales, que parecen querer adoptar unos
géneros de conducta masculina y ser
simplistamente iguales a los hombres.
El feminismo radical ha ido
evolucionando poco a poco en los países
donde nació el movimiento; pero en El
Salvador, por lo visto, parecería que las
feministas no quisieran más que "el
derecho de la mujer sobre su cuerpo", "igualdad
de porcentajes de hombres y mujeres trabajando
en puestos públicos", "salarios iguales
para trabajos iguales"... etc. Es decir, dan la
impresión de estar pensando
todavía en doblegar el control machista
de la sociedad y dominarla -también desde
una perspectiva machista-, desde las instancias
arrebatadas a los hombres. Sin duda, muchas de
sus demandas -el inmediato fin de la violencia
intrafamiliar, el cese de los abusos
psicológicos y físicos contra las
mujeres, la falta de oportunidades de estudio, y
otras-, tienen plena validez. El error
está en buscar unos ciertos privilegios
por el simple hecho de ser mujeres, y no querer
abordar esos problemas desde la plataforma de
los derechos civiles, con lo que se
evitaría una vez más el sesgo
machista en las deliberaciones.
Actualmente, en los lugares
donde se estudian con seriedad estos temas, se
habla más de complementariedad que de
igualdad; de paternidad unida a maternidad que
de "derechos reproductivos"; de enfrentar la
problemática de la mujer en el mundo ya
no desde la igualdad sino, desde la diferencia.
Los hombres y las mujeres tenemos modos
complementarios de percibir la realidad, de
comportarnos y de hacernos cargo de las cosas.
El éxito se logrará cuando la
realidad se perciba tal como es, y entendamos
que lo masculino y lo femenino deben colaborar
mutuamente y enriquecer desde su peculiar bagaje
la familia, la educación y la sociedad.
Seguir atados a viejos estereotipos de
superioridad e inferioridad no es más que
querer ocultar las verdaderas raíces del
problema y empeorar las cosas: el remedio puede
resultar peor que la enfermedad.
Nadie duda de que la mujer en
nuestra sociedad necesita mayor atención
y un mejoramiento radical de las condiciones en
que actualmente vive, pero esto no puede
convertirse en cortina de humo que impida ver
con claridad las raíces del problema: la
persona humana en nuestro país necesita
con urgencia que se reconozca su dignidad. No
podemos olvidar que tanto se denigra el hombre
que golpea a su mujer como ésta al ser
golpeada... Pero si esas luchas se parapetan
exclusivamente en la condición de mujer
de las víctimas, al haber perdido la nuez
de la cuestión, difícilmente
alcanzarán los resultados que con buena
voluntad parecen buscar.
*Columnista de El Diario
de Hoy.