Lunes 5 de julio


Devaluación femenina

Por Carlos Mayora Re*

En estos días ha saltado a las páginas de este periódico una notable discusión acerca de la condición de la mujer en la sociedad. Lo expuesto hasta ahora me ha parecido de gran interés, principalmente porque, como es sabido, la realidad de una sociedad siempre viene determinada por la calidad de las familias que la componen, y éstas a su vez son en buena parte lo que las mujeres hacen de ellas.

Quisiera sumarme al tema. Algunas pensarán que es una problemática eminentemente femenina, pero me parece que no. Me parece más bien que es un asunto que refleja de manera peculiar muchos de los valores y puntos de vista que actualmente conforman el modo de pensar en nuestro ambiente.

Siempre me ha parecido curioso cómo los grupos que propugnan a ultranza por el feminismo, en su afán de lograr para la mujer un estado más digno y alcanzar reivindicaciones que, sin duda, son necesarias, a fin de cuentas terminan destruyendo el objeto de sus cuidados y preocupaciones: a la mujer se le persuade de que su afán no es más que la "liberación" o "emancipación" de una sociedad determinada por los hombres. Pero el modo en que se plantean las cosas tiene una consecuencia directa de masculinización de las mujeres, de asimilación de su papel social a la cultura de la producción y de la eficacia (que son valores netamente masculinos). Alcanzando, en principio sin pretenderlo, la inclusión de la mujer en un mundo en el que prevalece un control masculino de una manera más ingrata de la que se intenta escapar.

Está claro que la mitad del mundo somos hombres, y la otra mitad, mujeres. Ser hombre o mujer no es algo añadido, algo que somos además de pertenecer al género humano. Ser hombre o mujer condiciona de tal modo a la persona que no es sólo un modo de estar en el mundo, sino un modo de ser. Y precisamente por ello, muchas de las reivindicaciones que se reclaman son muy legítimas, pero otras pueden destruir a la mujer si se llevan a cabo del modo como pretenden las feministas más radicales, que parecen querer adoptar unos géneros de conducta masculina y ser simplistamente iguales a los hombres.

El feminismo radical ha ido evolucionando poco a poco en los países donde nació el movimiento; pero en El Salvador, por lo visto, parecería que las feministas no quisieran más que "el derecho de la mujer sobre su cuerpo", "igualdad de porcentajes de hombres y mujeres trabajando en puestos públicos", "salarios iguales para trabajos iguales"... etc. Es decir, dan la impresión de estar pensando todavía en doblegar el control machista de la sociedad y dominarla -también desde una perspectiva machista-, desde las instancias arrebatadas a los hombres. Sin duda, muchas de sus demandas -el inmediato fin de la violencia intrafamiliar, el cese de los abusos psicológicos y físicos contra las mujeres, la falta de oportunidades de estudio, y otras-, tienen plena validez. El error está en buscar unos ciertos privilegios por el simple hecho de ser mujeres, y no querer abordar esos problemas desde la plataforma de los derechos civiles, con lo que se evitaría una vez más el sesgo machista en las deliberaciones.

Actualmente, en los lugares donde se estudian con seriedad estos temas, se habla más de complementariedad que de igualdad; de paternidad unida a maternidad que de "derechos reproductivos"; de enfrentar la problemática de la mujer en el mundo ya no desde la igualdad sino, desde la diferencia. Los hombres y las mujeres tenemos modos complementarios de percibir la realidad, de comportarnos y de hacernos cargo de las cosas. El éxito se logrará cuando la realidad se perciba tal como es, y entendamos que lo masculino y lo femenino deben colaborar mutuamente y enriquecer desde su peculiar bagaje la familia, la educación y la sociedad. Seguir atados a viejos estereotipos de superioridad e inferioridad no es más que querer ocultar las verdaderas raíces del problema y empeorar las cosas: el remedio puede resultar peor que la enfermedad.

Nadie duda de que la mujer en nuestra sociedad necesita mayor atención y un mejoramiento radical de las condiciones en que actualmente vive, pero esto no puede convertirse en cortina de humo que impida ver con claridad las raíces del problema: la persona humana en nuestro país necesita con urgencia que se reconozca su dignidad. No podemos olvidar que tanto se denigra el hombre que golpea a su mujer como ésta al ser golpeada... Pero si esas luchas se parapetan exclusivamente en la condición de mujer de las víctimas, al haber perdido la nuez de la cuestión, difícilmente alcanzarán los resultados que con buena voluntad parecen buscar.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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