Breve
análisis
El futuro del
café
Alfredo Mena
Lagos*
Hay ciertas realidades que
muy mal haríamos los caficultores en
ignorar, pues para resolver los problemas
estructurales que nos agobian, es necesario que
tengamos una visión clara de nuestra
situación. La realidad más
contundente es que en el mundo se produce
más café del que se consume,
resultado de las políticas de cuotas que
generaron precios artificialmente altos,
estimulando así una
sobreproducción.
La industria del café
en el mundo necesita adecuar la
producción a la demanda, esto significa
que se debe incrementar la demanda o reducir la
producción. Probablemente será una
mezcla de estos dos elementos la que logre
resolver nuestros problemas de bajos precios. Es
importante darse cuenta que incrementar la
demanda es una tarea difícil y que es muy
poco lo que como productores salvadoreños
podemos hacer. Lo que sí está en
nuestras manos es producir mejor, que no
necesariamente quiere decir producir más
como país.
Para producir mejor es
necesario ser realistas y pensar en el mediano y
largo lazo, evitando caer en la salidas
cortoplacistas que terminan haciéndonos
más daño que beneficio. La
principal medida de corto plazo que tenemos que
evitar es caer en esquemas de cuotas o
retenciones que distorsionan la realidad, violan
los principios de propiedad, incrementan los
costos financieros y perjudican nuestra
posición en los mercados. Prueba de ello
es Guatemala, que al negarse a participar en
estos esquemas, le ha permitido a sus
caficultores vender bien sus cosechas y
posicionarse mejor.
Producir mejor debe
significar eficiencia y calidad, y la
única manera de alcanzar esto es
racionalizando nuestras decisiones. Una realidad
que no podemos ignorar es que algunas zonas en
que se cultiva café en la actualidad, no
tienen las características necesarias
para poder hacerlo competitivamente, pues para
poder competir con las economías de
escala y mecanización de Brasil, o los
salarios bajos de algunos países de
Africa y Asia, es necesario obtener altos
niveles de producción y calidad.
Cualquier programa de renovación del
parque cafetero debe tener en cuenta las
características del terreno, del
caficultor y, sobre todo, no distorsionar las
decisiones a través de costos irreales,
pues a pesar de las externalidades
ecológicas que produce el café, no
se deben despilfarrar los fondos de los
contribuyentes salvadoreños.
Otra realidad que es
innegable en nuestro país, es el exceso
de capacidad de beneficiado de café,
manifestado en la precaria situación
financiera de algunos de los beneficiadores y la
competencia que estos tienen que enfrentar. El
cierre de algunos beneficios de café es
algo que no podemos ni debemos evitar, pues
querer mantener niveles de producción
nacional insostenibles es dañino para la
misma industria. Es irracional, por no decir
inmoral, seguir estimulando a personas a
endeudarse aún más en un esfuerzo
por producir a cualquier costo, ignorando la
realidad local e internacional, con
políticas muchas veces diseñadas
para resolver los problemas financieros de
sectores ajenos al meramente
agrícola.
El esquema financiero de la
caficultura salvadoreña adolece de un
grave y peligroso problema, y es que permite y a
veces hasta estimula la especulación. Son
varios los casos de caficultores que retienen
dos y hasta tres cosechas en un afán por
"vender mejor" o por "cubrir los costos". Llega
un momento en que la decisión no debe ser
basada en cuánto ganar, sino en
cuánto menos perder. Mucho bien se le
podría hacer a la caficultura, y por
qué no decirlo, a nuestra economía
en general, bajando las tasas de interés
a través de la reducción de
encajes y la desregulación del sistema
financiero para permitir la competencia de
bancos extranjeros.
El Salvador tiene problemas
estructurales que afectan muchísimo a
nuestra agricultura, como son la falta de
seguridad, la deficiente infraestructura de
transporte, y la falta de mayor competencia en
el comercio de insumos agrícolas. En lo
que respecta al transporte, se deben implementar
programas de recuperación y
ampliación de la red vial, especialmente
en las zonas rurales; concesionar los puertos y
aeropuertos para incrementar nuestra
competitividad, y desregular el sector para
permitir mayor competencia. El comercio de
insumos agrícolas debe ser desregulado,
pues tenemos que estar conscientes que estos son
más baratos en los países
vecinos.
El café seguirá
siendo, por muchísimos años, un
pilar fundamental de nuestra economía,
pero condenar a El Salvador a un futuro
preponderantemente agrícola, es
condenarlo a la miseria. Una de las mayores
amenazas para nuestra caficultura en el futuro
será la falta de mano de obra, pues
conforme nos vayamos industrializando y
evolucionando hacia los servicios, ésta
se volverá cada día más
escasa y cara. La única manera de
preservar nuestra caficultura es siendo
racionales en nuestras decisiones, evitando
engañarnos a nosotros mismos queriendo
tapar el sol con un dedo y, peor aún,
retenerlo.
*Columnista de El
Diario de Hoy.