Lunes 12 de julio


Sequía irremediable

Las hojas no se mueven, ni lo harán, hay escasez de vientos. Ni en la primavera, ni en el invierno, las brisas ya no volverán. Han muerto.

Por Enrique Contreras

Hay una estela de cometas moribundas meneando sus colas, trabadas en el pentagrama de los cables eléctricos.

Hay escasez de vientos; el mar también lo sabe, su tela azul no ondula colinas ni lanza marejadas.

Tampoco hay golondrinas patinando en el cielo. Temen mojarse con el silencio que ha dejado el último huracán que esparció tus semillas iguales en mi isla. Tu paso apabullante, intimidador, señorial, por este terruño perdido y polvoroso que se arrastra bajo el olvido de tu huracán vengador.

La golondrinas temen mojarse con ese silencio espeso, tropical, la pausa que todo lo detiene, hasta las ganas de danzar entre las nubes y rozar los bordes celestes de una estrella rebelde. Por eso no vuelan y me hacen compañía. Pausa que todo lo detiene. Hasta los latidos que persisten en acompañarse pegados a tu pecho.

Las hojas no se mueven. Las campanas de la iglesia cumplen también el rito de callar sus gargantas metálicas hasta que el viento regrese, si es que logra desentramparse del remolino que lo tiene preso, si es que lo dejo volver yo, si es que no lo arremolino en otro conjuro de ventiscas que te repartan desperdigada por los surcos fértiles que te acogen, para que florezcas.

Con el silencio reinante, podría aquietar tu crecimiento. Frenarte. Hacerte eterna. Apaciguar tu ansia por dejarme, para que tu huracán no inunde con lejanía mi mundo de silencio sangrante, para que, en cambio, me ahogues mientras sacudes mis perfiles con la furia arremetedora que deliran tus relámpagos morados.

Las hojas no se mueven. Los árboles optan por agacharse hacia sus raíces y terminan siendo esqueletos de madera tierna. La brisa, el aliento, el soplo, el rocío, el olor a tierra azotada no regresan. Conjurada, tengo a la tormenta; conjurado, tengo al viento. Abro nuevas zanjas y te cultivo todas las mañanas, aunque tu respuesta sea un grito de efervescencia callada.

Las hojas se mueven. Comienza a sentirse la brisa, comienzan a formarse olas estruendosas, comienzan a embarrarse los surcos donde te hacía nacer a la hora de mi antojo. Las ventiscas han sido liberadas, las he dejado escurrirse de la paloma de mis manos sudorosas. Las dejo libres por un momento. No puedo soltarlas para siempre porque pertenezco a este trozo de tiempo que he creado en el destierro, y acá, eres presidiaria de mis siembras.

Mi tierra está herida y agujereada, convertida en un hemorragia salada irremediable, hemorragia que agoniza en este panteón donde las brisas y los vientos permanecen secos. Mi tierra erosionada no aguanta otra cosecha. Las hojas no se mueven, ni lo harán, hay escasez de vientos. Has muerto. Zoom Out.


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