Sequía
irremediable
Las hojas no se mueven, ni
lo harán, hay escasez de vientos. Ni en
la primavera, ni en el invierno, las brisas ya
no volverán. Han muerto.
Por Enrique
Contreras
Hay
una estela de cometas moribundas meneando sus
colas, trabadas en el pentagrama de los cables
eléctricos.
Hay escasez de vientos; el
mar también lo sabe, su tela azul no
ondula colinas ni lanza marejadas.
Tampoco hay golondrinas
patinando en el cielo. Temen mojarse con el
silencio que ha dejado el último
huracán que esparció tus semillas
iguales en mi isla. Tu paso apabullante,
intimidador, señorial, por este
terruño perdido y polvoroso que se
arrastra bajo el olvido de tu huracán
vengador.
La golondrinas temen mojarse
con ese silencio espeso, tropical, la pausa que
todo lo detiene, hasta las ganas de danzar entre
las nubes y rozar los bordes celestes de una
estrella rebelde. Por eso no vuelan y me hacen
compañía. Pausa que todo lo
detiene. Hasta los latidos que persisten en
acompañarse pegados a tu
pecho.
Las hojas no se mueven. Las
campanas de la iglesia cumplen también el
rito de callar sus gargantas metálicas
hasta que el viento regrese, si es que logra
desentramparse del remolino que lo tiene preso,
si es que lo dejo volver yo, si es que no lo
arremolino en otro conjuro de ventiscas que te
repartan desperdigada por los surcos
fértiles que te acogen, para que
florezcas.
Con el silencio reinante,
podría aquietar tu crecimiento. Frenarte.
Hacerte eterna. Apaciguar tu ansia por dejarme,
para que tu huracán no inunde con
lejanía mi mundo de silencio sangrante,
para que, en cambio, me ahogues mientras sacudes
mis perfiles con la furia arremetedora que
deliran tus relámpagos
morados.
Las hojas no se mueven. Los
árboles optan por agacharse hacia sus
raíces y terminan siendo esqueletos de
madera tierna. La brisa, el aliento, el soplo,
el rocío, el olor a tierra azotada no
regresan. Conjurada, tengo a la tormenta;
conjurado, tengo al viento. Abro nuevas zanjas y
te cultivo todas las mañanas, aunque tu
respuesta sea un grito de efervescencia callada.
Las hojas se mueven. Comienza
a sentirse la brisa, comienzan a formarse olas
estruendosas, comienzan a embarrarse los surcos
donde te hacía nacer a la hora de mi
antojo. Las ventiscas han sido liberadas, las he
dejado escurrirse de la paloma de mis manos
sudorosas. Las dejo libres por un momento. No
puedo soltarlas para siempre porque pertenezco a
este trozo de tiempo que he creado en el
destierro, y acá, eres presidiaria de mis
siembras.
Mi tierra está herida
y agujereada, convertida en un hemorragia salada
irremediable, hemorragia que agoniza en este
panteón donde las brisas y los vientos
permanecen secos. Mi tierra erosionada no
aguanta otra cosecha. Las hojas no se mueven, ni
lo harán, hay escasez de vientos. Has
muerto. Zoom Out.