Lunes 12 de julio


Un estribillo irresponsable

¡Es que fíjese...!

Pedro Roque*

Es espeluznante la facilidad con que seis de cada diez personas, cuando se cumple el tiempo de entrega de un trabajo o de un encargo del cual se han responsabilizado, en lugar del trabajo o el encargo terminado, tienen una explicación convincente, para ellos, de por qué no lo han hecho. Aquí uno se da cuenta de que la imaginación no tiene límites, pues las historias parecen tan naturales que ellos mismos se las creen.

Siempre que alguien, a mi pregunta sobre el trabajo encomendado o sobre algo a lo que él se ha comprometido voluntariamente, responde empezando con el estribillo: "Es que fíjese...", ya sé que encontró alguna dificultad, un pretexto personal o de otras personas, se le olvidó o, incluso, no le dio la gana hacerlo.

Lo peor es que tuvieron la posibilidad de advertir las dificultades y no lo hicieron. ¿Cuál es la razón para esta conducta? ¿Cómo es que esta gente no respeta los acuerdos? ¿Cómo es que muchas personas frente a cosas sencillas, con las condiciones a su favor y que sencillamente sólo había que hacerlas, no las hacen?

Por ejemplo, un gerente o un supervisor que disponiendo de los recursos necesarios para hacer él o hacer que se hagan las cosas, que tiene un jefe a quien puede preguntar y además cobra religiosamente un sueldo mensual, cuando vence el tiempo comprometido para un trabajo, sale con argumentaciones como: Es que fíjese que no he tenido tiempo, o es que fíjese que la gente que tengo no es buena, o es que fíjese que las condiciones no son las óptimas, o es que fíjese que ya lo he dicho tres veces pero no me hacen caso, o es que fíjese que no tengo apoyo, o es que fíjese que ha llovido mucho. O la promesa vacía: es que fíjese que aún no lo he podido hacer, pero le prometo que es una de las cosas que tengo como prioridad en mi agenda y en cuanto pueda, lo haré. Todas, respuestas irresponsables y faltas de compromiso real.

¿Qué hay detrás de estas conductas? En primer lugar creo que se debe a que como es un comportamiento generalizado y adoptado por la mayoría de las personas, éstas aceptan que también lo hagan con ellas. Y como esto sucede en la casa, la vecindad y las empresas, para mucha gente resulta normal, y aquí, la verdad, es que no hay mucha diferencia entre la empresa privada y la administración pública. La situación que se da en algunas oficinas del Estado de "vuelva mañana", es la misma del vendedor de la empresa privada explicando a los clientes las razones por las cuales no le van a entregar el pedido a tiempo. Y lo cierto es que tanto el ciudadano como el cliente, cuando llega este momento, van preparados para recibir esa respuesta y, frecuentemente, suponiéndola, hasta ya tienen una alternativa y aceptan pacientemente las explicaciones y la ineptitud.

Otra razón es que las personas que funcionan y sobreviven de esta forma, se acostumbraron a hacerse cargo de las cosas sin pensar ni medir aquello de lo que se hacen cargo y sucede que, o bien infravaloran el esfuerzo necesario para hacerlo o suponen que ellos serán capaces de hacerlo en el tiempo que se comprometen, pero a la hora de la verdad se dan cuenta de que las cosas son de otra forma y en vez de buscar la alternativa para cumplir con el plazo, empiezan a perder el tiempo fraguando la historia que van a contar y a listar las dificultades que dirán haber encontrado y caen en un estado de autocomplacencia de "se quiso, pero no pudo".

Otras veces los retrasos se dan porque se deja el trabajo para más adelante, iniciándolo demasiado tarde cuando físicamente ya no hay tiempo para hacerlo.

La cuarta razón, para mí la más grave, es la de los gerentes, supervisores o empleados que saben muy bien de qué se trata el trabajo, lo saben hacer, saben de los esfuerzos necesarios y cuentan con los recursos para hacerlo, pero cuando se les explica lo que uno quiere, dicen verbalmente que sí, aunque en su interior están diciéndose que no y convenciéndose a sí mismos que no lo harán, y al final, se las arreglan para no hacerlo. Son los que no se atreven a expresar con sinceridad y valentía su desacuerdo. Son personas que se han perdido el respeto a sí mismas, se lo han perdido a las personas que trabajan con y para ellas, a sus jefes y a su compromiso con la empresa, y como contrapartida, también han perdido el respeto de todas ellas.

Si además coincide con que son autoritarios e indisciplinados, la gente hace las cosas que mandan por evitar confrontaciones, pero las hacen con dejadez, de mala gana y, naturalmente, con una calidad muy por debajo del estándar alcanzable. Yo creo que esta es la peor condición en la que puede caer un director, gerente, jefe, supervisor o empleado en el desempeño de su trabajo, y que a veces, desgraciadamente también proyectan esta situación en su propia casa y de ahí muchos desórdenes familiares.

¿Cómo puede uno comprobar cuál es su desempeño profesional en este aspecto? Muy sencillo. Pregúntese en el preciso momento de recibir su salario: ¿Este dinero, me lo he ganado? ¿Qué cosas significativas he hecho este mes que me hagan merecedor de este sueldo? ¿Tengo razones demostrables para sentirme orgulloso por este dinero? Si su conclusión es que "SI", sea valiente y hable con su jefe para hacerle ver su valía. Si su conclusión es que "NO", hable también con su jefe y dígale honradamente que a usted el puesto no le gusta y que lo cambie.

Y si el caso es que no le gusta ni su trabajo ni la empresa ni su jefe, también vaya donde él y póngale su renuncia y busque otro trabajo o monte un negocio propio, donde usted sea el que mande. Pero si cree que estas alternativas no son buenas para usted y decide seguir en su trabajo, mi recomendación urgente es que haga lo siguiente: "Póngase las pilas, enróllese las mangas, líese la manta a la cabeza y empiece a recuperar el mando, a poner en orden sus propias cosas y las cosas con las personas que trabajan con y para usted. Revise su agenda y empiece a hacer una por una todas las cosas que tiene atrasadas, olvídese de inventar y aceptar excusas y ya verá cómo usted mismo, la gente que trabaja para usted y sus jefes percibirán el cambio; se sentirá más satisfecho de lo que hace y merecedor del sueldo que religiosamente cobra todos los meses. Los miembros de su familia, que serán los primeros en darse cuenta, lo admirarán más y será un mejor ejemplo para sus hijos.

En el desarrollo de mi trabajo he sido testigo, y muchas veces impulsor, de cambios como el que le recomiendo. Sólo es cuestión de decisión y empezar hoy mismo a hacerlo.

De todos modos... si su jefe ha leído este artículo, posiblemente empiece a caer en la cuenta sobre su conducta a partir de este momento. Si es por lo positivo, ojalá que lo llame y le reconozca su trabajo; si es por lo negativo, seguramente empezará a observarlo, la explicará pronto su situación y esperará cambios en los próximos días. Yo le recomiendo que mejor se adelante.

Trabajar con seriedad y responsabilidad es lo que distingue a unas personas de otras, a unas empresas de otras, a unas oficinas de la administración pública de otras, a unos ministerios de otros, e incluso, a unos países de otros.

El Salvador necesita muchos cambios en esta dirección. Conviértase usted en protagonista y a partir de este momento ni ponga ni acepte excusas ni use ni permita el uso de este estribillo irresponsable y tan malsonante de: ¡Es que fíjese...!

* Columnista de El Diario de Hoy.


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