Lunes 12 de julio


Opinando

Las telenovelas

Por Carlos Rodríguez Cedillos

La enorme popularidad que tienen las telenovelas, entre los televidentes de nuestro país y de otros del área, merece en realidad un análisis detenido. Los publicistas podrían investigar la razón de tanta preferencia del consumidor, ya que sus clientes se disputan la "franja" ocupada por tales programas, tratando de alcanzar sus metas mercadológicas.

El fenómeno debe resultar apasionante para sociólogos y psicólogos que se ocupan de las reacciones de las masas. ¿Cómo es posible que, una tras otra, estas producciones repetitivas, sobreactuadas y algunas veces desbordantes de mal gusto, cautiven a tantas señoras... y señores?

Supongo que para actores y directores teatrales también debe constituir un hecho curioso. Miles de televidentes, de diversos niveles de formación, pasan horas de su tiempo libre pendientes de las palabras (mal pronunciadas y de dudosa pulcritud), que algún actor declama o grita con escasa aproximación al más elemental arte escénico.

No obstante, para los educadores el problema representa consecuencias muy graves.

En el proceso formativo del adolescente, la telenovela es una abundosa fuente de anti valores. Día tras día, el muchacho asimila mensajes nocivos en la construcción de su personalidad. De una telenovela a otra, el estudiante adquiere como aceptables conductas de irreverencia e ingratitud a los progenitores; los logros académicos no representan esfuerzo, son un adorno más del galán; la desintegración familiar y la infidelidad conyugal son vanalizadas y hasta exaltadas, y la mayor aspiración de una mujer es asegurarse un marido rico y apuesto.

Entiendo que el éxito de la telenovela se debe, en gran parte, a que pretende ser un reflejo del diario vivir. En ellas aprende el estudiante que la vida es una sucesión de conflictos, traiciones, intrigas y astucias donde nadie se esfuerza por lograr su realización personal. Un mundo de estereotipos donde la bella es bondadosa y termina rodeada de lujos (sinónimo de felicidad) y los antihéroes están condenados al oprobio.

En el siglo pasado, nuestras románticas lectoras, a falta de radio y de televisión, leían las novelas por entregas que también apelaban al fácil recurso del héroe y la heroína nimbados de atributos. Aunque en esas novelas podía haber una alta dosis de ingenuidad, siempre se destacaban los valores esenciales de la sociedad de entonces. Y el lenguaje era un verdadero regalo estético. El ejemplo más cercano nos lo dejó don Pepe Milla con "La hija del adelantado", editado por Clásicos Roxsil.

El humor con que Vargas Llosa ridiculiza la creación en serie de las radionovelas que apasionaban a nuestras abuelas, en "La Tía Julia y el Escribidor", perfectamente puede aplicarse a las telenovelas actuales. De seguir progresando cuantitativamente la afición por este subgénero dramático, quizás algún día aparezca un quijotesco personaje con el cerebro azotado por los vendavales lacrimosos de las melodramáticas protagonistas.

Pero volviendo al daño intelectual que estos programas causan a nuestra juventud, no deja de sorprender la impavidez o la indiferencia de la familia salvadoreña. O el silencio de las instituciones que la defienden.

No se trata de pedir la supresión de este teleteatro. Es cuestión de regular su transmisión. Si los adultos queremos llenar nuestras horas de descanso con diálogos descosidos y reacciones primarias, que la opción exista en horas nocturnas, cuando los padres pueden -o deben- escoger el mensaje que recibirán en su hogar. Pero actualmente los muchachos pueden ocupar su tiempo de estudio independiente en la adquisición de tan poco recomendables actitudes.

Los medios de comunicación en nuestro país han sido siempre cuidadosos autorregulándose. Es la manera más inteligente de evitar la censura. Ellos deben evaluar. Para establecer un difícil equilibrio entre la creciente demanda de sus clientes y la obligación moral de no dejar a la infancia y juventud de este país a la merced de la estolidez y de la escasa o nula creatividad.

El futuro de El Salvador lo merece.


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