Opinando
Las
telenovelas
Por Carlos
Rodríguez Cedillos
La enorme popularidad que
tienen las telenovelas, entre los televidentes
de nuestro país y de otros del
área, merece en realidad un
análisis detenido. Los publicistas
podrían investigar la razón de
tanta preferencia del consumidor, ya que sus
clientes se disputan la "franja" ocupada por
tales programas, tratando de alcanzar sus metas
mercadológicas.
El fenómeno debe
resultar apasionante para sociólogos y
psicólogos que se ocupan de las
reacciones de las masas. ¿Cómo es
posible que, una tras otra, estas producciones
repetitivas, sobreactuadas y algunas veces
desbordantes de mal gusto, cautiven a tantas
señoras... y señores?
Supongo que para actores y
directores teatrales también debe
constituir un hecho curioso. Miles de
televidentes, de diversos niveles de
formación, pasan horas de su tiempo libre
pendientes de las palabras (mal pronunciadas y
de dudosa pulcritud), que algún actor
declama o grita con escasa aproximación
al más elemental arte
escénico.
No obstante, para los
educadores el problema representa consecuencias
muy graves.
En el proceso formativo del
adolescente, la telenovela es una abundosa
fuente de anti valores. Día tras
día, el muchacho asimila mensajes nocivos
en la construcción de su personalidad. De
una telenovela a otra, el estudiante adquiere
como aceptables conductas de irreverencia e
ingratitud a los progenitores; los logros
académicos no representan esfuerzo, son
un adorno más del galán; la
desintegración familiar y la infidelidad
conyugal son vanalizadas y hasta exaltadas, y la
mayor aspiración de una mujer es
asegurarse un marido rico y apuesto.
Entiendo que el éxito
de la telenovela se debe, en gran parte, a que
pretende ser un reflejo del diario vivir. En
ellas aprende el estudiante que la vida es una
sucesión de conflictos, traiciones,
intrigas y astucias donde nadie se esfuerza por
lograr su realización personal. Un mundo
de estereotipos donde la bella es bondadosa y
termina rodeada de lujos (sinónimo de
felicidad) y los antihéroes están
condenados al oprobio.
En el siglo pasado, nuestras
románticas lectoras, a falta de radio y
de televisión, leían las novelas
por entregas que también apelaban al
fácil recurso del héroe y la
heroína nimbados de atributos. Aunque en
esas novelas podía haber una alta dosis
de ingenuidad, siempre se destacaban los valores
esenciales de la sociedad de entonces. Y el
lenguaje era un verdadero regalo
estético. El ejemplo más cercano
nos lo dejó don Pepe Milla con "La hija
del adelantado", editado por Clásicos
Roxsil.
El humor con que Vargas Llosa
ridiculiza la creación en serie de las
radionovelas que apasionaban a nuestras abuelas,
en "La Tía Julia y el Escribidor",
perfectamente puede aplicarse a las telenovelas
actuales. De seguir progresando
cuantitativamente la afición por este
subgénero dramático, quizás
algún día aparezca un quijotesco
personaje con el cerebro azotado por los
vendavales lacrimosos de las
melodramáticas protagonistas.
Pero volviendo al daño
intelectual que estos programas causan a nuestra
juventud, no deja de sorprender la impavidez o
la indiferencia de la familia
salvadoreña. O el silencio de las
instituciones que la defienden.
No se trata de pedir la
supresión de este teleteatro. Es
cuestión de regular su
transmisión. Si los adultos queremos
llenar nuestras horas de descanso con
diálogos descosidos y reacciones
primarias, que la opción exista en horas
nocturnas, cuando los padres pueden -o deben-
escoger el mensaje que recibirán en su
hogar. Pero actualmente los muchachos pueden
ocupar su tiempo de estudio independiente en la
adquisición de tan poco recomendables
actitudes.
Los medios de
comunicación en nuestro país han
sido siempre cuidadosos autorregulándose.
Es la manera más inteligente de evitar la
censura. Ellos deben evaluar. Para establecer un
difícil equilibrio entre la creciente
demanda de sus clientes y la obligación
moral de no dejar a la infancia y juventud de
este país a la merced de la estolidez y
de la escasa o nula creatividad.
El futuro de El Salvador lo
merece.