Lunes 12 de julio


Con los adolescentes

"Madurez y amor"

Teresa Guevara de López

Generalmente, cuando se toca el tema de los adolescentes, las reacciones son casi unánimes: crisis y confrontaciones que ponen en evidencia la brecha generacional. Y precisamente, la mayoría de los conflictos giran alrededor del tema del amor y del sexo, ya que pareciera que padres e hijos hablamos un idioma distinto. Tal vez sería interesante analizar qué idea tenemos los padres y qué concepto tienen los hijos acerca de lo que es el amor y transmitir ciertas ideas que influyan positivamente en su actuar.

En correspondencia con las edades de la vida y las etapas del desarrollo de la personalidad, el amor adopta determinadas características que nos permiten agruparlas en: amor infantil, juvenil y adulto, que no necesariamente corresponden a una edad física.

El amor infantil es el que espera sólo recibir: cariño, atención, cuidados, protección: no dar. En ningún momento duda del derecho que tiene a recibir cariño como algo que le ha sido dado. Es la apropiación del otro, que se convierte en el objeto de su propia satisfacción. La posesión egocéntrica vendría a ser el signo más definido y sus manifestaciones se concretan en la esfera de lo sensible: caricias, gestos, presencia física. Como consecuencia lógica, surgen una serie de exigencias: el ser amado, objeto de mi satisfacción, debe corresponder al mismo nivel que mi cariño. Son las rabietas del niño mimado cuando se le niega alto. Es un amor estático en relación con el pasado y con el futuro: "lo que se me ha dado, debe seguir dándoseme". Aunque no lo merezca ni haga nada por merecerlo.

El amor juvenil es lo que algunos autores como Gattegno califican de "amor-amistad". Puede definirse como el descubrimiento del "yo" y del "tú". Es la consecuencia de la comunicación de dos individualidades, que se van descubriendo. Son caminos abiertos hacia el futuro. La confidencia es como el espejo donde nos miramos, y por reflejo, el adolescente se ve a sí mismo en el otro, más como querría ser, que como es. De aquí que el otro se convierta en su alma gemela, en su otro yo. Al madurar y enfrentarse con la realidad, estas similaridades dejan de serlo, ya que han sido producto de rebeldías e inseguridades propias de la edad.

El amor adulto supone un descubrimiento del otro, pero en forma individual, no dependiente. El amor así enfocado no ata a nadie, sino que libera. Es una disponibilidad sin idealismos y sin pretensiones de dominio. Hay una aceptación realista de las personas, tal como son, y una entrega incondicional, a pesar de los deméritos y contando con los méritos de ambos. Uno se encuentra liberado, a gusto, sabiendo que tiene un lugar dispuesto en el otro, como si le hubiera esperado desde siempre, pero sintiendo dentro de sí, voluntariamente, la exigencia de corresponder a ese amor. Correspondencia que no es exigida, como en el amor infantil, sino dentro de uno mismo, en la línea de amar cada vez más y mejor a los seres concretos.

¡Que confusiones tienen nuestros hijos adolescentes en el mundo actual! En un ambiente cargado de permisividad, sexualidad, egoísmo y materialismo que pretende identificar el amor con el sexo, sin analizar el significado verdadero de ambos términos. Cuando su inseguridad necesita de criterios claros, rectos y seguros que les ayuden a decidir, a establecer paradigmas y modelos de comportamiento con bases fuertes y sólidas, que contrarresten un ambiente en que todo parece ser inestable, desechable, provisional. En que hasta el amor y el matrimonio se ponen a prueba. Gustave Thibon afirma que "el hecho de probar a un ser humano como se prueba un vehículo o un aparato electrodoméstico, o mejor aún, como se contrata temporalmente un auxiliar o un contador, bastaría para destruir todo lo que de único y sagrado hay en en la intimidad del amor y del matrimonio".

Es importante, pues, que los padres estemos conscientes de la obligación que tenemos de formar a nuestros hijos, educándolos para el amor mediante una adecuada información sexual, tarea que es un derecho y un deber cuyo éxito dependerá, en gran medida, de la madurez sexual de los padres. Que la educación para el amor está en estrecha relación con la educación de la libertad y la educación en la fe. Que el amor es una conquista forzada en que juegan un papel importante las virtudes y valores que como familia hayamos procurado vivir para formarles una voluntad recia y una personalidad firme que les permita llegar a la conquista del autodominio y del señorío de ellos mismos. Esto espera el adolescente, y nosotros, como padres, estamos en la obligación de dárselo, si no queremos fallarle.


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