Con los
adolescentes
"Madurez y
amor"
Teresa
Guevara de López
Generalmente, cuando se toca
el tema de los adolescentes, las reacciones son
casi unánimes: crisis y confrontaciones
que ponen en evidencia la brecha generacional. Y
precisamente, la mayoría de los
conflictos giran alrededor del tema del amor y
del sexo, ya que pareciera que padres e hijos
hablamos un idioma distinto. Tal vez
sería interesante analizar qué
idea tenemos los padres y qué concepto
tienen los hijos acerca de lo que es el amor y
transmitir ciertas ideas que influyan
positivamente en su actuar.
En correspondencia con las
edades de la vida y las etapas del desarrollo de
la personalidad, el amor adopta determinadas
características que nos permiten
agruparlas en: amor infantil, juvenil y adulto,
que no necesariamente corresponden a una edad
física.
El amor infantil es el que
espera sólo recibir: cariño,
atención, cuidados, protección: no
dar. En ningún momento duda del derecho
que tiene a recibir cariño como algo que
le ha sido dado. Es la apropiación del
otro, que se convierte en el objeto de su propia
satisfacción. La posesión
egocéntrica vendría a ser el signo
más definido y sus manifestaciones se
concretan en la esfera de lo sensible: caricias,
gestos, presencia física. Como
consecuencia lógica, surgen una serie de
exigencias: el ser amado, objeto de mi
satisfacción, debe corresponder al mismo
nivel que mi cariño. Son las rabietas del
niño mimado cuando se le niega alto. Es
un amor estático en relación con
el pasado y con el futuro: "lo que se me ha
dado, debe seguir dándoseme". Aunque no
lo merezca ni haga nada por
merecerlo.
El amor juvenil es lo que
algunos autores como Gattegno califican de
"amor-amistad". Puede definirse como el
descubrimiento del "yo" y del "tú". Es la
consecuencia de la comunicación de dos
individualidades, que se van descubriendo. Son
caminos abiertos hacia el futuro. La confidencia
es como el espejo donde nos miramos, y por
reflejo, el adolescente se ve a sí mismo
en el otro, más como querría ser,
que como es. De aquí que el otro se
convierta en su alma gemela, en su otro yo. Al
madurar y enfrentarse con la realidad, estas
similaridades dejan de serlo, ya que han sido
producto de rebeldías e inseguridades
propias de la edad.
El amor adulto supone un
descubrimiento del otro, pero en forma
individual, no dependiente. El amor así
enfocado no ata a nadie, sino que libera. Es una
disponibilidad sin idealismos y sin pretensiones
de dominio. Hay una aceptación realista
de las personas, tal como son, y una entrega
incondicional, a pesar de los deméritos y
contando con los méritos de ambos. Uno se
encuentra liberado, a gusto, sabiendo que tiene
un lugar dispuesto en el otro, como si le
hubiera esperado desde siempre, pero sintiendo
dentro de sí, voluntariamente, la
exigencia de corresponder a ese amor.
Correspondencia que no es exigida, como en el
amor infantil, sino dentro de uno mismo, en la
línea de amar cada vez más y mejor
a los seres concretos.
¡Que confusiones tienen
nuestros hijos adolescentes en el mundo actual!
En un ambiente cargado de permisividad,
sexualidad, egoísmo y materialismo que
pretende identificar el amor con el sexo, sin
analizar el significado verdadero de ambos
términos. Cuando su inseguridad necesita
de criterios claros, rectos y seguros que les
ayuden a decidir, a establecer paradigmas y
modelos de comportamiento con bases fuertes y
sólidas, que contrarresten un ambiente en
que todo parece ser inestable, desechable,
provisional. En que hasta el amor y el
matrimonio se ponen a prueba. Gustave Thibon
afirma que "el hecho de probar a un ser humano
como se prueba un vehículo o un aparato
electrodoméstico, o mejor aún,
como se contrata temporalmente un auxiliar o un
contador, bastaría para destruir todo lo
que de único y sagrado hay en en la
intimidad del amor y del matrimonio".
Es importante, pues, que los
padres estemos conscientes de la
obligación que tenemos de formar a
nuestros hijos, educándolos para el amor
mediante una adecuada información sexual,
tarea que es un derecho y un deber cuyo
éxito dependerá, en gran medida,
de la madurez sexual de los padres. Que la
educación para el amor está en
estrecha relación con la educación
de la libertad y la educación en la fe.
Que el amor es una conquista forzada en que
juegan un papel importante las virtudes y
valores que como familia hayamos procurado vivir
para formarles una voluntad recia y una
personalidad firme que les permita llegar a la
conquista del autodominio y del
señorío de ellos mismos. Esto
espera el adolescente, y nosotros, como padres,
estamos en la obligación de
dárselo, si no queremos
fallarle.