Opinando
Enemigo público
número uno: el alcohol
Miriam
Mixco
Eran las once de la noche de
un sábado. El teléfono
sonó. Carmen pensó que
quizás era su hermano que le hablaba de
Estados Unidos, pero su sorpresa fue tal, cuando
una voz masculina le dijo que la necesitaban en
el Hospital Rosales.
Inmediatamente recordó
que su único hijo estaba fuera de la casa
("estudiando para un examen con unos
compañeros de colegio"). No recuerda
cómo llegó al hospital, donde le
dieron la mala noticia: su hijo había
fallecido a consecuencia de múltiples
golpes en el cráneo, ocasionados durante
un accidente automovilístico.
No era cierto que estaba
estudiando en la casa de un compañero. Y
la madre no sabía que a los escasos 16
años su hijo ya ingería bebidas
alcohólicas hasta el punto de perder el
uso de la razón.
Este no es un cuento. Fue un
hecho real que le sucedió hace pocas
semanas a una madre soltera que ahora se culpa
de lo ocurrido por no haber podido educar bien a
su hijo, quien, como muchos salvadoreños,
fue prisionero del alcohol.
No se necesita ser
sicólogo o siquiatra para comprender que
nuestra sociedad está enferma y que el
alcohol está destruyendo miles de
hogares, dejando huérfanos, muerte,
zozobra y llevando al caos a futuras
generaciones. Lo más preocupante es que
los adultos no estamos cumpliendo nuestro
verdadero papel, en especial porque muchos
padres de familia son los que le dan ese triste
ejemplo a sus hijos.
El alcohol está
provocando quizás más daño
que la pasada guerra a nuestra sociedad. De
seguir así el alarmante consumo de
bebidas embriagantes, tendremos una sociedad
tarada, condenada al subdesarrollo y la
práctica de la violencia como
método para resolver nuestros
problemas.
Bueno es que existan
instituciones públicas y privadas que
ayuden a minimizar el problema del alcoholismo,
ya que ésta es la principal causa de la
violencia intrafamiliar, de asesinatos,
violaciones y de accidentes de tránsito.
Sin embargo, el problema se debe atacar de
raíz, para lo cual es necesario educar de
una manera diferente a los
niños.
Y esto incluye el ejemplo. Si
un niño observa que su padre siempre
llega borracho y golpea a su mamá, tiene
grandes posibilidades de que haga lo mismo
cuando sea adulto. Y aunque no haga uso de la
violencia, el solo hecho de que su papá o
mamá sean ebrios, hace que en un enorme
porcentaje el hijo siga los mismos
pasos.
¿Tiene hijos
adolescentes? ¿Está completamente
seguro/a de que no ha caído en las garras
del alcohol? Cuando sale de la casa, ¿sabe
dónde se encuentra realmente? ¿Ha
observado cambios de conducta en su hijo?
¿Siempre lo complace en todo? ¿Tiene
buena comunicación con su hijo? Y,
principalmente, ¿le da usted un buen
ejemplo a su hijo?
Responder estas preguntas nos
ayuda un poco a saber dónde estamos.
Cierto es que el trabajo y otras actividades nos
absorben mucho tiempo y muchas veces casi no
conversamos con nuestros hijos, pero ellos deben
ser lo más importante y no hay que
esperar más para comenzar a tratar de ser
mejores padres.