Sábado 10 de julio


Opinando

Enemigo público número uno: el alcohol

Miriam Mixco

Eran las once de la noche de un sábado. El teléfono sonó. Carmen pensó que quizás era su hermano que le hablaba de Estados Unidos, pero su sorpresa fue tal, cuando una voz masculina le dijo que la necesitaban en el Hospital Rosales.

Inmediatamente recordó que su único hijo estaba fuera de la casa ("estudiando para un examen con unos compañeros de colegio"). No recuerda cómo llegó al hospital, donde le dieron la mala noticia: su hijo había fallecido a consecuencia de múltiples golpes en el cráneo, ocasionados durante un accidente automovilístico.

No era cierto que estaba estudiando en la casa de un compañero. Y la madre no sabía que a los escasos 16 años su hijo ya ingería bebidas alcohólicas hasta el punto de perder el uso de la razón.

Este no es un cuento. Fue un hecho real que le sucedió hace pocas semanas a una madre soltera que ahora se culpa de lo ocurrido por no haber podido educar bien a su hijo, quien, como muchos salvadoreños, fue prisionero del alcohol.

No se necesita ser sicólogo o siquiatra para comprender que nuestra sociedad está enferma y que el alcohol está destruyendo miles de hogares, dejando huérfanos, muerte, zozobra y llevando al caos a futuras generaciones. Lo más preocupante es que los adultos no estamos cumpliendo nuestro verdadero papel, en especial porque muchos padres de familia son los que le dan ese triste ejemplo a sus hijos.

El alcohol está provocando quizás más daño que la pasada guerra a nuestra sociedad. De seguir así el alarmante consumo de bebidas embriagantes, tendremos una sociedad tarada, condenada al subdesarrollo y la práctica de la violencia como método para resolver nuestros problemas.

Bueno es que existan instituciones públicas y privadas que ayuden a minimizar el problema del alcoholismo, ya que ésta es la principal causa de la violencia intrafamiliar, de asesinatos, violaciones y de accidentes de tránsito. Sin embargo, el problema se debe atacar de raíz, para lo cual es necesario educar de una manera diferente a los niños.

Y esto incluye el ejemplo. Si un niño observa que su padre siempre llega borracho y golpea a su mamá, tiene grandes posibilidades de que haga lo mismo cuando sea adulto. Y aunque no haga uso de la violencia, el solo hecho de que su papá o mamá sean ebrios, hace que en un enorme porcentaje el hijo siga los mismos pasos.

¿Tiene hijos adolescentes? ¿Está completamente seguro/a de que no ha caído en las garras del alcohol? Cuando sale de la casa, ¿sabe dónde se encuentra realmente? ¿Ha observado cambios de conducta en su hijo? ¿Siempre lo complace en todo? ¿Tiene buena comunicación con su hijo? Y, principalmente, ¿le da usted un buen ejemplo a su hijo?

Responder estas preguntas nos ayuda un poco a saber dónde estamos. Cierto es que el trabajo y otras actividades nos absorben mucho tiempo y muchas veces casi no conversamos con nuestros hijos, pero ellos deben ser lo más importante y no hay que esperar más para comenzar a tratar de ser mejores padres.


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