Desempleo y
desempleo
María
Alicia A. de López Andreu*
El desempleo es una de las
causas de la pobreza y la delincuencia. Sin
embargo, los empleadores no conseguimos
empleados para los trabajos más
sencillos, que teóricamente
podrían desempeñar personas que no
califican para otros puestos y están
dentro de la población nominada como "los
más pobres de los pobres".
El agro, la industria,
comercio, turismo, servicios, etc.,
serían más competitivos si
contaran con toda la mano de obra que requieren,
y las amas de casa, más productivas al
encontrar empleadas para el servicio
doméstico. Todos necesitan personal cuyas
calificaciones no sean académicas, sino
de honestidad, espíritu de servicio y
amor al trabajo. Y si una persona tiene la
actitud correcta, el empleador gustosamente
asume el costo de la capacitación y
adiestramiento necesarios para dotarla de las
aptitudes que le faltan.
Para personas verdaderamente
necesitadas, cualquier labor con un salario fijo
representaría romper su círculo de
pobreza e iniciar el camino hacia una vida
mejor; pero la experiencia demuestra el poco
interés en muchas de ellas para superar
su situación. Así, vemos jornadas
de trabajo incompletas, reducidas, flojas, mal
hechas; empleadas domésticas que
prefieren "callejear"; campesinos, obreros y
artesanos que "trabajan salteado", aunque "coman
salteado", y múltiples actitudes que
impiden la eficiencia y productividad, y peor
aún, la erradicación de la
pobreza. ¿Entonces? ¿Hay desempleo, o
"vocación de desempleado"?
En 1983, con toda justicia,
la Cámara de Comercio e Industria de El
Salvador otorgó su máximo
galardón, la "Palma de Oro", al
Trabajador pueblo salvadoreño. Entonces
laborábamos arriesgando la vida
-literalmente- en cada jornada. Aún en
las ofensivas, terremoto, paros al transporte,
etc., trabajábamos arduamente. ¿Por
qué, de ser el pueblo más
trabajador, nos hemos convertido en el
más violento? ¿Y en lugar de usar
nuestra iniciativa para producir, preferimos
mendigar y robar? ¿Qué nos ha
sucedido?
La respuesta, obviamente, es
muy compleja; pero, como en todo, debemos
iniciarla por lo más básico: la
posguerra es un elemento determinante, pero
más aún lo han sido las anteriores
leyes y prebendas populistas, que compraron
votos y conciencias, y actualmente, el mal uso
de la ayuda enviada por nuestros sufridos
"hermanos lejanos". Todo eso ha desarrollado una
generación de zánganos, que
prefiere dedicarse al fácil y lucrativo
negocio de la mendicidad. Y mientras no la
erradiquemos, nuestras ciudades serán
verdaderas incubadoras de viciosos, delincuentes
y "desempleados".
En las esquinas de nuestras
ciudades cada día pululan más
niños, jóvenes y ancianos que
mendigan "porque no tienen trabajo", o por
padecer de alguna invalidez, o por viciosos. Son
un peligro para sí mismos y para los
demás (veamos el caso de Pedro Juan
Salinas, El Diario de Hoy del 5 de julio); sin
embargo, todos sabemos de jóvenes
llevados a centros de recuperación y
estudio, que vuelven a la calle al día
siguiente; comités parroquiales que
consiguen trabajo a los desempleados de su
vecindario, que los abandonan para regresar a
mendigar, etc. Pero también hay seres
admirables que, a pesar de su ancianidad, o de
padecer graves deficiencias físicas, son
autosuficientes. Muchos de los "mendigos
consuetudinarios" podrían ser atendidos
en instituciones especializadas que les
ayudarían eficientemente a superar sus
incapacidades y llevar una vida útil,
siempre y cuando dichas instituciones contaran
con los recursos necesarios para
hacerlo.
Por eso es muy loable la
iniciativa del Club Activo 20-30 con su
campaña del "Bono alimenticio", apoyada
por ASDER y Supermercados Selectos. Es un cambio
de mentalidad en lo tocante a la mendicidad, y
es que los ciudadanos debemos sustituir la
costumbre denigrante y nociva de dar limosna en
las esquinas, por la disciplina de donar
mensualmente la cantidad equivalente, o cuanto
podamos, a instituciones como iglesias, grupos
religiosos y clubes de servicio, que atienden
integralmente a las personas desvalidas,
rescatándoles de la pobreza y el vicio,
cubriendo tanto sus necesidades materiales, como
las emocionales y espirituales; donde se les
alimenta y nutre, pero a cambio de trabajo,
estudio y cumplimiento de algunas
responsabilidades, acordes a sus capacidades;
donde se les libera de la calle y se les
devuelve la dignidad. Así, los
salvadoreños sentiremos la alegría
del pan bien ganado y compartido con aquellos
que más lo necesitan, haciendo nuevamente
honor al título de "Trabajador pueblo
salvadoreño".
* Columnista de El Diario
de Hoy.