Sábado 10 de julio


Desempleo y desempleo

María Alicia A. de López Andreu*

El desempleo es una de las causas de la pobreza y la delincuencia. Sin embargo, los empleadores no conseguimos empleados para los trabajos más sencillos, que teóricamente podrían desempeñar personas que no califican para otros puestos y están dentro de la población nominada como "los más pobres de los pobres".

El agro, la industria, comercio, turismo, servicios, etc., serían más competitivos si contaran con toda la mano de obra que requieren, y las amas de casa, más productivas al encontrar empleadas para el servicio doméstico. Todos necesitan personal cuyas calificaciones no sean académicas, sino de honestidad, espíritu de servicio y amor al trabajo. Y si una persona tiene la actitud correcta, el empleador gustosamente asume el costo de la capacitación y adiestramiento necesarios para dotarla de las aptitudes que le faltan.

Para personas verdaderamente necesitadas, cualquier labor con un salario fijo representaría romper su círculo de pobreza e iniciar el camino hacia una vida mejor; pero la experiencia demuestra el poco interés en muchas de ellas para superar su situación. Así, vemos jornadas de trabajo incompletas, reducidas, flojas, mal hechas; empleadas domésticas que prefieren "callejear"; campesinos, obreros y artesanos que "trabajan salteado", aunque "coman salteado", y múltiples actitudes que impiden la eficiencia y productividad, y peor aún, la erradicación de la pobreza. ¿Entonces? ¿Hay desempleo, o "vocación de desempleado"?

En 1983, con toda justicia, la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador otorgó su máximo galardón, la "Palma de Oro", al Trabajador pueblo salvadoreño. Entonces laborábamos arriesgando la vida -literalmente- en cada jornada. Aún en las ofensivas, terremoto, paros al transporte, etc., trabajábamos arduamente. ¿Por qué, de ser el pueblo más trabajador, nos hemos convertido en el más violento? ¿Y en lugar de usar nuestra iniciativa para producir, preferimos mendigar y robar? ¿Qué nos ha sucedido?

La respuesta, obviamente, es muy compleja; pero, como en todo, debemos iniciarla por lo más básico: la posguerra es un elemento determinante, pero más aún lo han sido las anteriores leyes y prebendas populistas, que compraron votos y conciencias, y actualmente, el mal uso de la ayuda enviada por nuestros sufridos "hermanos lejanos". Todo eso ha desarrollado una generación de zánganos, que prefiere dedicarse al fácil y lucrativo negocio de la mendicidad. Y mientras no la erradiquemos, nuestras ciudades serán verdaderas incubadoras de viciosos, delincuentes y "desempleados".

En las esquinas de nuestras ciudades cada día pululan más niños, jóvenes y ancianos que mendigan "porque no tienen trabajo", o por padecer de alguna invalidez, o por viciosos. Son un peligro para sí mismos y para los demás (veamos el caso de Pedro Juan Salinas, El Diario de Hoy del 5 de julio); sin embargo, todos sabemos de jóvenes llevados a centros de recuperación y estudio, que vuelven a la calle al día siguiente; comités parroquiales que consiguen trabajo a los desempleados de su vecindario, que los abandonan para regresar a mendigar, etc. Pero también hay seres admirables que, a pesar de su ancianidad, o de padecer graves deficiencias físicas, son autosuficientes. Muchos de los "mendigos consuetudinarios" podrían ser atendidos en instituciones especializadas que les ayudarían eficientemente a superar sus incapacidades y llevar una vida útil, siempre y cuando dichas instituciones contaran con los recursos necesarios para hacerlo.

Por eso es muy loable la iniciativa del Club Activo 20-30 con su campaña del "Bono alimenticio", apoyada por ASDER y Supermercados Selectos. Es un cambio de mentalidad en lo tocante a la mendicidad, y es que los ciudadanos debemos sustituir la costumbre denigrante y nociva de dar limosna en las esquinas, por la disciplina de donar mensualmente la cantidad equivalente, o cuanto podamos, a instituciones como iglesias, grupos religiosos y clubes de servicio, que atienden integralmente a las personas desvalidas, rescatándoles de la pobreza y el vicio, cubriendo tanto sus necesidades materiales, como las emocionales y espirituales; donde se les alimenta y nutre, pero a cambio de trabajo, estudio y cumplimiento de algunas responsabilidades, acordes a sus capacidades; donde se les libera de la calle y se les devuelve la dignidad. Así, los salvadoreños sentiremos la alegría del pan bien ganado y compartido con aquellos que más lo necesitan, haciendo nuevamente honor al título de "Trabajador pueblo salvadoreño".

* Columnista de El Diario de Hoy.


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