Sábado 18 de diciembre


Cataratas cernidas

Caías desde el cielo. Caías desnuda, lisa y con los brazos abiertos. Abrí la ventana y ahí estabas, mermando; ahí estabas, vestida con tu follaje de lágrimas discontinuas. Ibas inquieta, desmesurada, estirando el encanto de tu ausencia. Pero no como la lluvia. No como la lluvia. No. Más bien como su rastro. Como un enjambre de llovizna matinal.

Por Enrique Contreras

Como si fueses el aliento del cielo dejándose ver.

Bajabas a cada rato y renacías en el ombligo de la nada, mientras el viento merodeaba tu cintura con sus brazos infinitos. Entonces le veía cuerpo al viento, le veía cuerpo de mujer. ¡Eras tú, dejándote envolver!

Bajabas a cada rato y te repetías.

Bajabas y te repetías sin pudor,

sin preocupación. Una y otra vez, bajabas sin aburrir, ibas como persiguiéndote, pero no como la lluvia. No. Más bien como su huella voladora, como una mariposa cuya transparencia era atravesada por aguijones de agua.

Bajabas, sí. Era como si te despedías y volvías. Hola y adiós, hola y adiós, miles de ellos encadenados con el fino hilo de la lluvia, miles de ellos amarrados, miles de ti cayendo.

Caías entera desde el índice de tu pie al ápice colgante de tu cabellera, miles de ti, deslizándose en el manto de vidrio desmembrado de la lluvia.

Adiós, adiós, hola, hola, cantaban tus cascadas.

Caías y usabas a la tormenta como señuelo, pero no eras lluvia . No. La lluvia era como tu mar, como tu playa, como tu pista de baile, como tus alas.

Dichosa lluvia, dichoso diluvio que raspa su gran cuerpo transparente con el tuyo.

Oh ángel de agua que te sumerges

y remojas en el aire que transpira el cielo, que caes para subir luego a esfumarte en las alturas y no ser más que un rastro de frescura.

Caías, como un hada enmascarada de cielo evaporado, caías escurriendo, lacrimal.

Caías como añicos titubeantes que mebuscaban el mirar.

Caías como una plaga de algodones desprendidos.

Luego caías sin la lluvia. Odiaste su esporádica voluntad. ¡Oh demonio sin piedad!

El sol brillaba y no importaba.

El sol brillaba y seguías en tu otoño de agua.

Teñías al viento de azul y zigzagueabas sus cortinas veraniegas.

Caías sin congelar ni un momento tu presuroso suicidio.

Pero tampoco bastó el día.

Pensaste entonces en usar a la noche,

en cernirte usando sus estrellas.

Dejé la ventana de mi noche abierta. Dejé que tus sombras y cometas me impregnaran sus estelas.

Caías. No eras lluvia. No eras día. No eras noche.

El invierno y el verano habían confundido sus fronteras.

Caías. Hola y adiós. Hola y adiós.


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