Cataratas cernidas
Caías desde el cielo. Caías
desnuda, lisa y con los brazos abiertos.
Abrí la ventana y ahí estabas,
mermando; ahí estabas, vestida con tu
follaje de lágrimas discontinuas. Ibas
inquieta, desmesurada, estirando el encanto de
tu ausencia. Pero no como la lluvia. No como la
lluvia. No. Más bien como su rastro. Como
un enjambre de llovizna matinal.
Por Enrique
Contreras
Como
si fueses el aliento del cielo dejándose
ver.
Bajabas a cada rato y renacías en el
ombligo de la nada, mientras el viento merodeaba
tu cintura con sus brazos infinitos. Entonces le
veía cuerpo al viento, le veía
cuerpo de mujer. ¡Eras tú,
dejándote envolver!
Bajabas a cada rato y te repetías.
Bajabas y te repetías sin pudor,
sin preocupación. Una y otra vez,
bajabas sin aburrir, ibas como
persiguiéndote, pero no como la lluvia.
No. Más bien como su huella voladora,
como una mariposa cuya transparencia era
atravesada por aguijones de agua.
Bajabas, sí. Era como si te
despedías y volvías. Hola y
adiós, hola y adiós, miles de
ellos encadenados con el fino hilo de la lluvia,
miles de ellos amarrados, miles de ti
cayendo.
Caías entera desde el índice de
tu pie al ápice colgante de tu cabellera,
miles de ti, deslizándose en el manto de
vidrio desmembrado de la lluvia.
Adiós, adiós, hola, hola,
cantaban tus cascadas.
Caías y usabas a la tormenta como
señuelo, pero no eras lluvia . No. La
lluvia era como tu mar, como tu playa, como tu
pista de baile, como tus alas.
Dichosa lluvia, dichoso diluvio que raspa su
gran cuerpo transparente con el tuyo.
Oh ángel de agua que te sumerges
y remojas en el aire que transpira el cielo,
que caes para subir luego a esfumarte en las
alturas y no ser más que un rastro de
frescura.
Caías, como un hada enmascarada de
cielo evaporado, caías escurriendo,
lacrimal.
Caías como añicos titubeantes
que mebuscaban el mirar.
Caías como una plaga de algodones
desprendidos.
Luego caías sin la lluvia. Odiaste su
esporádica voluntad. ¡Oh demonio sin
piedad!
El sol brillaba y no importaba.
El sol brillaba y seguías en tu
otoño de agua.
Teñías al viento de azul y
zigzagueabas sus cortinas veraniegas.
Caías sin congelar ni un momento tu
presuroso suicidio.
Pero tampoco bastó el día.
Pensaste entonces en usar a la noche,
en cernirte usando sus estrellas.
Dejé la ventana de mi noche abierta.
Dejé que tus sombras y cometas me
impregnaran sus estelas.
Caías. No eras lluvia. No eras
día. No eras noche.
El invierno y el verano habían
confundido sus fronteras.
Caías. Hola y adiós. Hola y
adiós.