- ¡Paz en la
tierra!
- Por
Juan Pablo II
Éste
es el anuncio de los ángeles que
acompañó al nacimiento de
Jesucristo hace 2000 años (cf. Lc 2,14) y
que escucharemos resonar con alegría en
la noche santa de Navidad, en el momento en que
solemnemente se abrirá el Gran
Jubileo.
Este mensaje de esperanza que viene de la
gruta de Belén lo queremos volver a
proponer al inicio del nuevo Milenio. Dios ama a
todos los hombres y mujeres de la tierra y les
concede la esperanza de un tiempo nuevo, un
tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en
el Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz
universal; acogido profundamente en el
corazón, reconcilia a cada uno con Dios y
consigo mismo, renueva las relaciones entre los
hombres y suscita la sed de fraternidad capaz de
alejar la tentación de la violencia y la
guerra.
El Gran Jubileo está indisolublemente
unido a este mensaje de amor y de
reconciliación, que manifiesta las
aspiraciones más auténticas de la
humanidad de nuestro tiempo.
Con la perspectiva de un año lleno de
significado, renuevo cordialmente a todos el
deseo de paz. A todos os digo que la paz es
posible. Pedida como un don de Dios, debe ser
también construida día a
día con su ayuda a través de obras
de justicia y de amor.
Ciertamente, son muchos y complejos los
problemas que a menudo hacen quesea
difícil y desalentador el camino hacia la
paz, pero ésta es una exigencia
profundamente enraizada en el corazón de
cada ser humano. Por eso, no debe disminuir la
voluntad de buscarla incesantemente, pues su
fundamento se halla en la conciencia de que la
humanidad, marcada por el pecado, el odio y la
violencia, está llamada por Dios a formar
una sola familia. Este designio divino debe ser
reconocido y puesto en práctica,
promoviendo la búsqueda de relaciones
armoniosas entre las personas y los pueblos, en
una cultura que integre la apertura al
Trascendente, la promoción del hombre y
el respeto de la naturaleza. Éste es el
mensaje de Navidad, el mensaje del Jubileo y mi
deseo al inicio de un nuevo Milenio.
Con la guerra, la humanidad es la que
pierde
Durante el siglo que dejamos atrás, la
humanidad ha sido duramente probada por una
interminable y horrenda serie de guerras,
conflictos, genocidios, « limpiezas
étnicas », que han causado
indescriptibles sufrimientos: millones y
millones de víctimas, familias y
países destruidos; multitudes de
prófugos, miseria, hambre, enfermedades,
subdesarrollo y pérdida de ingentes
recursos. En la raíz de tanto sufrimiento
hay una lógica de violencia, alimentada
por el deseo de dominar y de explotar a los
demás, por ideologías de poder o
de totalitarismo utópico, por
nacionalismos exacerbados o antiguos odios
tribales. A veces, a la violencia brutal y
sistemática, orientada hacia el
sometimiento o incluso el exterminio total de
regiones y pueblos enteros, ha sido necesario
oponer una resistencia armada.
El siglo XX nos deja en herencia, sobre todo,
una advertencia: unas guerras a menudo son causa
de otras, ya que alimentan odios profundos,
crean situaciones de injusticia y ofenden la
dignidad y los derechos de las personas. En
general, además de ser
extraordinariamente dañinas, no resuelven
los problemas que las originan y, por tanto,
resultan inútiles. Con la guerra, la
humanidad es la que pierde. Sólo desde la
paz y con la paz se puede garantizar el respeto
de la dignidad de la persona humana y de sus
derechos inalienables.