Jueves 16 de diciembre


Tomando la palabra
El peligro de derrota de las huelgas
Joaquín Villalobos*
* St. Antony's College, Universidad de Oxford.

La huelga constituye un derecho indiscutible de los trabajadores y en nuestro país, bajo un contexto de gran legitimidad de las protestas sociales, fue determinante en la lucha por las libertades democráticas. Terminada la guerra y en democracia, separar las reivindicaciones de los trabajadores de la política partidista es fundamental. Los trabajadores tendrán siempre mayor capacidad de defensa de su interés en la medida que actúen conforme su propia conveniencia y tengan en cuenta la diversidad de pensamiento de su propio sector. Para nadie es más importante la estabilidad y el buen funcionamiento de nuestra democracia, que para los mismos trabajadores. En sentido estratégico y teniendo en cuenta el desgaste sufrido durante la guerra, este no es un momento de acción, sino de reconstrucción de los sindicatos como organizaciones democráticas y representativas.

Para impulsar una huelga no basta creer en la justeza de las reivindicaciones, hay que considerar el contexto en que ésta se ejecutará, revisar el impacto que tendrán las demandas en la opinión pública, medir la resistencia de los trabajadores, evaluar objetivamente la capacidad de concesión de la contraparte, tener listas alternativas de negociación y, ante todo, tener la seguridad de estar frente a una situación extrema que justifique la huelga.

Analizando las actuales huelgas es fácil concluir que hay una estrategia incorrecta y esto puede significar una derrota para los trabajadores, un debilitamiento de las organizaciones laborales y una seria afectación electoral al FMLN, que no ha ocultado la relación con el movimiento. Este resultado sería lo contrario de lo que, supuestamente, se quiere.

Las huelgas que se están llevando adelante son altamente impopulares por las siguientes razones: hay un desgaste del instrumento por el excesivo número de éstas realizadas en el último año; los trabajadores del sector público tienen mejores condiciones laborales que el sector privado, donde está la mayoría de salvadoreños; la guerra se terminó, no hay violaciones a los derechos humanos, el FMLN tiene una alta cuota de poder y existe amplia libertad de expresión. Huelgas de maestros con proliferación de "maras" juveniles, cierre de juzgados con criminalidad, huelga del Seguro Social y de los hospitales con epidemias, hacen casi imposible tener a favor la opinión pública.

En términos sencillos, los sindicalistas apareen como victimarios y los usuarios, como víctimas. En el pasado había una demanda general de tolerancia, pero la demanda por el orden es ahora cada vez más creciente y, guste o no, una huelga es un desorden que ahora tiene más dificultad de ganar simpatías. Esto explica por qué los dirigentes sindicales han chocado con la prensa y ahora hablan poco de los salarios y más de que defienden el interés público al oponerse a la privatización.

Sin embargo, la lucha contra la privatización parece una pelea con un fantasma, en tanto no está claro que ese sea el propósito del gobierno. En todo caso, primero habría que haberlo aclarado. Por otro lado, ese tema se dirime en las elecciones, y si es un grave error, la gente lo dirá con votos, pero no se pueden imponer puntos de política de gobierno cuando se es minoría. Esto lleva a la ingobernabilidad, arriesga la democracia y el interés de los trabajadores.

Los aumentos de salarios de funcionarios de gobierno, si fueran un error, deben ser señalados, criticados y explotados políticamente, pero no se justifica paralizar por ello un servicio público. Los diputados de las últimas asambleas legislativas se han aumentado tres veces los salarios y cada diputado gana ahora 38,000 colones al mes y 10,000 los suplentes, sin tener éstos últimos responsabilidad específica de trabajo. A los diputados no se les piden los requerimientos de conocimiento de un funcionario técnico y, según las encuestas, son altamente impopulares; sin embargo, nadie protestó por estos aumentos, que se realizaron con el apoyo del FMLN. Los 27 diputados del Frente y sus suplentes reciben 16 millones de colones al año. No se debería tener la igualdad como consigna, si se acepta la desigualdad como forma de vida; esta hipocresía entre otras contribuyó a derribar el Muro de Berlín.

Hasta aquí podría argumentarse que el análisis planteado olvida el derecho de los trabajadores de mejorar. Algunos dicen que la democracia está incompleta por las grandes desigualdades e injusticia social que aún existen, esto es esencialmente correcto, el problema es cómo resolverlo. Es necesario valorar seriamente las libertades democráticas que ahora tenemos y reflexionar sobre cómo éstas irán produciendo cambios sociales. Ya quedó establecido, de forma contundente, que no hay sistema capaz de resolver la pobreza de la noche a la mañana.

La izquierda acepta sin problema que en Cuba se pida sacrificio a la gente, con racionamientos y salarios más bajos que los de nuestro país; igualmente aceptó que en Nicaragua los sandinistas cambiaran moneda, racionaran y cambiaran trabajo por alimentos. Aunque a estas acciones se les llame período especial o emergencia, no son otra cosa que ajustes estructurales, que tanto escozor causan en la izquierda cuando las recomienda el Fondo Monetario. ¿Por qué entonces no tener paciencia y dar tiempo a nuestra democracia que apenas comienza?

La democracia no resuelve la pobreza y no puede ni debe imponer la justicia social; sin embargo, es el mejor instrumento para que, mediante la interacción de intereses y en un proceso gradual, pacífico, democrático, consciente e inteligente, la solidaridad y la justicia vayan prevaleciendo. La democracia permitió que el estado de bienestar en Europa fuera un tema que, en lo esencial, está por encima de derechas e izquierdas. Margaret Thatcher, pionera del neoliberalismo, nunca llegó a desmontar los servicios de salud y educación gratuitos para los británicos. Los suizos y suecos tienen democracia y tanta o mejor protección social que los cubanos. Los ricos europeos entendieron que la calidad de vida no la da el lujo de su casa, sino la situación de su país. Por lo tanto, la existencia de multimillonarios no le preocupa a nadie, en tanto no haya marginación social.

El bienestar no surge de que un sector se imponga al otro y lo someta, esto es mantener un conflicto en estado latente y es esto lo que hizo caer los gobiernos comunistas de Europa del Este. La democracia no puede basarse en impedir gobernar y esto significa que la oposición se puede hacer aprovechando los errores del otro, pero no trabajando para que fracase.

Ser combativos y rebeldes fue valioso cuando había dictadura, pero ahora puede convertirse en algo fatal para los propios trabajadores. Los comunistas británicos tenían una gran influencia en los sindicatos de Liverpool y realizaban constantes huelgas que conquistaron derechos, pero la persistencia de su rebeldía hizo huir las inversiones a otras ciudades de Gran Bretaña y Liverpool se empobreció. Los trabajadores costarricenses no son los más combativos de Centroamérica, pero son los que tienen más derechos y mejores salarios porque han contribuido a que su democracia funcione.

Los dirigentes sindicales deben revisar su estrategia. La revolución social, los cambios estructurales o como se les quiera llamar, vendrán de la evolución democrática y de una correcta estrategia de lucha que, sin duda, algunas veces requerirá de la presión social, pero ahora hay que dejar que lo conquistado funcione. El mundo actual es de excelencia en la educación y de productividad y eficiencia en el trabajo, y si bien es justo mejorar salarios, es indispensable tener en cuenta lo primero, si no se hace así, ya no habrá a quien presentarle demandas porque no habrá inversión y quedaremos condenados a una eterna pobreza, así tengamos los más combativos y revolucionarios trabajadores del planeta.


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