- La Eucaristía,
fuente de vida
- Por
Juan Pablo II
"Cuando llegó la plenitud del tiempo,
Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer"
(Gal.4,4)
"La
plenitud del tiempo se identifica con el
misterio de la Encarnación del
Verbo
y con el misterio de la
Redención del mundo" (Tertio millennio
adveniente,1): en el Hijo consustancial al Padre
y hecho hombre en el seno de la Virgen se abre y
llega a su plenitud en el "tiempo" esperado,
tiempo de gracia y de misericordia, tiempo de
salvación y de reconciliación.
Cristo revela el plan de Dios respecto de
toda la creación y en particular respecto
del hombre. Él "revela plenamente el
hombre al hombre y le comunica su
altísima vocación" (Gaudium et
Spes , 22), escondida en el corazón del
Eterno. El misterio del Verbo encarnado
será plenamente descubierto sólo
cuando cada hombre y cada mujer sean realizados
en Él, hijo en el Hijo, miembros de su
Cuerpo místico que es la Iglesia.
El Jubileo, y éste en particular,
celebrando los 2000 años de la entrada en
el tiempo del Hijo de Dios y el misterio de la
redención, incita a cada creyente a
considerar su propia vocación personal,
para completar lo que falta en su vida a la
pasión del Hijo en favor de su cuerpo que
es la Iglesia. (Cor. 1, 24)
El misterio de la
Eucaristía
La Eucaristía constituye el momento
culminante en el que Jesús, al darnos su
Cuerpo inmolado y su Sangre derramada por
nuestra salvación, descubre el misterio
de su identidad e indica el sentido de la
vocación de cada creyente. El significado
de la vida humana está todo en aquel
Cuerpo y en aquella Sangre, ya que por ellos nos
han venido la vida y la salvación. Con
ellos debe, de alguna manera, identificarse la
existencia misma de la persona, la cual se
realiza a sí misma en la medida en que
sabe hacerse, a su vez don para todos.
En la Eucaristía todo esto está
misteriosamente significado en el signo del pan
y del vino, memorial de la Pascua del
Señor: el creyente que se alimenta de
aquel Cuerpo inmolado y de aquella Sangre
derramada recibe la fuerza de transformarse a su
vez en don. Como dice S. Agustín: "Sed lo
que recibís y recibid lo que sois".
En la Eucaristía algunos descubren
sentirse llamados a ser ministros del Altar;
otros, a contemplar la belleza y la profundidad
de este misterio; otros, a encauzar la fuerza de
su amor hacia los pobres y débiles, y
otros, también a captar su poder
transformador en las realidades y en los gestos
de la vida de cada día. Cada creyente
encuentra en ella no sólo la clave
interpretativa de su propia existencia sino el
valor para realizarla, y construir así,
en la diversidad de los carismas y de las
vocaciones, el único Cuerpo de Cristo en
la historia.
En la narración de los
discípulos de Emaús (Lc.24,13-35)
S. Lucas hace entrever cuanto acaece en la vida
del que vive de la Eucaristía. Cuando "en
el partir el pan" por parte del "forastero" se
abren los ojos de los discípulos, ellos
se dan cuanta que el corazón les
ardía en el pecho mientras lo escuchaban
explicar las Escrituras. En aquel corazón
que arde podemos ver la historia y el
descubrimiento de cada vocación, que no
es conmoción pasajera, sino
percepción cada vez más cierta y
fuerte de que la Eucaristía y la Pascua
del Hijo serán cada vez más la
Eucaristía y la Pascua de sus
discípulos.