Sábado 11 de diciembre


La Eucaristía, fuente de vida
Por Juan Pablo II

"Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer" (Gal.4,4)

"La plenitud del tiempo se identifica con el misterio de la Encarnación del Verbo… y con el misterio de la Redención del mundo" (Tertio millennio adveniente,1): en el Hijo consustancial al Padre y hecho hombre en el seno de la Virgen se abre y llega a su plenitud en el "tiempo" esperado, tiempo de gracia y de misericordia, tiempo de salvación y de reconciliación.

Cristo revela el plan de Dios respecto de toda la creación y en particular respecto del hombre. Él "revela plenamente el hombre al hombre y le comunica su altísima vocación" (Gaudium et Spes , 22), escondida en el corazón del Eterno. El misterio del Verbo encarnado será plenamente descubierto sólo cuando cada hombre y cada mujer sean realizados en Él, hijo en el Hijo, miembros de su Cuerpo místico que es la Iglesia.

El Jubileo, y éste en particular, celebrando los 2000 años de la entrada en el tiempo del Hijo de Dios y el misterio de la redención, incita a cada creyente a considerar su propia vocación personal, para completar lo que falta en su vida a la pasión del Hijo en favor de su cuerpo que es la Iglesia. (Cor. 1, 24)

El misterio de la Eucaristía

La Eucaristía constituye el momento culminante en el que Jesús, al darnos su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada por nuestra salvación, descubre el misterio de su identidad e indica el sentido de la vocación de cada creyente. El significado de la vida humana está todo en aquel Cuerpo y en aquella Sangre, ya que por ellos nos han venido la vida y la salvación. Con ellos debe, de alguna manera, identificarse la existencia misma de la persona, la cual se realiza a sí misma en la medida en que sabe hacerse, a su vez don para todos.

En la Eucaristía todo esto está misteriosamente significado en el signo del pan y del vino, memorial de la Pascua del Señor: el creyente que se alimenta de aquel Cuerpo inmolado y de aquella Sangre derramada recibe la fuerza de transformarse a su vez en don. Como dice S. Agustín: "Sed lo que recibís y recibid lo que sois".

En la Eucaristía algunos descubren sentirse llamados a ser ministros del Altar; otros, a contemplar la belleza y la profundidad de este misterio; otros, a encauzar la fuerza de su amor hacia los pobres y débiles, y otros, también a captar su poder transformador en las realidades y en los gestos de la vida de cada día. Cada creyente encuentra en ella no sólo la clave interpretativa de su propia existencia sino el valor para realizarla, y construir así, en la diversidad de los carismas y de las vocaciones, el único Cuerpo de Cristo en la historia.

En la narración de los discípulos de Emaús (Lc.24,13-35) S. Lucas hace entrever cuanto acaece en la vida del que vive de la Eucaristía. Cuando "en el partir el pan" por parte del "forastero" se abren los ojos de los discípulos, ellos se dan cuanta que el corazón les ardía en el pecho mientras lo escuchaban explicar las Escrituras. En aquel corazón que arde podemos ver la historia y el descubrimiento de cada vocación, que no es conmoción pasajera, sino percepción cada vez más cierta y fuerte de que la Eucaristía y la Pascua del Hijo serán cada vez más la Eucaristía y la Pascua de sus discípulos.


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