Usulután
Usulután, entre
sangre y volcánes
Usulután es una tierra intensa como
su paisaje. En 25 kilómetros de carretera
hay cientos de historias bellas y
violentas
Francisco
Ayala Silva
El Diario de
Hoy
El
señor Henríquez creció en
esta tierra, y ahora me conduce por ella.
Él trabaja en EL DIARIO DE HOY (es el
chófer de este "pick up" blanco) y
creció en la tierra tremendamente azul y
verde de Usulután, entre la Carretera
Panamericana y la Carretera El Litoral.
Esa franja podría ser la tierra
más fértil de El Salvador.
También la más violenta. En un
terreno con menos de mil kilómetros
cuadrados, hay tres volcánes, dos cadenas
montañosas, una laguna azufrada entre
montañas (la de Alegría, que tiene
más agua cuando la temperatura es
más caliente), cafetales, maizales,
cañaverales, así como ciudades
pequeñas donde nacieron tremendas
fortunas.
El señor Henríquez
recorrió esta zona. Hasta los 14
años fue cortador de la uva del
café; a los 15 era soldado combatiente, y
antes de cumplir los 20, peleaba en los
batallones especiales.
Él me cuenta las historias de esta
franja
Frutas rojas encarnadas
La carretera le da la vuelta al volcán
de Usulután. "Aquí encontramos a
los guardias", dice, señalando un lugar
entre los cafetales con frutas de rojo muy
encendido.
"Eran
tres guardias nacionales", recuerda, "estaban
parados, con su uniforme y polainas; allá
estaban sus cabezas, con cascos, en tres
estacas".
El "pick up" va cuesta arriba por una
carretera con más paisajes que los de la
carretera a Tikal (Guatemala), un sitio
turístico de clase mundial. En el camino,
hay una casa con muro, y en el muro han pintado
una gran cruz blanca; adentro hay un patio con
una gran cruz de cemento y un portal donde
cuelgan decenas de amuletos.
"Es la casa de un adorador de satán",
explica el señor Henríquez,
"él antes era diácono de una
iglesia católica, ahora hace trabajos de
limpieza y curación; dicen que le llevan
a los locos y él los entrega sanos".
El diablo frecuenta Usulután. Una
mujer de Estanzuelas recuerda como, de
niña, ella, junto con su madre, vio un
caballo negro atravesar un enrejado cerrado con
candado grande. El señor Henríquez
habla de un tal Carlos Bustamante, que tiene en
la espalda el rostro del diablo dibujado con sus
bellos.
Habla de Mauricio el Peche, que hizo pacto
con el diablo y éste le dio fortuna.
Cuando llegó la noche, el diablo se le
apareció a Mauricio el Peche, en una
carretera y montado en un caballo negro y alto.
"Pasate a este caballo, que sólo en
éste vas a llegar", le dijo el diablo y
así desapareció Mauricio.
El diablo volvió. Se apareció a
la hija de Mauricio el Peche, mujer de botas
agudas, pistolas al cinto y sombrero calado;
"tenés que matar 10 niños para
volver a ver a tu tata", le dijo el diablo, y
allí mismo, se negó María
el Peche. Nadie volvió a ver a Mauricio.
Su hija "vive ahora en Arabia Saudita", asegura
el señor Henríquez.
Santiago y a ellos
Llegamos a Santiago de María, tierra
fresca donde surgieron algunas de las grandes
fortunas cafetaleras. "Aquí se
apareció Santiago el Patrono, para
defender la ciudad de los ataques de los
guerrilleros", asegura el señor
Henríquez. "Cada vez que los guerrilleros
('terroristas', dice él) lanzaban
granadas, las granadas se las devolvían
y, cuando atacaban, se aparecía Santiago
en un caballo para que lo siguieran los
soldados".
El señor Henríquez no lo sabe,
pero los soldados que peleaban contra los moros
en el medioevo español creían que
el apóstol Santiago se les
aparecían en las batallas,
guiándolos en un caballo blanco. Los
conquistadores españoles entraban en
combate gritando "Santiago y a ellos", y
"Santiago y cierra España".
Salimos de Santiago de María. Poco
después, el señor Henríquez
confiesa que es evangélico.