- Tema del
momento
- Los niños y
niñas de El Salvador
- Beatrice
Alamanni de Carrillo
El
25 de noviembre recurrió la
celebración mundial de la no-violencia
hacia las mujeres y, en especial, en nuestro
país se dio énfasis al combate de
la violencia intrafamiliar, que constituye, a
nivel jurídico, ya ley de la
República.
En general, yo no creo en las conmemoraciones
y en las ceremonias, porque lo que vale es el
compromiso diario y perenne en cualquier
campo.
Pero los salvadoreños y las
salvadoreñas necesitamos reflexionar en
forma específica sobre la tragedia de la
violencia social y familiar que nos rodea y que
deteriora el tejido del entorno nacional, basada
fundamentalmente en la pobreza, la poca
educación, las pocas oportunidades de
trabajo y, sobre todo, radicada en la
pérdida de valores y en la impunidad
imperante en el país.
Dos niñas me han llegado a la mente en
forma especial, el día 25 de noviembre,
como un símbolo, cada una en su caso, de
lo que la violencia de nuestra sociedad, en sus
diferentes matices, puede causar a unas
inocentes.
Katty, violada y asesinada en Semana Santa en
la playa, durmiendo con sus propios familiares y
cuyo crimen queda envuelto en el más
dudoso misterio, ha estremecido el
corazón de todos los salvadoreños,
sobre todo de nosotras, las madres, y Karina,
una "tierna" de tres años, lanzada a la
aventura de la vía crucis de los
"mojados" y deportada como un objeto (una
muñeca, tal vez) hacia su tierra de
origen.
Que desalentador, en víspera de un
nuevo siglo, entre grandes retóricas y
festejos, entre comisiones celebrativas de un
evento inconsistente como lo es un cambio de
hojas de un calendario (y no de "Era"),
encontrarnos que en El Salvador todo sigue
igual, porque todavía los niños y
las niñas mueren sin obtener justicia o
tienen que ser objeto de algo sospechoso, en
verdad, como lo son los viajes clandestinos
hacia el extranjero en soledad y abandono.
Katty y Karina constituyen, en realidad, los
rostros representativos de nuestra dolida
patria, mucho más que las imágenes
triunfantes de las reinas de belleza caseras,
coronadas casualmente por ilustres personajes
políticos.
Cada día, dos niños
recién nacidos son abandonados y
sólo el 20 por ciento de todos ellos
viene posteriormente reclamado por sus
padres.
Cada día, el número de los
violados y violadas por la violencia
intrafamiliar va aumentando, aunque sean muy
pocas las denuncias y más escaso
todavía el apoyo institucional al
respecto.
Son muchos los delitos de toda índole,
envueltos en la impunidad, que le esperan al
Señor Fiscal General de la
República, pero Katty y Karina
están también "acechando", para
comprobar su buena voluntad y su
determinación de contribuir a que se haga
justicia.
En realidad, la tragedia de Katty es
indiscutible, y no se puede ni se debe postergar
la insoslayable obligación del sistema de
justicia de proceder con todo el peso de la ley,
en las investigaciones y en el esclarecimiento
del crimen.
Pero para Karina la situación es
más oscura y el trasfondo de su calvario
más inexplicable y controversial. Puede
parecer absolutamente menos grave la
problemática de Karina, porque, gracias a
Dios, está con vida (pero
¿cuál vida?). Además de la
pobreza estructural de su entorno,
también ¿cuál tejido de
ilegalidades y de atropellos a la integridad de
dicha menor, están atrás de su
carita triste, cuya familia "prudentemente" se
ha tardado un tanto en reclamar?
Los niños y niñas de El
Salvador, vendidos al extranjero, prostituidos,
explotados en trabajos tempranos y faltos de
educación suficientemente para el reto de
la inserción productiva en el quehacer
nacional, demandan atención prioritaria
de parte de todos nosotros, familiares,
asociaciones de servicio, pero, en primera
instancia, de las instituciones del Estado, que,
por el Art. 1 de la Carta Magna le deben la
máxima atención y el máximo
compromiso a la persona humana.
La legislación familiar y de menores
de nuestro país es excelente, pero se
aleja demasiado de la realidad. Es suficiente
leer el Capítulo II del Libro V del
Código de Familia, dedicado a los
derechos de los menores, para apreciar
cuán adelantada y civilizada sea dicha
normación, pero basta revisar los diarios
cada día, para no encontrar alguna huella
de esta espléndida teoría.
Es verdad que estamos avanzando hacia nuestro
futuro, en un presente incierto y
difícil, en que construimos a tientas y
tímidamente una democracia real, sin
embargo, las niñas y los niños de
El Salvador necesitan de una esperanza para
creer, al cumplir sus 18 años, en esta
democracia, que los mayores debemos construir.
Porque los jóvenes, que constituyen una
parte predominante de la sociedad, deben
disfrutar de sus derechos para poder aprender a
creer en dicha democracia y tomar, a su vez, el
compromiso de seguir edificándola para
todos nosotros.