Miércoles 1 de diciembre


Tema del momento
Los niños y niñas de El Salvador
Beatrice Alamanni de Carrillo

El 25 de noviembre recurrió la celebración mundial de la no-violencia hacia las mujeres y, en especial, en nuestro país se dio énfasis al combate de la violencia intrafamiliar, que constituye, a nivel jurídico, ya ley de la República.

En general, yo no creo en las conmemoraciones y en las ceremonias, porque lo que vale es el compromiso diario y perenne en cualquier campo.

Pero los salvadoreños y las salvadoreñas necesitamos reflexionar en forma específica sobre la tragedia de la violencia social y familiar que nos rodea y que deteriora el tejido del entorno nacional, basada fundamentalmente en la pobreza, la poca educación, las pocas oportunidades de trabajo y, sobre todo, radicada en la pérdida de valores y en la impunidad imperante en el país.

Dos niñas me han llegado a la mente en forma especial, el día 25 de noviembre, como un símbolo, cada una en su caso, de lo que la violencia de nuestra sociedad, en sus diferentes matices, puede causar a unas inocentes.

Katty, violada y asesinada en Semana Santa en la playa, durmiendo con sus propios familiares y cuyo crimen queda envuelto en el más dudoso misterio, ha estremecido el corazón de todos los salvadoreños, sobre todo de nosotras, las madres, y Karina, una "tierna" de tres años, lanzada a la aventura de la vía crucis de los "mojados" y deportada como un objeto (una muñeca, tal vez) hacia su tierra de origen.

Que desalentador, en víspera de un nuevo siglo, entre grandes retóricas y festejos, entre comisiones celebrativas de un evento inconsistente como lo es un cambio de hojas de un calendario (y no de "Era"), encontrarnos que en El Salvador todo sigue igual, porque todavía los niños y las niñas mueren sin obtener justicia o tienen que ser objeto de algo sospechoso, en verdad, como lo son los viajes clandestinos hacia el extranjero en soledad y abandono.

Katty y Karina constituyen, en realidad, los rostros representativos de nuestra dolida patria, mucho más que las imágenes triunfantes de las reinas de belleza caseras, coronadas casualmente por ilustres personajes políticos.

Cada día, dos niños recién nacidos son abandonados y sólo el 20 por ciento de todos ellos viene posteriormente reclamado por sus padres.

Cada día, el número de los violados y violadas por la violencia intrafamiliar va aumentando, aunque sean muy pocas las denuncias y más escaso todavía el apoyo institucional al respecto.

Son muchos los delitos de toda índole, envueltos en la impunidad, que le esperan al Señor Fiscal General de la República, pero Katty y Karina están también "acechando", para comprobar su buena voluntad y su determinación de contribuir a que se haga justicia.

En realidad, la tragedia de Katty es indiscutible, y no se puede ni se debe postergar la insoslayable obligación del sistema de justicia de proceder con todo el peso de la ley, en las investigaciones y en el esclarecimiento del crimen.

Pero para Karina la situación es más oscura y el trasfondo de su calvario más inexplicable y controversial. Puede parecer absolutamente menos grave la problemática de Karina, porque, gracias a Dios, está con vida (pero ¿cuál vida?). Además de la pobreza estructural de su entorno, también ¿cuál tejido de ilegalidades y de atropellos a la integridad de dicha menor, están atrás de su carita triste, cuya familia "prudentemente" se ha tardado un tanto en reclamar?

Los niños y niñas de El Salvador, vendidos al extranjero, prostituidos, explotados en trabajos tempranos y faltos de educación suficientemente para el reto de la inserción productiva en el quehacer nacional, demandan atención prioritaria de parte de todos nosotros, familiares, asociaciones de servicio, pero, en primera instancia, de las instituciones del Estado, que, por el Art. 1 de la Carta Magna le deben la máxima atención y el máximo compromiso a la persona humana.

La legislación familiar y de menores de nuestro país es excelente, pero se aleja demasiado de la realidad. Es suficiente leer el Capítulo II del Libro V del Código de Familia, dedicado a los derechos de los menores, para apreciar cuán adelantada y civilizada sea dicha normación, pero basta revisar los diarios cada día, para no encontrar alguna huella de esta espléndida teoría.

Es verdad que estamos avanzando hacia nuestro futuro, en un presente incierto y difícil, en que construimos a tientas y tímidamente una democracia real, sin embargo, las niñas y los niños de El Salvador necesitan de una esperanza para creer, al cumplir sus 18 años, en esta democracia, que los mayores debemos construir. Porque los jóvenes, que constituyen una parte predominante de la sociedad, deben disfrutar de sus derechos para poder aprender a creer en dicha democracia y tomar, a su vez, el compromiso de seguir edificándola para todos nosotros.


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