Párpados
acalorados
Debo confesarles,
dúo de antojadizos: los necesito
sellados, a ustedes, cerrojos indomables que se
entreabren y cierran, como el afligido aleteo de
una mariposa huyendo, porque temen que mis ojos
perezcan en la sequía profunda que
ahuyentan por segundos.
Por Enrique
Contreras
Ustedes,
persianas, que resguardan, con su fina piel de
agua, en los diminutos momentos en que ciernen
sus pestañas, el vacío donde lanzo
mis miradas sin foco, esas que finjo, cuando
ingenio la mentira de centrarme en los objetos.
Par de debiluchos
enrojecidos, que renuncian, día tras
día, a su valiosa sumisión y me
traicionan, desbaratando con la viruta de
colores que permiten entrar a mis retinas, que
yacen abandonadas, fijas, idas, en su caldo de
gases opacos.
Par de mocosos que ceden su
resistencia muscular al vislumbrar el paso de la
saga tenue, que es el inicio de la
insurrección matinal que
exterminará a mis esferas arropadas tras
sus telas, que ceden a la caricia transparente y
tibia de las manos blandas donde el amanecer
convaleciente exhala su placer agonizante, la
sombra polvorienta que expande la onda oscura de
su viento peregrino, palmas inmensas que los
seducen, paseando sus dedos de brisas arenosas
sobre ustedes, pedazos mal cortados de piel
involuntaria. Los necesito ceñidos
así, mucho más apretados a mis
pómulos mojados. Ciérrense para
siempre, no hagan caso a su insistencia
biológica, porque mi estado no depende de
las luces y ni de sus juguetes flotantes donde
la blancura se forma y amplía su gama,
los prismas, a los que ustedes reaccionan con
servilismo despreciable. Es triste, sí,
pero no los necesito abiertos.
Dentro de sus abrazos
húmedos y deslizables, mis iris son un
par de soles negros, sin brillo. Un par de
confidentes perfectos con todo el tiempo para
apagarse conmigo.
Un par de galaxias que se
abandonan en el alargue de una noche controlada
por el instinto o la aberración al blanco
y negro. Dos discos membranosos que intiman en
sendos lagos sin reflejos, donde los remojo y
los dejo hundir, hundir, hasta perderlos .
Impidan, par de ineptos, al
cálido resplandor, imponer su espantosa
ebullición, para que prevalezca mi estado
vegetal y no esparza el vital veneno que hace
brotar flores y también lluvia de mar.
Para que la fotosíntesis no me enverdezca
jamás.
Párpados ávidos
de calor, puede que tengan algo de razón.
Soy consciente de que sólo tapan a medias
a unos ojos muertos. ¿Por qué no
pudieron permanecer con sus bocas cerradas?
Ahora lo sé.
Sí, sí, tenían que
aplaudirle al alba, decirle miles de buenos
días , arrodillarse ante la señora
que los despierta. En fin, debían cumplir
la misión que les encomendó mi
cuerpo mucho antes de pedirles el favor de
estarse quietos.
Les confieso, ya fuera de la
órbita que sus sedas arrugadas abrigaban,
que ya no desenfoco los colores y que dejo al
sol quemar mis ramas.
Les confieso, párpados
incrédulos, que aun así no
enverdezco. Zoom Out.