La Ilíada del
ganadero
Una historia de
secuestros, atentados, precios malos y toros con
giba...
El Diario de
Hoy
Ulises
González hizo su fortuna y propiedades
volando sobre los cielos de Usulután.
Abandonó su natal Cabañas, cuando
su padre ganadero murió. El olor a bosta
de vaca, a pastizales y el coraje de los
elegantes toros cebú, le persiguen desde
siempre.
La Ilíada es un poema
que cuenta los 51 días del asedio a
Troya; La Odisea se debe a su protagonista
Odiseo, "el que se irrita contra alguien''.
Ulises significa inteligente.
En una madrugada de 1987, un
grueso número de combatientes del extinto
Frente Farabundo Martí para la
Liberación Nacional (FMLN)
irrumpió en la hacienda "La Odisea'',
matando a 80 cabezas de ganado, valoradas en
¢7,000 cada una. El único vigilante
de la hacienda no pudo hacer nada, más
que avisarle a su patrón, quien no se
encontraba en el lugar.
La foto del suceso, publicada
en los principales periódicos,
recorrió el país. "Me mataron a mi
mejor toro semental... todo esto era un
baño de sangre y vacas tiesas'', recuerda
Ulises, al mostrar el lugar donde ocurrió
la matanza.
Llegó a
Usulután, huyendo de los atentados contra
sus siembras en Chilanguera. Pero la
Ilíada le persiguió hasta
allí. Varios sujetos volvieron a meterse
en su nueva propiedad; buscaron en las
habitaciones, en la cocina y en el resto de la
propiedad, pero no encontraron a Ulises, sino a
su cuñado. Lo secuestraron.
El verdadero sujeto del
plagio se encontraba en el Aeropuerto
Internacional, en búsqueda de su hija. El
pago del secuestro le costó
¢200,000.
Con el tiempo, Ulises
recuperó su ganado y ha llegado a tener
500 cabezas, entre ellas varios toros
cebú. Para Ulises, la ganadería
dejó de ser rentable junto al
algodón, debido a las reformas
agrícolas. Hace ocho años
vendía a cinco colones la libra de ganado
en pie; ahora la vende a cuatro
colones.
El hato de Ulises produce 200
litros de leche diarios. El éxito en el
manejo de su ganado, dice está en no
deber dinero a la banca.
"Clavel'', un frondoso
bóvido costarricense, color café y
de elegante giba adiposa, es el único
toro que deja que su amo se le
acerque...
La aventura del sorgo y la
caña
Cuando la bonanza del
algodón se acabó, Ulises
comenzó a sembrar sorgo (maicillo). Pero
los costos eran altos y, además,
había triangulación del producto
en Centroamérica, en donde circulaba
subsidiado y se vendía en el mercado a
precios bajos.
Esto afectaba a los
productores de maicillo. Entonces, las tierras
de la Odisea se convirtieron en verdes
cañales. El cultivo fue y ha sido la
mejor opción de ingresos, pues en
comparación con el algodón, la
caña no necesita remover suelos y regar
insecticidas; crece con las primeras lluvias y
produce varias zafras.
Entonces, los González
le dan prioridad al cultivo, aunque no
descuidaron la reposición de su
malaventurada ganadería.
Los cañales de la
Odisea son vendidos al ingenio El Angel.
Allí se les paga el 54 por ciento del
azúcar que el producto da al procesarlo.
El 46 por ciento le queda al ingenio en pago por
el procesamiento de la caña.
Por tonelada de caña,
la Odisea ha llegado a producir 200 libras de
azúcar. Aproximadamente, cada tonelada es
vendida a 150 colones. Esa es la entrada bruta,
sin quitar el pago del roce, transporte, la
administración, la cuota de los
créditos.
Cuando los precios
internacionales del azúcar caen, como
sucede actualmente, las entradas
disminuyen.
"No
hay empleados malos, sino malos
jefes''
Producir con bajos costos y
convertirse en un buen jefe ha sido la clave del
éxito de la Odisea. Ulises educó a
su hijo Fernando en la grupa de su caballo; a
los 11 años piloteó la avioneta
del padre y, desde arriba, vio la
extensión de sus terrenos.
Cuando bajó, ya era un
adolescente que no le gustaban las ordenes de
los mayores. Ya graduado de ingeniero
agrónomo, prefirió trabajar fuera
de las propiedades de su padre; entró
como técnico de campo de la
Cigarrería Morazán, cuando en el
país se sembraba tabaco.
Luego, subió a
"blender'', probador y mezclador de cigarros. La
empresa lo envió a Rusia, donde le
ofrecieron un mejor cargo. Fernando
prefirió volver a la Odisea, en
1994.
Desde entonces tomó
las riendas de la hacienda,
administrándolas con la filosofía
de un empresario agrícola.
A sus empleados no les llama
mozos, sino por su propio nombre. "Los conozco a
cada uno; al trabajador se le debe manejar con
respeto, no abusar de ellos y se les paga el
salario que la ley dice'', explica Fernando,
quien viste de botas, sombrero y pistola, igual
que su padre.
Para producir a bajo costo,
recomienda delegar responsabilidades entre los
empleados capaces y verificar que las mismas se
cumplan sin desperdicios de los recursos.
El defecto es confiarse, dice
Ulises, eso es malcriar a los empleados.
Así se pierde la eficiencia; luego los
mismos campesinos de la propiedad se roban los
insecticidas o plaguicidas y los venden a otras
fincas.
No es necesario trabajar con
bastante personal para mejorar la
producción. Debe contarse con el
número adecuado y contratar el resto, en
forma itinerante, cada vez que las cosechas lo
ameriten.
Tampoco hay que comprar
maquinaria, es mejor alquilarla y buscar a
alguien que haga la labor agrícola a buen
precio. Al mismo tiempo, hay que verificar que
se haga bien.
Un empresario agrícola
no debe meterse a comprar máquinas, para
luego perder tiempo y dinero en el mantenimiento
y reparación de las mismas, recomienda
Fernando.
Además, los
créditos con la banca deben respetarse.
"Hay quienes prestan para sembrar, pero terminan
comprando un carro, y a la hora de pagar, no
tienen con qué, porque no hay cosecha'',
comentó Fernando.
"No hay empleados malos, sino
malos jefes'', es el refrán de Fernando,
un hombre de casi dos metros y más de 30
años.
Ahora, Ulises
González, a sus 68 años de edad,
sabe en qué manos ha depositado la
administración de las 650 manzanas de la
Odisea, pero no ha dejado de madrugar y "volarle
ojo'' a sus propiedades...