Un vistazo al
ayer
Hoy como ayer, pese a las
inundaciones, terremotos y hasta erupciones
volcánicas, la ciudad no deja de celebrar
a Jesús, el Salvador del
Mundo.
El Diario de
Hoy
Las
explosiones de los cohetes de vara y la
inquietud de las personas le anuncian a San
Salvador que algo pasa en sus calles y avenidas.
Es el fin de julio y el inicio del mes
siguiente. La gritería de los chiquillos
y las niñas se confunde con los rumores
de admiración de las personas mayores. Ha
llegado otra vez el Correo, compuesto por
carrozas de diseños diversos y presidido
por el alto esperpento del Chichimeco.
Lo popular y lo
aristocrático se dan cita en este desfile
de color y sabor a carnaval capitalino.
Señoritas de familias tradicionales del
centro se unen a las de los barrios
periféricos para hacer desfilar sus
encantos ante los ojos de una ciudad
ávida de belleza y arte. Decenas de
bellos pétalos humanos se destacan por
sobre cientos de flores procedentes del
Boquerón y de la zona de
Zapotitán.
Los comerciantes capitalinos
-desde las ferreterías de mayor prestigio
hasta las locatarias del Mercado Central- han
contribuido desde meses atrás con las
caras elaboraciones de las carrozas, algunas
llevadas a cabo por artistas de renombre, como
Carlos Alberto Imery, quien había
realizado sus estudios de pintura y escultura en
Europa y se desempeñaba como director de
la Escuela Nacional de Artes
Gráficas.
Aquellos carros de madera y
metal son tirados por bueyes o por
automóviles por sobre el polvo
histórico y el asfalto de la ciudad. El
Campo de Marte y la Avenida Independencia son
los lugares favoritos para desarrollar estos
corsos o concursos de flores, estas marchas de
alegría que año con año
anuncian -aunque cada vez con menor encanto- las
festividades religiosas y ciudadanas en honor
del "Colocho", el Salvador del Mundo.