Luz de faro
abandonado
La luz del faro se abre
espacio entre la brisa coagulada que va en su
paso nocturno y caliente, como una
procesión de neblina humeante en
combustión infinita, sobre el piso salado
de ángulos filosos que asoman sus cabezas
espumosas en el agua.
Enrique
Contreras
La
bahía está desolada y reposa. El
faro desenvaina sus cuchillos mensajeros para
lanzarlos como metales encendidos, hasta donde
esté yo.
La luz no hace sentir su
incandescencia, porque no tiene el deber de
guiar hacia las orillas a naves que desconoce.
Es una luz extraña,
dorada, pero sin calor, que viaja, penetra y se
confunde con la arcilla congelada que llora la
penumbra, con quien guarda el color afín
de las mantas sucias. Penumbra, aliento
nocturno, el combustible del cual beben los
perdidos que se embriagan entre los
arbustos.
El faro manda sus luzasos
intermitentes. Hace girar sus aspas difusas para
que mi indiferencia las escuche como un par de
manecillas que cuentan mis últimos
segundos de libertad condicionada. Por eso, el
faro surca y se mantiene encendido.
Debe dirigirme a tierra
firme, pero más tarde, más tarde.
Aunque estoy muy lejos de su
círculo lumínico, oigo su llamado.
El faro me pide que naufrague y que deje de
buscar aposento. Me incita a que siga las
estelas traslúcidas que traza, para
llevarme por los aires hacia la bahía; me
incita a que, estando allá, frente a su
pie redondo, abra su única puerta ,
ajada, como piel senil. Para que, estando
adentro, me cuelgue como un gancho de ropa sin
ropa, en sus entrañas de cal, entre su
espacio ahumado, y me adhiera su manía
mareadora de girar por girar.
Su clave cegadora es perversa
y cala aun en la distancia de la huida.
¿Cómo es posible que yo, un ebrio
que se atraganta, empinándose
pensamientos, entienda el lenguaje de un
cíclope de cabeza de metal y cuerpo de
cemento? Será posible que también
comparta yo el color afín que nutre a la
penumbra errante, esa que se endiosa en el alma
de los viciosos cuando el sol se traslada de
hemisferio. El mismo tono, color de mis escapes,
en donde la luz de faro se sostiene para
llamarme al abandono de mis fuerzas. Debe ser
que compartimos la misma alfombra que nos
evapora a ambos, mientras la bruma va a paso
lento sobre el vino azul donde la luna posa su
palidez ósea, como un espejismo que nada
sobre las lomas de la marea.
Estoy llamado a detener el
frenesí de mis resacas, tentado a
convertirme en un velo dorado y frío que
atraviesa la alfombra estrellada de la noche con
un par de puñales helicoidales como ojos;
a expulsar de mi recinto a los trapos viejos que
hacen levitar resentimientos; a vender mi alma a
la soledad y, desde su torre, quemarte las
pestañas. Zoom Out.