Lunes 2 de agosto


Luz de faro abandonado

La luz del faro se abre espacio entre la brisa coagulada que va en su paso nocturno y caliente, como una procesión de neblina humeante en combustión infinita, sobre el piso salado de ángulos filosos que asoman sus cabezas espumosas en el agua.

Enrique Contreras

La bahía está desolada y reposa. El faro desenvaina sus cuchillos mensajeros para lanzarlos como metales encendidos, hasta donde esté yo.

La luz no hace sentir su incandescencia, porque no tiene el deber de guiar hacia las orillas a naves que desconoce.

Es una luz extraña, dorada, pero sin calor, que viaja, penetra y se confunde con la arcilla congelada que llora la penumbra, con quien guarda el color afín de las mantas sucias. Penumbra, aliento nocturno, el combustible del cual beben los perdidos que se embriagan entre los arbustos.

El faro manda sus luzasos intermitentes. Hace girar sus aspas difusas para que mi indiferencia las escuche como un par de manecillas que cuentan mis últimos segundos de libertad condicionada. Por eso, el faro surca y se mantiene encendido.

Debe dirigirme a tierra firme, pero más tarde, más tarde.

Aunque estoy muy lejos de su círculo lumínico, oigo su llamado. El faro me pide que naufrague y que deje de buscar aposento. Me incita a que siga las estelas traslúcidas que traza, para llevarme por los aires hacia la bahía; me incita a que, estando allá, frente a su pie redondo, abra su única puerta , ajada, como piel senil. Para que, estando adentro, me cuelgue como un gancho de ropa sin ropa, en sus entrañas de cal, entre su espacio ahumado, y me adhiera su manía mareadora de girar por girar.

Su clave cegadora es perversa y cala aun en la distancia de la huida. ¿Cómo es posible que yo, un ebrio que se atraganta, empinándose pensamientos, entienda el lenguaje de un cíclope de cabeza de metal y cuerpo de cemento? Será posible que también comparta yo el color afín que nutre a la penumbra errante, esa que se endiosa en el alma de los viciosos cuando el sol se traslada de hemisferio. El mismo tono, color de mis escapes, en donde la luz de faro se sostiene para llamarme al abandono de mis fuerzas. Debe ser que compartimos la misma alfombra que nos evapora a ambos, mientras la bruma va a paso lento sobre el vino azul donde la luna posa su palidez ósea, como un espejismo que nada sobre las lomas de la marea.

Estoy llamado a detener el frenesí de mis resacas, tentado a convertirme en un velo dorado y frío que atraviesa la alfombra estrellada de la noche con un par de puñales helicoidales como ojos; a expulsar de mi recinto a los trapos viejos que hacen levitar resentimientos; a vender mi alma a la soledad y, desde su torre, quemarte las pestañas. Zoom Out.

 


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Espectáculos] [Departamentales] [Chat] [Foros]
[Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[RUZ'99] [Portada]