El Parque Venustiano
Carranza en San Salvador
Acajutla-San Salvador.
Enero de 1917. La misión enviada por
Venustiano Carranza a El Salvador llegó a
Acajutla el 22 del primer mes de 1917, en el
barco de guerra de la Armada mexicana
"Jesús Carranza".
Pedro
González Olvera
Colaborador
El Diario de Hoy
Era
encabezada por el teniente coronel Alberto
Salinas Carranza, a quien se le otorgó el
título de Enviado Extraordinario en
Misión Especial del Gobierno de
México cerca del Señor Presidente
de la República de El Salvador, y se
integraba por tres oficiales aviadores, un par
de mecánicos, y dos
telegrafistas.
Por supuesto, en el mismo
barco se transportaban las partes del
avión y de la estación
inalámbrica, pues luego serían
armados en El Salvador, como en efecto
sucedió. La misión fue regiamente
atendida por los funcionarios del Gobierno
salvadoreño, realizándose incluso
dos entrevistas con el Presidente
Meléndez, además de la ceremonia
oficial de entrega de cartas
credenciales.
Los diarios de la
época consignan que el 9 de febrero el
teniente J. Guillermo Villasana, jefe de la
Sección Técnica de la Escuela de
Aviación mexicana dictó una
conferencia con el tema "La aviación
aplicada a la guerra moderna", ante oficiales
del ejército salvadoreño,
profesores y cadetes de la Escuela
Politécnica, institución a la que
por cierto, sería entregado el
avión biplano traído de
México.
Días más tarde,
el avión, piloteado por el capitán
Felipe Carranza, hacía sus primeras
prácticas en el valle de la Hacienda de
Colima "subiendo en los diversos vuelos, de 50 a
1500 pies, haciendo diversas y peligrosas
evoluciones en los aires". El 23 de febrero el
aeroplano se entregaba oficialmente a los
directivos de la Escuela Politécnica,
finalizando el acto con un banquete en honor de
la delegación mexicana.
Por otra parte, los trabajos
para instalar la estación
inalámbrica empezaron el 5 de febrero y
se concluyeron aproximadamente seis meses
después, ya que antes debió
construirse el local que iba a servirle de sede
permanente, así como vencer varias
dificultades de carácter
técnico.
Vale decir que los
telegrafistas mexicanos encargados de estas
labores tuvieron innumerables muestras de
amistad durante su estancia en El Salvador,
entre ellas la entrega de medallas
conmemorativas por parte del gremio telegrafista
salvadoreño.
Las primeras pruebas de
comunicación exitosas de la nueva
estación se realizaron con la instalada
en Chapultepec y con otras de Guatemala, por lo
que se acordó hacer la entrega oficial el
15 de Septiembre, día de la Independencia
Nacional de El Salvador y fecha en la que se
lleva a cabo la ceremonia de "El Grito" en
México.
Cumplida su misión, la
delegación mexicana de aviadores y
técnicos regresó al país,
donde de inmediato rindieron un informe
pormenorizado de sus actividades dirigido al
Presidente Carranza.
V
San Salvador. Jueves 4 de
Junio de 1917. Los habitantes de la capital
conmemoraban la fiesta del Corpus Christi. Todos
los templos católicos se habían
engalanado para mejor celebrar tan importante
fecha. "Las iglesias rivalizaban entre sí
en la elaboración de espléndidos
altares, donde se exponía el
Santísimo en magníficas
custodias". Había sido "un día de
regalos, de estrenos de ropa, de galanteo sano y
sencillo de solemnidad y regalos". A las 7 de la
noche, los salvadoreño se
disponían a cenar, cuando un ligero
movimiento de la tierra se transformó en
un poderoso temblor. La gente, asustada,
salió corriendo a la calle. De repente,
tal como vino, el movimiento telúrico se
fue, aparentemente sin mayores consecuencias,
aunque dado el todavía incipiente
desarrollo de las vías de
comunicación, los sansalvadoreños
no podían saber que Armenia, Sacacoyo,
San Julián, Tepecoyo y Ateos, no eran ya
sino un montón de escombros que sepultaba
a muchos de sus habitantes y en los que
deambulaban los escasos sobrevivientes, presos
todavía del desconcierto aterrador
provocado por la furia de la
naturaleza.
En San Salvador, poco a poco
parecía restablecerse la calma. En los
corredores, las familias comentaban el gran
susto pasado. Sin embargo, un nuevo temblor,
esta vez ya de dimensiones descomunales,
empezó a derrumbar edificios y casas, a
provocar muertos y heridos, soterrados por
toneladas de adobe, tejas, madera. La gente
lloraba a gritos, rogaba a Dios que clamara a la
tierra. Pero esta parecía empeñada
en sacudirse violentamente, quién sabe
bajo que desconocidos designios.
Por si esto no fuera
suficiente, el cielo de San Salvador se vio
iluminado por lo que parecía una gran luz
de bengala. Nadie acertaba a explicarse lo que
sucedía. Mientras esto pasaba, un
desagradable olor a azufre llegaba al olfato de
los sobrevivientes y un río de una
sustancia colorida, que no era otra cosa que
lava, bajaba por la ladera del Quezaltepec. De
pronto, se cayó en cuenta de lo sucedido:
el volcán, vigía de San Salvador,
había reventado sin avisos previos,
trayendo consigo una fina lluvia de arena e
incendios por doquier y todavía
más desolación.
La noche pareció
interminable con todos sus lamentos y ayes de
dolor. El amanecer, por supuesto, no fue grato.
La pesadilla parecía no tener fin.
Había que atender a los heridos, sepultar
a ls muertos, conseguir medicamentos, comida,
refugio y más tarde, sólo
más tarde, buscar las formas para
reconstruir lo que en su ira el volcán
acababa de derrumbar.
VI
México. Junio de 1917.
La noticia de la catástrofe pronto
llegó a otros países y por
supuesto a México. Fresco todavía
en la memoria el apoyo salvadoreño para
el gobierno de Venustiano Carranza, éste,
habiendo entregado la estación
telegráfica inalámbrica y el
avión biplano al Gobierno del Presidente
Carlos Meléndez, sin pensarlo demasiado
se dispuso otra vez a corresponder a la amistad
de los salvadoreños sometidos a tan
terrible desgracia.
Para tal efecto, logró
que el Congreso mexicano -aquel histórico
Congreso que había redactado y jurado la
Constitución del 5 de febrero de 1917-,
aprobara un decreto mediante el cual autorizaba
al Ejecutivo de la Unión para que de la
cantidad que tenía para "atenciones del
Gobierno" durante los meses de mayo y junio de
ese año, se remitiera a El Salvador la
suma de treinta mil pesos oro nacional
(equivalentes a 15 mil dólares de ese
entonces), "como un auxilio para las
víctimas de la reciente catástrofe
ocurrida en la expresada República
hermana".
De inmediato, se giraron
también instrucciones para que el agente
financiero de México en Nueva York
enviara los 15 mil dólares al Gobierno de
El Salvador. En respuesta, el Ministro Residente
de este país en México, don
Gustavo Barón, entregó una nota
diplomática al Ministerio de Relaciones
Exteriores mexicano, para agradecer el apoyo y
manifestarle su reconocimiento al Presidente
Carranza y al Gobierno todo, por las muestras de
"fraternal cariño" recibidas con motivo
del terremoto del 7 de Junio.
Adicionalmente a esta medida
de carácter oficial, se organizaron otras
actividades populares de apoyo a El Salvador. En
la ciudad de Veracruz, tuvo lugar una
representación teatral patrocinada por
los periódicos locales Los Sucesos, La
Opinión y El Dictamen, que produjo como
beneficio la cantidad de quinientos quince pesos
veinticinco centavos mexicanos, mismos que
fueron también entregados al Ministro
Residente de El Salvador.
Por su parte, la Escuela
Nacional de Aviación organizó un
festival de vuelos a beneficio de El Salvador en
el que participaron los pilotos aviadores
Horacio Ruiz, Benjamín Vanegas y Felipe
Carranza, quién como se recordará
había formado parte de la
delegación que meses atrás
entregó el avión biplano al
Gobierno salvadoreño. Los organizadores
del festival hicieron imprimir un folleto con
información sobre los aeroplanos que
participarían en el festival y las
maniobras que llevarían a cabo, ilustrado
además con fotografías de los
Presidentes Carranza y Meléndez y de los
pilotos aviadores participantes. El folleto se
vendió, cada uno, en la cantidad de
cincuenta centavos plata y la recaudación
total fue enviada al pueblo
salvadoreño.