Lunes 2 de agosto


La Nota del Día
 

Amenaza la censura a Panamá

Las leyes, incluyendo penas y sanciones, no se pueden escribir sobre la marcha. Todo orden legal fija de antemano las llamadas "reglas del juego", yendo a extremos para suprimir la discrecionalidad en la tipificación de un delito

Mientras en El Salvador se celebraba una vez más el "Día del Periodista", el Gobierno de Panamá presentaba un proyecto de ley al Congreso, que pondría en manos de oficiales de policía castigar administrativamente a periodistas por lo que escriban o difundan y que a juicio del funcionario, constituya falta o delito. El presidente saliente Balladares busca, con ello, despojar a los periodistas y a los medios de las mínimas protecciones que la ley otorga al ciudadano, cual es ser juzgado por tribunales en apego a leyes escritas, contar con un defensor y disponer de los recursos y salvaguardas a favor de cualquier acusado.

Balladares, por lo que se rumorea, tiene motivos de sobra para querer coartar y amenazar a periodistas y periódicos. En Panamá, la voz pública le atribuye un enriquecimiento extraordinario durante estos años en el poder, sin que se descubra una causa lícita para ello. Los cuestionamientos derivados de esa realidad, así como las críticas hacia sus actos y procederes, han llevado al presidente a querer taparlo todo. Y la mejor forma de lograrlo, piensa, es poner a los periodistas a merced de lo que un jefe policial interprete y decida.

El precedente que se sentaría, de ser aprobado el proyecto de Balladares, sería enorme. Disposiciones similares se pueden decretar en los más diversos campos, desde políticos y financieros hasta lo que tenga que ver con lo que una persona hace. Si la expresión, que pertenece a la esfera del intelecto, queda a merced de lo que un policía disponga, no cuesta imaginar los extremos en que se caería en lo comercial, empresarial, profesional y ciudadano. Panamá pasaría de estar bajo un régimen de leyes, a uno de arbitrariedad cruda, como el que existió durante la dictadura de Noriega, y antes, con Torrijos.

La pretensión de Balladares fue condenada de inmediato por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), lo que llevó al presidente panameño a acusarla de velar por el interés de los "dueños", no de los periodistas. Sin embargo, las organizaciones de periodistas raras veces se pronuncian al ser violado el derecho a la libre expresión. Balladares pretende invalidar los argumentos que la entidad haga, como si su razón o sinrazón estuviera condicionada a la clase social de quien lo diga.

No se hace la ley al capricho de policías

Balladares quiere colocar el ejercicio del periodismo bajo la autoridad policial. Las consecuencias serían las siguientes:

Primero, que los periodistas estarían forzados a consultar notas, comentarios, artículos, gráficas, crónicas y todo el contenido de un diario o programa, para no exponerse a sufrir una multa o pena administrativa. O, a la inversa, publican y difunden para encontrar luego que eso les acarrea sanciones no previstas. Lo uno equivale a la censura previa &emdash;el "nihil obstat" de los viejos reinos e inquisiciones europeas&emdash;, mientras lo otro, a la persecución partiendo del capricho. En ambos casos, una medida así chocaría de frente con los derechos del individuo y la legalidad de las grandes democracias.

Segundo, que a través de los cuerpos policiales, dependientes del Ejecutivo, el gobierno y la presidencia impondrían una mordaza sobre los medios y la opinión pública de Panamá. Toda crítica, investigación desfavorable, planteamiento opositor, caricatura y hasta notas sin mayor importancia, quedaría sujeta a supresión con base en apreciaciones, sentimientos, recelos y antipatías. Tal cosa hundiría a Panamá en una asfixia moral, cívica e institucional.

Las leyes, incluyendo penas y sanciones, no se pueden escribir sobre la marcha. Todo orden legal fija de antemano las llamadas "reglas del juego", yendo a extremos para suprimir la discrecionalidad en la tipificación de un delito. Asimismo, reconoce la igualdad de los ciudadanos ante la ley, por lo que no se puede dejar a los periodistas a merced de decisiones administrativas, mientras al resto de la gente le procura la protección de los tribunales y de leyes escritas.

Fue la censura lo que abrió el camino a las dictaduras de Torrijos y de Noriega, cómplices del narcotráfico y del lavado de dinero.


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