Lunes 16 de agosto


Educando en la fe

"La riqueza de la liturgia"

Teresa Guevara de López

Recientemente leí un comentario en el que se afirmaba que una de las causas por las que muchos católicos "cambiaban de religión" se debía a la frialdad de la liturgia católica. Y si el centro y la raíz del culto y de la liturgia es el Santo Sacrificio de la misa, tal vez es importante descubrir si los padres tenemos una idea correcta acerca de esta riqueza de la Iglesia, y si somos capaces de transmitirla a nuestros hijos. Que la misa no es una ceremonia más ni un recuerdo ni una conmemoración. Es la renovación del sacrificio de la Cruz, en el tiempo, en forma incruenta.

Desde las primeras civilizaciones, los pueblos tuvieron siempre una necesidad de comunicarse con un ser superior, al que acudían en busca de ayuda, consuelo, consejo, agradecimiento. En el Génesis, se nos presentan las figuras de Caín y Abel, que sobre un ara de piedra, ofrecen a Dios animales o frutos de la tierra, que son inmolados o consumidos mediante el fuego.

Homero, en La Ilíada, al relatarnos magistralmente la cólera de Aquiles, su retiro de la contienda contra los troyanos y, finalmente, su reincorporación a la épica lucha, adolorido y con el ánimo de vengar la muerte de su entrañable amigo Patroclo, nos explica que con el objeto de obtener la protección de los dioses y lograr que le fueran propicios en su combate contra Héctor, decide hacer un sacrificio para impetrar el favor de lo alto. La descripción es minuciosa. Construye un altar monumental de piedra. Selecciona las víctimas, que serán caballos, toros, perros y hasta algunos prisioneros troyanos, recordando que en cuanto más importante es la petición, más seleccionadas deben ser las víctimas que han de sacrificarse. Actuando él como sacerdote oferente, practica las libaciones, rocía el ara con vino y, posteriormente, prende fuego, para que éste purifique y consuma totalmente las víctimas.

Otro ejemplo, del mismo Homero, es cuando nos presenta a Agamenón, quien ha sido elegido para liderar los poderosos ejércitos griegos, quiere hace un sacrificio, pero los dioses le exigen, como víctima perfecta, a su propia hija, la princesa Ifigenia. Suceso que nos lleva a recordar la exigencia de Yahvé a su siervo Abraham, quien para obedecer no vacila en preparar un altar, en el que la víctima va a ser su único hijo Isaac, quien sube al monte cargando la leña, y sobre quien su padre levanta la mano para sacrificarlo. Víctimas perfectas, para un sacrificio perfecto.

La historia está llena de ejemplos similares, en que concurren los mismos elementos: un altar, un sacerdote, el ofrecimiento a Dios, una víctima que va a ser inmolada. La redención de la humanidad se llevó a cabo con la muerte de Jesucristo en la Cruz. El Hijo de Dios se ofrece al Padre como víctima, para lograr el perdón del hombre, que se había rebelado contra Dios. La cruz es el altar, y Cristo es, al mismo tiempo, sacerdote y víctima perfecta: "Pura, santa e inmaculada".

Es posible que, por ignorancia (el pecado más grande del hombre del siglo XX) o por ligereza, los católicos asistamos a misa como a un acto protocolario, casi con rutina, sin analizar lo que ante nuestros ojos ocurre: la renovación del sacrificio de la Cruz. Hay un altar, y las especies sacramentales, de pan y vino, que mediante las palabras de la Consagración, se convierten, gracias al milagro de la transubstanciación, en el mismo Jesucristo, verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Esta es la víctima, que al mismo tiempo es el sumo y eterno sacerdote. El clérigo oficiante presta únicamente sus manos y su voz, para que Cristo se ofrezca a sí mismo al Padre.

Hay en la misa una etapa inicial, en la que mediante la lectura de la Palabra de Dios, contenida en el Antiguo y Nuevo Testamento, se prepara a los files para el solemne momento que se aproxima. Sigue un ofertorio, en que el celebrante pide al Padre se digne aceptar los frutos de la tierra. En que los fieles debemos poner todas nuestras intenciones, para que, junto con Cristo, sean presentadas al Padre. Y, posteriormente, la consagración, en que ocurre el milagro ya mencionado, y que permitirá que la víctima, Cristo, sea inmolada incruentamente, para que posteriormente lo podamos recibir en la Sagrada Comunión.

Los fines de la misa son de adoración, acción de gracias, perdón y petición. Si dedicamos un poco de tiempo a reflexionar, a profundizar y a explicar a nuestros hijos pequeños este tesoro de la Iglesia, mantenido durante siglos y enriquecido con palabras, acciones y gestos que nos acercan más a su verdadero significado, podremos beneficiarnos en nuestra vida espiritual y, al mismo tiempo, ayudar a nuestros hijos a iniciarse en el trato con su Padre, Dios, que es el principio de la vida de fe que, como padres y educadores, estamos en la obligación de desarrollar para responder a Dios de la confianza que Él ha depositado en nosotros.


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