Educando
en la fe
"La riqueza de la
liturgia"
Teresa
Guevara de López
Recientemente leí un
comentario en el que se afirmaba que una de las
causas por las que muchos católicos
"cambiaban de religión" se debía a
la frialdad de la liturgia católica. Y si
el centro y la raíz del culto y de la
liturgia es el Santo Sacrificio de la misa, tal
vez es importante descubrir si los padres
tenemos una idea correcta acerca de esta riqueza
de la Iglesia, y si somos capaces de
transmitirla a nuestros hijos. Que la misa no es
una ceremonia más ni un recuerdo ni una
conmemoración. Es la renovación
del sacrificio de la Cruz, en el tiempo, en
forma incruenta.
Desde las primeras
civilizaciones, los pueblos tuvieron siempre una
necesidad de comunicarse con un ser superior, al
que acudían en busca de ayuda, consuelo,
consejo, agradecimiento. En el Génesis,
se nos presentan las figuras de Caín y
Abel, que sobre un ara de piedra, ofrecen a Dios
animales o frutos de la tierra, que son
inmolados o consumidos mediante el
fuego.
Homero, en La Ilíada,
al relatarnos magistralmente la cólera de
Aquiles, su retiro de la contienda contra los
troyanos y, finalmente, su
reincorporación a la épica lucha,
adolorido y con el ánimo de vengar la
muerte de su entrañable amigo Patroclo,
nos explica que con el objeto de obtener la
protección de los dioses y lograr que le
fueran propicios en su combate contra
Héctor, decide hacer un sacrificio para
impetrar el favor de lo alto. La
descripción es minuciosa. Construye un
altar monumental de piedra. Selecciona las
víctimas, que serán caballos,
toros, perros y hasta algunos prisioneros
troyanos, recordando que en cuanto más
importante es la petición, más
seleccionadas deben ser las víctimas que
han de sacrificarse. Actuando él como
sacerdote oferente, practica las libaciones,
rocía el ara con vino y, posteriormente,
prende fuego, para que éste purifique y
consuma totalmente las
víctimas.
Otro ejemplo, del mismo
Homero, es cuando nos presenta a
Agamenón, quien ha sido elegido para
liderar los poderosos ejércitos griegos,
quiere hace un sacrificio, pero los dioses le
exigen, como víctima perfecta, a su
propia hija, la princesa Ifigenia. Suceso que
nos lleva a recordar la exigencia de
Yahvé a su siervo Abraham, quien para
obedecer no vacila en preparar un altar, en el
que la víctima va a ser su único
hijo Isaac, quien sube al monte cargando la
leña, y sobre quien su padre levanta la
mano para sacrificarlo. Víctimas
perfectas, para un sacrificio
perfecto.
La historia está llena
de ejemplos similares, en que concurren los
mismos elementos: un altar, un sacerdote, el
ofrecimiento a Dios, una víctima que va a
ser inmolada. La redención de la
humanidad se llevó a cabo con la muerte
de Jesucristo en la Cruz. El Hijo de Dios se
ofrece al Padre como víctima, para lograr
el perdón del hombre, que se había
rebelado contra Dios. La cruz es el altar, y
Cristo es, al mismo tiempo, sacerdote y
víctima perfecta: "Pura, santa e
inmaculada".
Es posible que, por
ignorancia (el pecado más grande del
hombre del siglo XX) o por ligereza, los
católicos asistamos a misa como a un acto
protocolario, casi con rutina, sin analizar lo
que ante nuestros ojos ocurre: la
renovación del sacrificio de la Cruz. Hay
un altar, y las especies sacramentales, de pan y
vino, que mediante las palabras de la
Consagración, se convierten, gracias al
milagro de la transubstanciación, en el
mismo Jesucristo, verdadera, real y
sustancialmente presente, con su cuerpo, sangre,
alma y divinidad. Esta es la víctima, que
al mismo tiempo es el sumo y eterno sacerdote.
El clérigo oficiante presta
únicamente sus manos y su voz, para que
Cristo se ofrezca a sí mismo al
Padre.
Hay en la misa una etapa
inicial, en la que mediante la lectura de la
Palabra de Dios, contenida en el Antiguo y Nuevo
Testamento, se prepara a los files para el
solemne momento que se aproxima. Sigue un
ofertorio, en que el celebrante pide al Padre se
digne aceptar los frutos de la tierra. En que
los fieles debemos poner todas nuestras
intenciones, para que, junto con Cristo, sean
presentadas al Padre. Y, posteriormente, la
consagración, en que ocurre el milagro ya
mencionado, y que permitirá que la
víctima, Cristo, sea inmolada
incruentamente, para que posteriormente lo
podamos recibir en la Sagrada
Comunión.
Los fines de la misa son de
adoración, acción de gracias,
perdón y petición. Si dedicamos un
poco de tiempo a reflexionar, a profundizar y a
explicar a nuestros hijos pequeños este
tesoro de la Iglesia, mantenido durante siglos y
enriquecido con palabras, acciones y gestos que
nos acercan más a su verdadero
significado, podremos beneficiarnos en nuestra
vida espiritual y, al mismo tiempo, ayudar a
nuestros hijos a iniciarse en el trato con su
Padre, Dios, que es el principio de la vida de
fe que, como padres y educadores, estamos en la
obligación de desarrollar para responder
a Dios de la confianza que Él ha
depositado en nosotros.