Lunes 16 de agosto


Aclarando amanece

Y, ¿los derechos humanos?

Carlos Sandoval

La página deportiva de El Diario de Hoy publicó, en su edición del 3 de agosto último, una fotografía en la que aparece un joven perseguido por dos beisbolistas cubanos por el delito de haber mostrado a la multitud de Winnipeg un improvisado cartel que decía: "Human Rights First". La bochornosa y degradante escena se pudo completar en el noticiero de CNN, cuando el joven es capturado por la Policía canadiense y conducido a la cárcel. Ese fue todo el papel que jugó el aficionado y, sin embargo, armó un escándalo político. Castro llegó a decir que los juegos panamericanos representaron "el campo de batalla más difícil" que haya pisado una delegación deportiva de la isla y elogió "la proeza" realizada por sus atletas en esa competencia.

Muchos salvadoreños también elogiaron el triunfo de los deportistas cubanos, ya que se colocaron en el segundo lugar del medallero, sólo superados por los Estados Unidos. Por su parte, la izquierda fue más allá al concluir precipitadamente que, puesto que Cuba es una "potencia deportiva", su población se alimenta bien, vive cómodamente y goza de libertad. Es necesario ir a Cuba para darse cuenta de que el pueblo vive en la miseria, las escuelas carecen de material didáctico, los profesores están mal pagados (ganan unos 20 dólares mensuales), los hospitales no tienen, a veces, ni siquiera aspirina y las farmacias están vacías. Y en cuanto a los derechos humanos la cosa es mucho más grave. Un reciente informe de Human Rights Watch dice que la situación de los derechos humanos en Cuba es lamentable al haber dado muestras de retroceso en lugar de mejorar. El incidente de Winnipeg puso al descubierto ese retroceso. Está bien que se apoye al deporte; pero, ¿qué pasa con los derechos humanos?

A simple vista, la actitud del manifestante es repudiable, pues no se debe mezclar el deporte con la política. El deporte es una práctica metódica de ejercicios físicos y la política, un instrumento para llegar al poder. Pero, al reflexionar un poco más sobre el incidente, uno llega a concluir que los cubanos, al darse por aludidos, cayeron en la trampa de la manera más inocente e infantil. Exhibir un cartel ante una multitud a favor de los derechos humanos no es un delito, pues no hay ninguna ley que lo prohíba. Un principio jurídico que dice que nadie está obligado a privarse de lo que la ley no prohíbe.

Tampoco se trató de una agresión, sino de un simple rótulo. Se dirá que fue una provocación -como lo ha sostenido un amigo chileno-, de un anticastrista contra la delegación deportiva cubana. A lo que se puede contestar que por más que haya sido una provocación, es una torpeza y una niñería reaccionar en forma violenta y enfurecida. Tan culpable resulta entonces el provocador como el provocado. Porque, al darse por aludidos, aceptan en el fondo que Fidel Castro viola los derechos humanos en Cuba, que no existen los derechos públicos fundamentales tales como la libertad de sufragio, de expresión y libertad de prensa, de reunión, de cultos, de migración, etcétera. También se pone de manifiesto que ellos -los deportistas cubanos- son conscientes de la triste situación que impera bajo el sistema castrocomunista, y, sin embargo, no hacen ni dicen nada al respecto. Si se respetaran los derechos humanos en Cuba, ¿por qué iban a darse por aludidos? Como dice el refrán: "El que se pica, ajos come".

El cartel que exhibió el aficionado, pues, no se queda en la simple provocación, sino que denuncia una cruel realidad: en Cuba se irrespetan los derechos humanos. El caso de los dos salvadoreños sentenciados a muerte por cometer actos de sabotaje contra la economía, sin haberlos sometido al debido proceso, es una prueba. Además, los jueces no gozan de independencia y los abogados están sometidos a presiones políticas. Esto hace que la sentencia a muerte de nuestros dos compatriotas se vuelva verdaderamente preocupante. También es una prueba irrefutable el hecho de que, cuarenta años después de la revolución cubana, Castro mantenga el control del país gracias a la intimidación -los fusilamientos son ejemplarizantes-, las leyes represivas y el encarcelamiento de disidentes por la expresión pacífica de sus ideas.

Como se recordará, a principios del presente año un Tribunal de La Habana condenó a penas de hasta cinco años de cárcel al llamado Grupo de los Cuatro por el delito de disentir del Gobierno. La Fiscalía los acusó de "sedición" bajo el argumento de que los "cuatro" trataron de boicotear las elecciones de 1997, al incitar a la población a que se abstuviese o votase nulo como forma de protestar contra el régimen castrista. Se les acusó de fomentar la subversión del orden socialista con el documento "La Patria es de todos", elaborado en 1997, en el que se cuestionaba al partido comunista y el modelo unipartidista que impera en Cuba desde 1959. Tras el juicio, la Fiscalía emitió un comunicado en el que consideró probada la "vinculación existente entre las actividades realizadas por los acusados y las modalidades de agresión a Cuba adoptados por la política de los Estados Unidos".

Otro caso más de retroceso es la aprobación, por parte del Parlamento, de la Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba. Esto constituye un duro revés para la disidencia, los periodistas independientes y las organizaciones de derechos humanos que existen en la isla. Con base en esa ley, cualquier disidente se vuelve culpable de traición a la patria y es encarcelado.

Es plausible que el régimen castrista apoye el deporte en todas sus manifestaciones, aunque sea con fines de propaganda, pero, lamentablemente, no sucede lo mismo con los derechos humanos. ¿Valdrá más una medalla de oro que los derechos humanos?


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