Aclarando
amanece
Y, ¿los derechos
humanos?
Carlos
Sandoval
La página deportiva de
El Diario de Hoy publicó, en su
edición del 3 de agosto último,
una fotografía en la que aparece un joven
perseguido por dos beisbolistas cubanos por el
delito de haber mostrado a la multitud de
Winnipeg un improvisado cartel que decía:
"Human Rights First". La bochornosa y degradante
escena se pudo completar en el noticiero de CNN,
cuando el joven es capturado por la
Policía canadiense y conducido a la
cárcel. Ese fue todo el papel que
jugó el aficionado y, sin embargo,
armó un escándalo político.
Castro llegó a decir que los juegos
panamericanos representaron "el campo de batalla
más difícil" que haya pisado una
delegación deportiva de la isla y
elogió "la proeza" realizada por sus
atletas en esa competencia.
Muchos salvadoreños
también elogiaron el triunfo de los
deportistas cubanos, ya que se colocaron en el
segundo lugar del medallero, sólo
superados por los Estados Unidos. Por su parte,
la izquierda fue más allá al
concluir precipitadamente que, puesto que Cuba
es una "potencia deportiva", su población
se alimenta bien, vive cómodamente y goza
de libertad. Es necesario ir a Cuba para darse
cuenta de que el pueblo vive en la miseria, las
escuelas carecen de material didáctico,
los profesores están mal pagados (ganan
unos 20 dólares mensuales), los
hospitales no tienen, a veces, ni siquiera
aspirina y las farmacias están
vacías. Y en cuanto a los derechos
humanos la cosa es mucho más grave. Un
reciente informe de Human Rights Watch dice que
la situación de los derechos humanos en
Cuba es lamentable al haber dado muestras de
retroceso en lugar de mejorar. El incidente de
Winnipeg puso al descubierto ese retroceso.
Está bien que se apoye al deporte; pero,
¿qué pasa con los derechos
humanos?
A simple vista, la actitud
del manifestante es repudiable, pues no se debe
mezclar el deporte con la política. El
deporte es una práctica metódica
de ejercicios físicos y la
política, un instrumento para llegar al
poder. Pero, al reflexionar un poco más
sobre el incidente, uno llega a concluir que los
cubanos, al darse por aludidos, cayeron en la
trampa de la manera más inocente e
infantil. Exhibir un cartel ante una multitud a
favor de los derechos humanos no es un delito,
pues no hay ninguna ley que lo prohíba.
Un principio jurídico que dice que nadie
está obligado a privarse de lo que la ley
no prohíbe.
Tampoco se trató de
una agresión, sino de un simple
rótulo. Se dirá que fue una
provocación -como lo ha sostenido un
amigo chileno-, de un anticastrista contra la
delegación deportiva cubana. A lo que se
puede contestar que por más que haya sido
una provocación, es una torpeza y una
niñería reaccionar en forma
violenta y enfurecida. Tan culpable resulta
entonces el provocador como el provocado.
Porque, al darse por aludidos, aceptan en el
fondo que Fidel Castro viola los derechos
humanos en Cuba, que no existen los derechos
públicos fundamentales tales como la
libertad de sufragio, de expresión y
libertad de prensa, de reunión, de
cultos, de migración, etcétera.
También se pone de manifiesto que ellos
-los deportistas cubanos- son conscientes de la
triste situación que impera bajo el
sistema castrocomunista, y, sin embargo, no
hacen ni dicen nada al respecto. Si se
respetaran los derechos humanos en Cuba,
¿por qué iban a darse por aludidos?
Como dice el refrán: "El que se pica,
ajos come".
El cartel que exhibió
el aficionado, pues, no se queda en la simple
provocación, sino que denuncia una cruel
realidad: en Cuba se irrespetan los derechos
humanos. El caso de los dos salvadoreños
sentenciados a muerte por cometer actos de
sabotaje contra la economía, sin haberlos
sometido al debido proceso, es una prueba.
Además, los jueces no gozan de
independencia y los abogados están
sometidos a presiones políticas. Esto
hace que la sentencia a muerte de nuestros dos
compatriotas se vuelva verdaderamente
preocupante. También es una prueba
irrefutable el hecho de que, cuarenta
años después de la
revolución cubana, Castro mantenga el
control del país gracias a la
intimidación -los fusilamientos son
ejemplarizantes-, las leyes represivas y el
encarcelamiento de disidentes por la
expresión pacífica de sus
ideas.
Como se recordará, a
principios del presente año un Tribunal
de La Habana condenó a penas de hasta
cinco años de cárcel al llamado
Grupo de los Cuatro por el delito de disentir
del Gobierno. La Fiscalía los
acusó de "sedición" bajo el
argumento de que los "cuatro" trataron de
boicotear las elecciones de 1997, al incitar a
la población a que se abstuviese o votase
nulo como forma de protestar contra el
régimen castrista. Se les acusó de
fomentar la subversión del orden
socialista con el documento "La Patria es de
todos", elaborado en 1997, en el que se
cuestionaba al partido comunista y el modelo
unipartidista que impera en Cuba desde 1959.
Tras el juicio, la Fiscalía emitió
un comunicado en el que consideró probada
la "vinculación existente entre las
actividades realizadas por los acusados y las
modalidades de agresión a Cuba adoptados
por la política de los Estados
Unidos".
Otro caso más de
retroceso es la aprobación, por parte del
Parlamento, de la Ley de Protección de la
Independencia Nacional y la Economía de
Cuba. Esto constituye un duro revés para
la disidencia, los periodistas independientes y
las organizaciones de derechos humanos que
existen en la isla. Con base en esa ley,
cualquier disidente se vuelve culpable de
traición a la patria y es
encarcelado.
Es plausible que el
régimen castrista apoye el deporte en
todas sus manifestaciones, aunque sea con fines
de propaganda, pero, lamentablemente, no sucede
lo mismo con los derechos humanos.
¿Valdrá más una medalla de
oro que los derechos humanos?