José
Benjamín, un "curilero" de sólo
ocho años
La historia de José
Benjamín no es única. Es la
muestra de lo que para decenas de niños
-quizá centenares- es el diario vivir
entre el lodo y la pobreza. Imagine a su hijo en
este lugar y comprenderá el
dolor
Ruth
Reyes
El Diario de
Hoy
Desde
los cinco años, José
Benjamín M. trabaja como "curilero". Hoy
tiene ocho. Fue su padrastro quien le
enseñó a sacar conchas del lodo
entre las raíces de los manglares,
especialmente cuando la marea es más
alta... y peligrosa.
El "curileo" se hace a toda
hora, pero especialmente en la noche.
Benjamín debe salir de su casa a las 10
de la noche. Con suerte, regresa a las 8 de la
mañana.
Si la noche da buenos
resultados, llevará un canasto lleno de
curiles, por el que le pagarán 15 colones
o un poco más. Paga obtener mayor
ganancia, prefiere caminar hasta los mercados y
venderlos al detalle.
Es un niño para el que
el sufrimiento, cansancio, suciedad y
enfermedades, han sustituido los juguetes e
ilusiones.
Tiene que drogarse tomando
bebidas de cola con pastillas estimulantes para
espantar el sueño, y fumar puros de
tabaco para alejar los insectos.
Luego, permanece de pie o
acurrucado en el lodo, inclinado, mientras sus
manos hurgan entre las raíces hasta
encontrar un curil. Su habilidad le permite
tomarlos sin que éste atrape sus dedos
entre sus conchas. Si ocurre, será
especialmente doloroso.
Mal pero
acostumbrado
"Yo me siento mal, hombre",
dice José Benjamín, quien ahora
tiene 8 años, "porque este trabajo es
bien pesado y casi no ganamos, pero la necesidad
me obliga . Mi mamá se volvió a
acompañar con otro hombre, y él no
alcanza a mantenernos. Casi todo lo que gano se
lo doy a mi mamá, a veces cuarenta
colones diarios, cuando está bueno, pero
yo sólo me quedo con cinco
colones".