Los niños de
los curiles
Ver niños
trabajadores en El Salvador no es cosas rara.
Pero saber que hay una población en la
que gran parte de los infantes hurgan entre el
lodo cada día, debe preocupar a las
autoridades
Ruth
Reyes
El Diario de
Hoy
Muchos
niños de San Dionisio "juegan" de noche.
Sus juguetes son el lodo: los mosquitos y los
curiles.
Muchos infantes menores de 12
años colaboran en el sostenimiento de sus
familias, en la zona sur de Usulután, en
la bella y miserable Bahía de Jiquilisco.
San Dionisio está a
pocos metros del mar, que es el sustento de casi
todos los 10 mil habitantes de esa zona de la
bahía.
Algunos niños trabajan
en la obtención de curiles o conchas. Eso
los obliga a desertar de la escuela y endrogarse
para no dormir y ser insensibles a las picadas
de los insectos.
Desde los cinco años,
los niños son enviados a hurgar entre las
raíces de mangle, sitio en que se
encuentran los curiles.
Pero es un oficio que rinde
mayores resultados de noche. los
crustáceos que buscan son muy preciados
en los bares, restaurantes y moteles del litoral
(sin fundamento se le atribuyen poderes
afrodisíacos).
Muertos antes de
vivir
"Mamá, ya me voy a
curilear, ojalá que saque algo para
comprarle los frijoles", es la despedida de los
niños. Poco a poco se pierden en la
noche. Van en canoas de remos, con la esperanza
de "lograr algo" para vender.
Lleva toda una madrugada
colectar un canasto de curiles. Hay que
permanecer entre serpientes, tábanos y
mosquitos de todo tamaño. Por las conchas
recolectadas, el comprador pagará una
miseria.
"La salud de los niños
de esa zona cada día va empeorando",
asegura el delegado de la Procuraduría
para la Defensa de los Derechos Humanos,
René Turcios. Según él, el
95 por ciento de los niños de San
Dionisio abandonaron la escuela para "curilear",
un oficio que depende de las mareas.
Una
luz de ayuda
Hace más de un
año, representantes de la embajada de
Francia recorrieron el lugar y diseñaron
un proyecto de desarrollo comunal para
niños curileros. Este consistía en
la construcción de una granja
avícola que sacaría a los
niños del oficio que
practican.
La embajada francesa
donó cien mil colones para beneficiar
así a unas 15 familias, cuyo
número habría crecido con el
tiempo. La construcción de la granja
comenzó hace un par de meses, en la calle
que conduce al puerto San Dionisio, a 8
kilómetros al sur de la ciudad de
Usulután. Continuó hasta que el
dinero se agotó.
Francia dio el primer paso
para acabar con la vergüenza social de los
niños curileros. Corresponde a los
salvadoreños terminarlo a través
del Concejo Municipal de San Dionisio. Sin
embargo, no será fácil conseguir
ese dinero, en uno de los municipios más
pobres.
Pero el alcalde de San
Dionisio, Juan Ramón Gómez,
trabaja para que su concejo apruebe el
desembolso de 40 mil colones que el proyecto
necesita. El Consejo Departamental de Alcaldes
también apoya el proyecto.
Este proyecto va más
allá de la creación de fuentes de
trabajo digno para familias pobres. Es un
esfuerzo para sacar niños de un trabajo
que mata, degrada y obliga a la
drogadicción.