Jueves 27 de abril


Palabras
Lo que queda del hombre
Carlos Balaguer

¿Qué queda del hombre al final de la vida, sino sólo su voz, su huella, su perdida ilusión?

Sólo lo intangible llega a ser nuestro. Sólo ese nos llevamos al morir. Las pertenencias inmateriales, el oro interior.

El oro de las bodegas y de los bancos mundiales quedan, aquí, precisamente, en la tierra sola de la libertad.

Entonces el hombre, al comprender que no poseía ni el tiempo de su ocaso, decidió dejar su huella imperecedera. Esa huella pudo ser huella creativa o huella destructiva.

La catedral de Colonia conserva un impacto sufrido durante un bombardeo a la ciudad durante la Gran Guerra, como símbolo del irrespeto del hombre. Pero también quedan las huellas de luz: las catedrales, los museos, las obras de arte, los libros de oro, los compendios de la ciencia y del derecho; las armoniosas esculturas de los maestros de la antigüedad. Buscando esa huella, cuando cruzó la noche medieval en Europa la humanidad creó la imprenta, medio inicial y perdurable de la huella del pensamiento humano.

Era necesario dejar la huella en la piedra (Petrograbados de hace miles de años); en los pergaminos de la fe (los libros sagrados, de una civilización, inspirados por Dios); las pirámides como producto de la geometría divina, explicando el oculto teorema de la vida y sus misterios.

Así debemos poseer lo perdurable y saltar el tapial de la vulnerable materia. Vulnerable materia de las milenarias esfinges; vulnerable materia de los pueblos, de la grandeza terrenal y humana. Sólo queda vivo lo bello y amado.


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