- Palabras
- Lo que queda del
hombre
- Carlos
Balaguer
¿Qué queda del hombre al final de
la vida, sino sólo su voz, su huella, su
perdida ilusión?
Sólo lo intangible llega a ser
nuestro. Sólo ese nos llevamos al morir.
Las pertenencias inmateriales, el oro
interior.
El oro de las bodegas y de los bancos
mundiales quedan, aquí, precisamente, en
la tierra sola de la libertad.
Entonces el hombre, al comprender que no
poseía ni el tiempo de su ocaso,
decidió dejar su huella imperecedera. Esa
huella pudo ser huella creativa o huella
destructiva.
La catedral de Colonia conserva un impacto
sufrido durante un bombardeo a la ciudad durante
la Gran Guerra, como símbolo del
irrespeto del hombre. Pero también quedan
las huellas de luz: las catedrales, los museos,
las obras de arte, los libros de oro, los
compendios de la ciencia y del derecho; las
armoniosas esculturas de los maestros de la
antigüedad. Buscando esa huella, cuando
cruzó la noche medieval en Europa la
humanidad creó la imprenta, medio inicial
y perdurable de la huella del pensamiento
humano.
Era necesario dejar la huella en la piedra
(Petrograbados de hace miles de años); en
los pergaminos de la fe (los libros sagrados, de
una civilización, inspirados por Dios);
las pirámides como producto de la
geometría divina, explicando el oculto
teorema de la vida y sus misterios.
Así debemos poseer lo perdurable y
saltar el tapial de la vulnerable materia.
Vulnerable materia de las milenarias esfinges;
vulnerable materia de los pueblos, de la
grandeza terrenal y humana. Sólo queda
vivo lo bello y amado.