- Descorriendo
el velo
- El triunfo del
individuo
- Marvin
Galeas
- E-mail: marvingal@usa.net
Mi
primer desencanto con la utopía
socialista ocurrió a mediados de la
década de los ochentas. Me había
enrolado en la guerrilla impulsado por una
mezcla de aventura juvenil y de, por supuesto,
"construir" una sociedad justa. Una sociedad sin
atropellos de un Estado abusivo y armado hasta
los dientes. Sin marginados y, como decía
en sus arranques de delirio y lirismo
Tomás Borge, una sociedad con ríos
de leche y miel.
Nadie se metió en la guerrilla con el
expreso propósito de derribar puentes y
matar vacas. El sueño, al menos el
mío, era la libertad y la justicia. El
paraíso en la tierra, pues. Soy testigo
de actos de heroísmo sin límites y
de una entrega total, hasta el sacrificio de la
propia vida, en la búsqueda de esa
utopía.
Lo que teníamos enfrente no era
precisamente una democracia. Era una
sucesión de gobiernos militares
autoritarios y abusivos, apoyados por
empresarios mercantilistas, cuyas empresas
ganaban más por el compadrazgo con los
gendarmes que pululaban por los pasillos del
poder, que por la eficiencia.
Pero la guerrilla, que alguien ha comparado,
no sin cierta razón, con los primeros
cristianos, no era una solución como al
menos yo pensaba. Era sólo un
síntoma de una sociedad sumamente
enferma. Pero lo más grave era que el
remedio que se estaba proponiendo para curar la
enfermedad del autoritarismo, era peor que la
enfermedad misma. La historia ha demostrado que
el socialismo y cualesquiera de sus variantes
colectivistas atentan directamente contra la
esencia de la naturaleza humana.
Paralelo a las estructuras militares
funcionaba lo que se daba en llamar las
estructuras partidarias. La base de éstas
eran los famosos "colectivos". El partido
venía a ser como una especie de "estado"
en ciernes y sus representantes eran los
"responsables" de los "colectivos". Los
responsables estaban pendientes de la vida y
obra de sus subalternos, incluso hasta de su
manera de pensar.
En cierta ocasión uno de mis
responsables me prohibió escribirle a una
compañera que me gustaba un mundo, porque
consideró que eso me afectaba
negativamente en mi trabajo en la radio. En otra
ocasión me prohibieron escuchar la radio
Femenina. Lo más absurdo es que me
obligaron a romper una novela que estaba
escribiendo porque el bruto que estaba al mando
consideró que el tema de la novela
ensalzaba los valores burgueses. (La novela era
la historia de amor de una pareja).
Me imaginé a esos sujetos en el poder
de Estado y no me fue difícil imaginar a
una sociedad más parecida a un
rebaño donde un grupo de iluminados (la
famosa vanguardia) determina qué es lo
que más le conviene a cada individuo. Es
decir, la peor de las sociedades.
Posteriormente, el espantoso proceso que
culminó con el fusilamiento del general
Arnaldo Ochoa en Cuba y la vergonzosa
piñata sandinista marcaron mi absoluta y
total ruptura con la izquierda.
Von Hayek tenía razón, el
fascismo no es una reacción al
socialismo, es una consecuencia de éste.
Son dos caras de la misma moneda. Nada
más parecido a Hitler que Fidel Castro.
El fracaso y la tragedia de los experimentos
socialistas, tanto en lo que se llamó
Unión Soviética, como en la
Alemania fascista o en la Cuba de Castro, es ese
intento de anular al individuo para convertirlo
en "masa" o "pueblo" manipulado por el
todopoderoso Estado.
El método del que se vale el Estado en
las sociedades colectivistas para hacer
añicos la libertad, es la
planificación económica. Al tener
el control de la economía, en mayor o en
menor grado, el Estado termina convirtiendo a
las sociedades en gigantescas cárceles
donde los burócratas, generalmente
vestidos de verde olivo, terminan dictando a las
personas, no sólo lo que van a comer,
sino también cómo se van a vestir,
el periódico que van a leer y hasta
qué es lo que se debe pensar.
Afortunadamente los noventas marcaron el
triunfo del individuo por sobre las doctrinas
colectivistas. El triunfo del individualismo es,
a su vez, el triunfo de la libertad. Pero se nos
ha hecho creer, como dice Von Hayek en su obra
"Camino de Servidumbre", que el individualismo
es una mala palabra, sinónimo de
egoísmo y maldad. Nada más alejado
de eso.
El individuo y sus fines organizados, y no el
estado, son el verdadero motor de la
economía y son la fuente de la
prosperidad. Hoy en día, sin embargo, la
izquierda, en algunos casos como estrategia y en
otros por absoluta ignorancia, ha satanizado
palabras como liberal o neoliberal. Pero,
¿qué cosa es en verdad el
liberalismo o el neo liberalismo? De eso me
ocuparé el próximo jueves.