Jueves 27 de abril


Descorriendo el velo
El triunfo del individuo
Marvin Galeas
E-mail: marvingal@usa.net

Mi primer desencanto con la utopía socialista ocurrió a mediados de la década de los ochentas. Me había enrolado en la guerrilla impulsado por una mezcla de aventura juvenil y de, por supuesto, "construir" una sociedad justa. Una sociedad sin atropellos de un Estado abusivo y armado hasta los dientes. Sin marginados y, como decía en sus arranques de delirio y lirismo Tomás Borge, una sociedad con ríos de leche y miel.

Nadie se metió en la guerrilla con el expreso propósito de derribar puentes y matar vacas. El sueño, al menos el mío, era la libertad y la justicia. El paraíso en la tierra, pues. Soy testigo de actos de heroísmo sin límites y de una entrega total, hasta el sacrificio de la propia vida, en la búsqueda de esa utopía.

Lo que teníamos enfrente no era precisamente una democracia. Era una sucesión de gobiernos militares autoritarios y abusivos, apoyados por empresarios mercantilistas, cuyas empresas ganaban más por el compadrazgo con los gendarmes que pululaban por los pasillos del poder, que por la eficiencia.

Pero la guerrilla, que alguien ha comparado, no sin cierta razón, con los primeros cristianos, no era una solución como al menos yo pensaba. Era sólo un síntoma de una sociedad sumamente enferma. Pero lo más grave era que el remedio que se estaba proponiendo para curar la enfermedad del autoritarismo, era peor que la enfermedad misma. La historia ha demostrado que el socialismo y cualesquiera de sus variantes colectivistas atentan directamente contra la esencia de la naturaleza humana.

Paralelo a las estructuras militares funcionaba lo que se daba en llamar las estructuras partidarias. La base de éstas eran los famosos "colectivos". El partido venía a ser como una especie de "estado" en ciernes y sus representantes eran los "responsables" de los "colectivos". Los responsables estaban pendientes de la vida y obra de sus subalternos, incluso hasta de su manera de pensar.

En cierta ocasión uno de mis responsables me prohibió escribirle a una compañera que me gustaba un mundo, porque consideró que eso me afectaba negativamente en mi trabajo en la radio. En otra ocasión me prohibieron escuchar la radio Femenina. Lo más absurdo es que me obligaron a romper una novela que estaba escribiendo porque el bruto que estaba al mando consideró que el tema de la novela ensalzaba los valores burgueses. (La novela era la historia de amor de una pareja).

Me imaginé a esos sujetos en el poder de Estado y no me fue difícil imaginar a una sociedad más parecida a un rebaño donde un grupo de iluminados (la famosa vanguardia) determina qué es lo que más le conviene a cada individuo. Es decir, la peor de las sociedades. Posteriormente, el espantoso proceso que culminó con el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa en Cuba y la vergonzosa piñata sandinista marcaron mi absoluta y total ruptura con la izquierda.

Von Hayek tenía razón, el fascismo no es una reacción al socialismo, es una consecuencia de éste. Son dos caras de la misma moneda. Nada más parecido a Hitler que Fidel Castro. El fracaso y la tragedia de los experimentos socialistas, tanto en lo que se llamó Unión Soviética, como en la Alemania fascista o en la Cuba de Castro, es ese intento de anular al individuo para convertirlo en "masa" o "pueblo" manipulado por el todopoderoso Estado.

El método del que se vale el Estado en las sociedades colectivistas para hacer añicos la libertad, es la planificación económica. Al tener el control de la economía, en mayor o en menor grado, el Estado termina convirtiendo a las sociedades en gigantescas cárceles donde los burócratas, generalmente vestidos de verde olivo, terminan dictando a las personas, no sólo lo que van a comer, sino también cómo se van a vestir, el periódico que van a leer y hasta qué es lo que se debe pensar.

Afortunadamente los noventas marcaron el triunfo del individuo por sobre las doctrinas colectivistas. El triunfo del individualismo es, a su vez, el triunfo de la libertad. Pero se nos ha hecho creer, como dice Von Hayek en su obra "Camino de Servidumbre", que el individualismo es una mala palabra, sinónimo de egoísmo y maldad. Nada más alejado de eso.

El individuo y sus fines organizados, y no el estado, son el verdadero motor de la economía y son la fuente de la prosperidad. Hoy en día, sin embargo, la izquierda, en algunos casos como estrategia y en otros por absoluta ignorancia, ha satanizado palabras como liberal o neoliberal. Pero, ¿qué cosa es en verdad el liberalismo o el neo liberalismo? De eso me ocuparé el próximo jueves.


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