Jueves 27 de abril


La Nota del Día
 

4/2/00

Primero "camarada", luego enemigo

"En 1936, el terror reinaba en la Unión Soviética. Anna Akhmatova escribió: "He visto rostros demacrados, descubierto el horror bajo párpados caídos, mejillas marcadas por el dolor". André Gide escribió después de su visita a la Unión Soviética, en 1936: "En mi opinión, ningún país, hoy en día, ni siquiera en la Alemania de Hitler, es el espíritu más oprimido, más tímido, más servil que en la Unión Soviética". O como lo dijo el brigadier S. P. Kolosov, cuyo destino final se desconoce, "estoy con miedo de abrir la boca. Lo que uno diga, si no se dice lo debido, lo convierte en enemigo del pueblo. La cobardía es la norma".

"Stalin había ganado la lucha por el poder y estaba propinando golpes mortales a la oposición organizando el terror incontrolado en todos los niveles de la sociedad. Las purgas efectuadas dentro del Partido, en el Ejército, entre los miembros de la comunidad científica, artística y cultural, llegó a conocerse como el Gran Terror. La expresión no tiene sentido: el terror no puede catalogarse como pequeño o grande, sino absoluto. Una vez que se apodera de una sociedad, se extiende y adquiere una vida propia..."

Gudrun Persson

En sus inicios, los movimientos contestatarios, sean estos luchas sindicales o actividades subversivas, se apoyan en la camaradería y la participación voluntaria de quienes los integran. Pero pasada esa inicial etapa, la naturaleza verticalista se comienza a imponer, desembocando en el control, el hostigamiento del adversario o disidente, las purgas y, en los regímenes totalitarios, las ejecuciones. Cerca de cuarenta millones de personas perecieron en Rusia durante el terror. La hermandad del grupo alrededor de Castro, los sediciosos originales del Gramma, terminó en la eliminación física de algunos, el encarcelamiento de muchos y la marginación de otros, como el caso del "Che" Guevara, enviado a su muerte en Bolivia.

Nadie quiere volver a los excesos del pasado

Los que caen en círculos de violentos harán bien en poner sus barbas en remojo. En un hecho insólito, los médicos del Seguro Social se han subordinado a una dirigencia sindical de trabajadores y "obreros", que carece de su altura profesional, intelectual y social. Las negociaciones son llevadas principalmente por una pacotilla de energúmenos, que dictan los pasos a tomar, definen las acciones, montan el escenario de violencia y proceden a desafiar a las autoridades y la sociedad entera.

Como señala un editorial de La Nación de Costa Rica, es perfectamente válido, en una democracia, tener opiniones, pelear por objetivos, corear consignas y sostener carteles.

Pero algo muy distinto, dice el editorial, es violar el derecho a la libre circulación, bloquear calles, impedir a compañeros de trabajo el ingreso a sus lugares de empleo, paralizar o sabotear servicios públicos. Menos todavía es dejar en desamparo a enfermos graves que necesitan cuidados especiales, o no atender parturientas. El derecho de unos, en este caso el de sindicalistas que buscan reivindicaciones de una clase u otra, termina donde comienza el derecho de otros, cual es el caso de los enfermos que acuden a hospitales y clínicas. Y nada justifica pasar por encima de la moral y la decencia.

No hay salvadoreño conciente, que quiera volver a los excesos del pasado, cuando enloquecidos y exaltados tomaban fábricas, quemaban buses y bloqueaban la circulación en general. Sólo un insensato ignora las consecuencias que eso tendría en los niveles de empleo y bienestar del país.


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