Calles con los
minutos contados
Los cinco kilómetros de calle antes
de llegar a Talnique, en La Libertad, son una
verdadera prueba para los nervios. El terremoto
del 13 de enero los dejó bajo varios
metros de tierra, que fueron despejados dos
días después. Sin embargo, los
cerros están heridos.
- Sandra
Moreno
- El Diario
de Hoy
De
la herida sale tierra, pedazos de árboles
y más de alguna roca. Hace mucho tiempo,
la calle se construyó en medio de los
cerros cultivados de café; ahí,
por años, la vegetación y los
precipicios no asustaron al viajante. Hoy la
amenaza es demasiado real.
El camino es una suave colcha de polvo, que
al pisarla se "come" los pies. Los conductores
manejan con cuidado por los tramos dejados
libres por las máquinas después
del terremoto, aunque los promontorios de
tierra-raíces, a la orilla que da al
precipicio, "avisan" del peligro.
Al otro lado, paredones gigantesco,
desgajados de vegetación por el
terremoto, muestran bloques de tierra y
árboles tendidos sobre ellos, que
sólo esperan un leve temblor para
desplomarse sobre la calle. Y si logran soportar
el verano, el invierno será implacable.
El tramos quedará clausurado, porque el
agua correrá libre y el lodo se
impondrá.
La historia se repetirá en los tramos
de calle que de Talnique llevan a los cantones y
caseríos. En la zona conocida como La
Flecha, con el terremoto, la mitad de la calle
se hundió. Esta fue cubierta con tierra,
y el que no sabe puede tomar "por su propio
riesgo" ese tramo y sufrir un accidente
fatal.
Y en el sector de Los Castillos pedazos de
casas, de enseres de cocina, se desplomaron
desde sus riscos hacia la calle y, en la orilla
opuesta, postes del tendido eléctrico
"acostados" y, cuando uno menos lo espera, el
gigantesco Beneficio 2 de Marzo, caído al
igual que las casas de adobe o de
construcción mixta.
Del beneficio salen dos camiones con sacos de
café; los trabajadores se afanan en
recuperar de las entrañas del edificio
derrumbado el grano, sin mirar las grietas que
crucifican el terreno ni el gigantesco derrumbe
en la montaña de enfrente.
"La montaña está herida", dice
un campesino.
Las 55 familias que vivían en Los
Castillos se han trasladado a la finca San
José Ceilán, y fue hasta el
miércoles pasado que recibieron la
primera ayuda, canalizada por la Red Ignaciana
de los jesuitas y la Iglesia Católica de
la solidaridad. Eran paquetes que
contenían frijol, arroz, azúcar,
aceite y sardinas para dos días. La
gubernamental, que vendría de la mano con
la Alcaldía arenera de Talnique,
todavía no se hacía presente, a 26
días del terremoto.
Durante el día, los campesinos
están en la finca de café
trabajando y luego se trasladan a sus
improvisadas "viviendas", hechas con carpetas
donadas por Catholic Relief Services.
"Ellos
no han sido censados por la Alcaldía de
Talnique", afirma el sacerdote Miguel
Vásquez, quien recorre los
caseríos y cantones del municipio de
Talnique para coordinar la llegada de la ayuda a
estos damnificados, que por hoy no están
en las cifras oficiales.
De entre los escombros de una casa que se
niega a caer en el precipicio sale Eugenia
Rodríguez y salta a la calle para llamar
la atención del cura.
-Mire, queremos jabón y leche. Yo
tengo dos niños chiquitos -grita la
mujer.
-Estamos pidiendo ayuda; vaya a la finca y
apúntese -responde el religioso.
Ella no está sola en el sitio.
"Aquí nos quedamos, halamos las cosas
hacia la calle. Los cuartos se derrumbaron;
primero Dios pronto dejará de temblar;
hay que conformarse", comenta María
Angela Alfaro, de 46 años...
-¿Por qué no se
mueven?&emdash;preguntamos al religiosos
más tarde.
-Viven a la orilla de la finca; no son
colonos. Ellas no tienen un lugar donde ir
-contesta.
Y mientras el "pick up" esquiva más
troncos, deja una nube de polvo que no termina
de ocultar un rótulo hecho
artesanalmente: Cantón Santa Lucía
necesita ayuda. En la finca Ceilán".