- Descorriendo
el velo
- Al panzón ni
que lo fajen
- Jorge
Sánchez*
Lo diré claro y directo: Mauricio
Funes no es el autor de todos los editoriales
que, noche a noche, lee ante los
salvadoreños. Tiene detrás suyo a
uno, o varios, conspicuos "colaboradores", que
escriben por él. A él le
corresponde revelarle al país el
número y las identidades de esos
"contribuyentes" intelectuales. Así
podremos saber a qué institución
pertenecen y a qué partido están
afiliados.
No tengo ninguna duda de que Mauricio Funes
tiene una, o varias, "manos peludas", que
escriben por él. Lo expreso así,
directo, sin rodeos ni ambages, porque lo puedo
probar. Y lo hago con el mismo estilo de frases
cortas que utiliza al menos uno de los
"contribuyentes" de Funes. Es importante que lo
sepamos todos porque él lo ha ocultado.
Al fin y al cabo, somos nosotros los estafados
cada noche. Quien se presenta ante la
televisión y lee creaciones intelectuales
que no son propias, sino hechas por otros, no es
más que un embaucador de quien se debe
desconfiar.
Ningún periodista responsable, nadie
que se crea formador de opinión
pública, debe, ni puede, asistir a las
fiestas con traje ajeno. Apropiarse de la
palabra de otro y presentarla como suya, aunque
sea con su voluntad, siempre será un
fraude si no se dice la verdad.
Tomé la decisión de tercear en
la polémica entre el Ing. Enrique
Altamirano y Mauricio Funes para satisfacer
inquietudes académicas. También
&emdash;por qué no decirlo&emdash;
llevado por los instintos. Primero leí el
editorial que el Ing. Altamirano
escribió, después de que Funes le
dijo al mundo, poco después de ocurrir el
terremoto del 13 de enero, que aquí se
roban la ayuda internacional. Luego
escuché los dos editoriales que Mauricio
Funes leyó en la televisión, con
la ayuda de un "teleprompter". Al oírlo,
me inquieté. Las pausas, el tono, las
inflexiones de la voz y hasta las palabras
empleadas por el periodista de Canal 12, son
diferentes entre un editorial y otro.
Ante eso, pedí ayuda. Como sé
que en El Salvador existen
compañías que monitorean los
programas de radio y televisión,
solicité las transcripciones de los
editoriales que Funes leyó el 19 y 22 de
enero pasados. Alguien tituló ambos
editoriales "El burro hablando de orejas" y
"Habilidad de prestidigitador o confianza en la
denuncia ciudadana". No me atrevo a escribir que
los editoriales los tituló Funes. Lo que
sí puedo garantizar es que él no
es autor del segundo de ellos.
Para empezar, Mauricio Funes es devoto del
lenguaje oral. Su fortaleza no es el lenguaje
escrito. Cuando un periodista tiene como su
principal herramienta el lenguaje oral, usa, al
hablar, construcciones muy largas, subordina
frases y las pausas entre esas construcciones
están muy distanciadas entre unas y
otras. No soy periodista, pero me he asesorado
sobre este tema. Eso les sucede a muchos
periodistas que se dedican a trabajar en la
radio. Si los pone a escribir, lo hacen como si
estuviesen narrando un hecho con la ayuda de un
micrófono. Las frases son largas. Los
párrafos también. Subordinan
oraciones y, generalmente, esto último
los lleva a colocar varias ideas en un solo
párrafo.
Esa es una primera caracterización que
delata a Mauricio Funes. Es fácil
detectarla en él, sobre todo cuando se
aprende a seguirle las huellas a las creaciones
literarias, como se enseña en las buenas
universidades.
Pero, hay algo mucho más grave que esa
primera aproximación que se comprueba al
comparar los estilos de los dos editoriales. En
el primero de ellos ("El burro hablando de
orejas"), el estilo está amarrado al
lenguaje oral. Es más conversacional.
Esto último es un rasgo típico de
Mauricio Funes. Los párrafos son
más extensos. Casi no usa frases
introductorias. Tiende a juntarle adjetivos a
los sustantivos ( por ejemplo: "siniestro
propósito"). Estas últimas son
construcciones connotativas que trata de
convertirlas en una especie de dardo
solapado.
También ese primer editorial
sólo tiene una frase explicativa
("periodista de oficio y editorialista",
refiriéndose al Ing. Altamirano), aunque
muestra varias perífrasis verbales
(ejemplo: "que pudiera estar siendo desviada"),
propias del lenguaje oral plasmado en
algún escrito. Además de eso, el
editorial contiene muchos ejemplos del uso de la
conjunción "y" para unir vocablos como
"honestos y democráticos".
En el segundo editorial ("Habilidad del
prestidigitador o confianza en la denuncia
ciudadana"), no sólo cambia el
tamaño del título. También
es radicalmente diferente el estilo de quien lo
escribió, es más directo.
Está construido con frases cortas. Los
párrafos son también más
cortos. El segundo autor &emdash;que no es
Mauricio Funes&emdash; usa más frases
introductorias (por ejemplo, "como quiera que
sea, nuestro canal...."). También emplea,
aunque menos, las construcciones connotativas
que nacen de la suma de adjetivos y sustantivos.
Aunque, en esta segunda creación, el
lenguaje es, por decirlo así, más
culto ("tozudez intelectual"). El uso de
adverbios terminados en mente es
muchísimo mayor que en el primer
editorial, donde casi no existen.
Todavía hay más: el primer
editorial muestra varios refranes. En el segundo
están ausentes. El autor se
inclinó por frases hechas que buscan un
efecto particular ("mantenía en vilo",
por ejemplo). Y, si analizamos el tono, el del
primero es imperativo (trata de dar
cátedra, por ser un lenguaje mucho
más conversacional). Esto último
desaparece en el segundo. En conclusión,
los lenguajes, los tonos, los estilos, las
estructuras y muchos otros rasgos son diferentes
entre un editorial y otro. No tengo la menor
duda: los autores son, igualmente,
diferentes.
Ese hecho demostrado, y demostrable, ante
cualquier público, es grave: como en las
antiguas tragedias griegas, el director de un
medio de comunicación utiliza una
máscara ante su público. Se
atribuye pensamientos y afirmaciones que no son
suyas. De hecho, puede estar de acuerdo con ese
pensamiento y la forma cómo se expresa,
pero no es el autor intelectual. Mauricio Funes
simplemente lee lo que otros escriben por
él. Quizá no lo hace todos los
días pero si el análisis se
extiende a todos los editoriales que se producen
en Canal 12, durante un mes, cualquiera que sepa
de lenguaje encontrará abundantes pruebas
de lo que planteo.
Pero, hay algo todavía más
grave. El conflicto ético que eso revela
es monumental. No es incorrecto que un diario, o
cualquier medio, posea un equipo de
editorialistas que escriben,
periódicamente, sobre el tema en que se
especializan y con la forma adecuada al estilo
personal. Pero, cuando eso se hace, el editorial
es, o anónimo, o el público sabe
quiénes son los miembros de ese cuerpo
editorial. El problema de Mauricio es que los
salvadoreños creen que los editoriales
que cada noche lee, nacen de su pluma y
pensamiento, y eso no es cierto. Lo importante
es saber cuánto de aquello es su
pensamiento o cuándo actúa,
simplemente, como locutor de lo que otros crean.
Lo sano, lo honrado, es, entonces, que Mauricio
Funes le diga al país, cada vez que asoma
su cara en el televisor, quién es el
autor del escrito que lee en el "teleprompter".
Que le diga la verdad a El Salvador. Una vez
conocida la verdad, su público no
estará más sujeto al
engaño, la posición del medio
será más cristalina y aquello
pasará de ser un editorial personal,
pronunciado por su director, a una
posición institucional de Canal 12. Lo
sano, lo correcto, es que los
salvadoreños sepamos quiénes son
esos personajes ocultos, a qué partido
pertenecen, qué tendencia profesan, a
qué institución representan. El
problema es que, como decimos los
salvadoreños, al panzón ni que lo
fajen.
*Filólogo salvadoreño
residente en Inglaterra,
quien permaneció por breve tiempo
en el país.