Viernes 9 de febrero 2001


Descorriendo el velo
Al panzón ni que lo fajen
Jorge Sánchez*

Lo diré claro y directo: Mauricio Funes no es el autor de todos los editoriales que, noche a noche, lee ante los salvadoreños. Tiene detrás suyo a uno, o varios, conspicuos "colaboradores", que escriben por él. A él le corresponde revelarle al país el número y las identidades de esos "contribuyentes" intelectuales. Así podremos saber a qué institución pertenecen y a qué partido están afiliados.

No tengo ninguna duda de que Mauricio Funes tiene una, o varias, "manos peludas", que escriben por él. Lo expreso así, directo, sin rodeos ni ambages, porque lo puedo probar. Y lo hago con el mismo estilo de frases cortas que utiliza al menos uno de los "contribuyentes" de Funes. Es importante que lo sepamos todos porque él lo ha ocultado. Al fin y al cabo, somos nosotros los estafados cada noche. Quien se presenta ante la televisión y lee creaciones intelectuales que no son propias, sino hechas por otros, no es más que un embaucador de quien se debe desconfiar.

Ningún periodista responsable, nadie que se crea formador de opinión pública, debe, ni puede, asistir a las fiestas con traje ajeno. Apropiarse de la palabra de otro y presentarla como suya, aunque sea con su voluntad, siempre será un fraude si no se dice la verdad.

Tomé la decisión de tercear en la polémica entre el Ing. Enrique Altamirano y Mauricio Funes para satisfacer inquietudes académicas. También &emdash;por qué no decirlo&emdash; llevado por los instintos. Primero leí el editorial que el Ing. Altamirano escribió, después de que Funes le dijo al mundo, poco después de ocurrir el terremoto del 13 de enero, que aquí se roban la ayuda internacional. Luego escuché los dos editoriales que Mauricio Funes leyó en la televisión, con la ayuda de un "teleprompter". Al oírlo, me inquieté. Las pausas, el tono, las inflexiones de la voz y hasta las palabras empleadas por el periodista de Canal 12, son diferentes entre un editorial y otro.

Ante eso, pedí ayuda. Como sé que en El Salvador existen compañías que monitorean los programas de radio y televisión, solicité las transcripciones de los editoriales que Funes leyó el 19 y 22 de enero pasados. Alguien tituló ambos editoriales "El burro hablando de orejas" y "Habilidad de prestidigitador o confianza en la denuncia ciudadana". No me atrevo a escribir que los editoriales los tituló Funes. Lo que sí puedo garantizar es que él no es autor del segundo de ellos.

Para empezar, Mauricio Funes es devoto del lenguaje oral. Su fortaleza no es el lenguaje escrito. Cuando un periodista tiene como su principal herramienta el lenguaje oral, usa, al hablar, construcciones muy largas, subordina frases y las pausas entre esas construcciones están muy distanciadas entre unas y otras. No soy periodista, pero me he asesorado sobre este tema. Eso les sucede a muchos periodistas que se dedican a trabajar en la radio. Si los pone a escribir, lo hacen como si estuviesen narrando un hecho con la ayuda de un micrófono. Las frases son largas. Los párrafos también. Subordinan oraciones y, generalmente, esto último los lleva a colocar varias ideas en un solo párrafo.

Esa es una primera caracterización que delata a Mauricio Funes. Es fácil detectarla en él, sobre todo cuando se aprende a seguirle las huellas a las creaciones literarias, como se enseña en las buenas universidades.

Pero, hay algo mucho más grave que esa primera aproximación que se comprueba al comparar los estilos de los dos editoriales. En el primero de ellos ("El burro hablando de orejas"), el estilo está amarrado al lenguaje oral. Es más conversacional. Esto último es un rasgo típico de Mauricio Funes. Los párrafos son más extensos. Casi no usa frases introductorias. Tiende a juntarle adjetivos a los sustantivos ( por ejemplo: "siniestro propósito"). Estas últimas son construcciones connotativas que trata de convertirlas en una especie de dardo solapado.

También ese primer editorial sólo tiene una frase explicativa ("periodista de oficio y editorialista", refiriéndose al Ing. Altamirano), aunque muestra varias perífrasis verbales (ejemplo: "que pudiera estar siendo desviada"), propias del lenguaje oral plasmado en algún escrito. Además de eso, el editorial contiene muchos ejemplos del uso de la conjunción "y" para unir vocablos como "honestos y democráticos".

En el segundo editorial ("Habilidad del prestidigitador o confianza en la denuncia ciudadana"), no sólo cambia el tamaño del título. También es radicalmente diferente el estilo de quien lo escribió, es más directo. Está construido con frases cortas. Los párrafos son también más cortos. El segundo autor &emdash;que no es Mauricio Funes&emdash; usa más frases introductorias (por ejemplo, "como quiera que sea, nuestro canal...."). También emplea, aunque menos, las construcciones connotativas que nacen de la suma de adjetivos y sustantivos. Aunque, en esta segunda creación, el lenguaje es, por decirlo así, más culto ("tozudez intelectual"). El uso de adverbios terminados en mente es muchísimo mayor que en el primer editorial, donde casi no existen.

Todavía hay más: el primer editorial muestra varios refranes. En el segundo están ausentes. El autor se inclinó por frases hechas que buscan un efecto particular ("mantenía en vilo", por ejemplo). Y, si analizamos el tono, el del primero es imperativo (trata de dar cátedra, por ser un lenguaje mucho más conversacional). Esto último desaparece en el segundo. En conclusión, los lenguajes, los tonos, los estilos, las estructuras y muchos otros rasgos son diferentes entre un editorial y otro. No tengo la menor duda: los autores son, igualmente, diferentes.

Ese hecho demostrado, y demostrable, ante cualquier público, es grave: como en las antiguas tragedias griegas, el director de un medio de comunicación utiliza una máscara ante su público. Se atribuye pensamientos y afirmaciones que no son suyas. De hecho, puede estar de acuerdo con ese pensamiento y la forma cómo se expresa, pero no es el autor intelectual. Mauricio Funes simplemente lee lo que otros escriben por él. Quizá no lo hace todos los días pero si el análisis se extiende a todos los editoriales que se producen en Canal 12, durante un mes, cualquiera que sepa de lenguaje encontrará abundantes pruebas de lo que planteo.

Pero, hay algo todavía más grave. El conflicto ético que eso revela es monumental. No es incorrecto que un diario, o cualquier medio, posea un equipo de editorialistas que escriben, periódicamente, sobre el tema en que se especializan y con la forma adecuada al estilo personal. Pero, cuando eso se hace, el editorial es, o anónimo, o el público sabe quiénes son los miembros de ese cuerpo editorial. El problema de Mauricio es que los salvadoreños creen que los editoriales que cada noche lee, nacen de su pluma y pensamiento, y eso no es cierto. Lo importante es saber cuánto de aquello es su pensamiento o cuándo actúa, simplemente, como locutor de lo que otros crean. Lo sano, lo honrado, es, entonces, que Mauricio Funes le diga al país, cada vez que asoma su cara en el televisor, quién es el autor del escrito que lee en el "teleprompter". Que le diga la verdad a El Salvador. Una vez conocida la verdad, su público no estará más sujeto al engaño, la posición del medio será más cristalina y aquello pasará de ser un editorial personal, pronunciado por su director, a una posición institucional de Canal 12. Lo sano, lo correcto, es que los salvadoreños sepamos quiénes son esos personajes ocultos, a qué partido pertenecen, qué tendencia profesan, a qué institución representan. El problema es que, como decimos los salvadoreños, al panzón ni que lo fajen.

*Filólogo salvadoreño residente en Inglaterra,

quien permaneció por breve tiempo en el país.


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