Viernes 9 de febrero 2001


Palabras
Los viejos árboles humanos
Carlos Balaguer

Igual al anciano peral de Denver, dando frutos después de más de tres centurias, el ser humano da frutos dulces y frescos en la vejez. Después de haber sido abatido, como el árbol, por tantas tormentas, dolores, desilusiones y fracasos.

La vida -dicen algunos- puede comenzar a cualquier edad, después de los cuarenta años (para el hombre) y a veces hasta mucho después. Veamos algunos ejemplos: Henry Ford fundó a los cuarenta años su compañía ensambladora de automóviles, creados e inventados por él; Julia Child tenía 49 años cuando escribió su maravilloso libro sobre cocina francesa y se hizo célebre mundialmente; Moisés liberó al pueblo judío en su vejez y el Quijote, de Cervantes, vivió su más grande sueño también en la vejez.

Mohoma, por su parte, tuvo que esperar 60 años para convertirse en líder de la religión islámica; Keih Kellog tenía 46 años cuando empezó a hacer famoso su conocimiento cereal para el desayuno; Clara Barton fundó la Cruz Roja a los 60 años de edad; en cuanto al célebre astrónomo polaco, demostró a los 70 años su relevante teoría de que no era el sol el que giraba alrededor de la Tierra, sino que ésta junto a los demás planetas del sistema, era la que giraba alrededor del sol.

En fin, nunca una vez, es tarde para empezar, para recomenzar. Para volver a florecer y frutecer a la vida, pavoneándole al viento, al sol, a la florida primavera y al lejano ruiseñor. Si no, pregúntele al anciano peral.


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