Domingo 4 de febrero


Ministerio Espiga
No apaguemos el Espíritu
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

En las primeras comunidades cristianas la experiencia de orar en el Espíritu era lo más común, a tal punto que San Pablo tenía que recomendarles que oraran un poco con la mente, es decir, que hicieran una oración en la que intervinieran todas las facultades humanas tales como la razón, el entendimiento, la lógica, el conocimiento de la Palabra de Dios, las necesidades de la comunidad, etc.

En la realidad actual de nuestras comunidades, sobre todo ahora ante la tragedia del terremoto, la recomendación del apóstol San Pablo, como en su carta a los Tesalonicenses, sería:

"NO APAGUEIS EL ESPIRITU"

Muchas veces nos quedamos solamente rezando, es decir, repitiendo oraciones, salmos, avemarías y muchas otras que han sido inspiración de santos e iluminados, pero no llegamos a expresarnos nosotros. No es malo rezar, pero esto sólo es el comienzo. Es necesario dejarnos conducir por el Espíritu, que, al igual que el viento, "sopla por donde quiere" (Jn. 3, 8), para que nos lleve de la adoración a la alabanza; de la alabanza a la acción de gracias; de la acción de gracias a la petición; de la petición a la intercesión; de la intercesión al cántico inspirado; del cántico inspirado a la contemplación.

Sólo tenemos que dejarnos enseñar por el Espíritu.

La oración es un duro combate, y las dificultades las encontramos no sólo nosotros. Esta ha sido la experiencia de toda la Iglesia y en la mayor parte de veces nos tocará luchar contra nosotros mismos, contra nuestra pereza, aburrimiento, resequedad o falta de fe.

Otras veces nos tocará luchar contra el estrés de la vida moderna. Vivimos corriendo y no encontramos el tiempo para orar.

Y no olvidemos además que nuestra lucha no es sólo contra nosotros y el mundo, sino también contra las fuerzas del mal que tratarán a toda costa de separarnos de Dios.

Lo importante es llenar nuestra mente de pensamientos positivos en lugar de estar luchando por sacar los negativos.

Si en nuestra oración nos dirigimos al Padre, en el Nombre del Hijo, por la fuerza del Espíritu Santo, en comunión con la Virgen María, con los ángeles y toda la Iglesia, ¡no estamos orando solos!

Llenémonos de amor y echemos fuera el temor.

Creamos firmemente en lo que dice San Juan:

"Vosotros, hijitos míos, sois de Dios y los habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo" (1 Jn 4, 4).

Unámonos al grito de victoria que salió del corazón de San Pablo:

"Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?... En todo esto salimos vencedores gracias a a Aquel que nos amó". (Rm 8, 31.37).


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