- Ministerio
Espiga
- No apaguemos el
Espíritu
- Por
Salvador Gómez, Predicador
Católico
En
las primeras comunidades cristianas la
experiencia de orar en el Espíritu era lo
más común, a tal punto que San
Pablo tenía que recomendarles que oraran
un poco con la mente, es decir, que hicieran una
oración en la que intervinieran todas las
facultades humanas tales como la razón,
el entendimiento, la lógica, el
conocimiento de la Palabra de Dios, las
necesidades de la comunidad, etc.
En la realidad actual de nuestras
comunidades, sobre todo ahora ante la tragedia
del terremoto, la recomendación del
apóstol San Pablo, como en su carta a los
Tesalonicenses, sería:
"NO APAGUEIS EL ESPIRITU"
Muchas veces nos quedamos solamente rezando,
es decir, repitiendo oraciones, salmos,
avemarías y muchas otras que han sido
inspiración de santos e iluminados, pero
no llegamos a expresarnos nosotros. No es malo
rezar, pero esto sólo es el comienzo. Es
necesario dejarnos conducir por el
Espíritu, que, al igual que el viento,
"sopla por donde quiere" (Jn. 3, 8), para que
nos lleve de la adoración a la alabanza;
de la alabanza a la acción de gracias; de
la acción de gracias a la
petición; de la petición a la
intercesión; de la intercesión al
cántico inspirado; del cántico
inspirado a la contemplación.
Sólo tenemos que dejarnos
enseñar por el Espíritu.
La oración es un duro combate, y las
dificultades las encontramos no sólo
nosotros. Esta ha sido la experiencia de toda la
Iglesia y en la mayor parte de veces nos
tocará luchar contra nosotros mismos,
contra nuestra pereza, aburrimiento, resequedad
o falta de fe.
Otras veces nos tocará luchar contra
el estrés de la vida moderna. Vivimos
corriendo y no encontramos el tiempo para
orar.
Y no olvidemos además que nuestra
lucha no es sólo contra nosotros y el
mundo, sino también contra las fuerzas
del mal que tratarán a toda costa de
separarnos de Dios.
Lo importante es llenar nuestra mente de
pensamientos positivos en lugar de estar
luchando por sacar los negativos.
Si en nuestra oración nos dirigimos al
Padre, en el Nombre del Hijo, por la fuerza del
Espíritu Santo, en comunión con la
Virgen María, con los ángeles y
toda la Iglesia, ¡no estamos orando
solos!
Llenémonos de amor y echemos fuera el
temor.
Creamos firmemente en lo que dice San
Juan:
"Vosotros, hijitos míos, sois de Dios
y los habéis vencido. Pues el que
está en vosotros es más que el que
está en el mundo" (1 Jn 4, 4).
Unámonos al grito de victoria que
salió del corazón de San
Pablo:
"Si Dios está con nosotros,
¿quién contra nosotros?... En todo
esto salimos vencedores gracias a a Aquel que
nos amó". (Rm 8, 31.37).