- Una voz
en el desierto
- No queremos
cambiar
- Por
Mario González
"Vi
un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el
primer cielo y la primera tierra pasaron, y el
mar ya no existía más. Y yo Juan
vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén,
descender del cielo, de Dios, dispuesta como una
esposa ataviada para su marido.
"Y oí una gran voz del cielo que
decía: He aquí el
tabernáculo de Dios con los hombres, y
él morará con ellos, y ellos
serán su pueblo, y Dios mismo
estará con ellos como su Dios.
Enjugará Dios toda lágrima de
los ojos de ellos, y ya no habrá muerte,
ni habrá más llanto, ni clamor, ni
dolor, porque las primeras cosas pasaron.
"Y el que estaba sentado en el trono dijo: He
aquí, yo hago nuevas todas las
cosas".
Apocalipsis 21, 1-5
Apenas había calmado la furia de la
naturaleza cuando se reanudan los secuestros y
otros crímenes. Pareciera como que el
cataclismo puso en jaque también a los
que sólo pueden sentirse poderosos con la
ventaja y las armas en la mano, pues, de lo
contrario, son sólo débiles
mortales como nosotros.
Pero es evidente que a medida que han
persistido los crímenes, también
han continuado los sismos, no en
disminución, sino en aumento.
Resulta irónico cómo un sismo
excepcionalmente violento golpea a un
país calificado de excepcionalmente
violento. Ciertamente no todos somos partidarios
de la fuerza. El Salvador es una nación
pacífica y cristiana. Lo demuestran el
desprendimiento y el esfuerzo de tantos
salvadoreños que corrieron en auxilio de
sus hermanos muertos o maltrechos por la
catástrofe.
Pero basta salir a la calle para encontrarse
a mucha gente peleando de carro a carro,
insultándose de ventana a ventana en los
vecindarios, metiéndose zancadillas en
los trabajos y tratando de evadir
responsabilidades para que otros las
carguen.
Según la Policía, ahora
cualquiera secuestra con tal de hacer dinero
fácil y cualquiera se ve impulsado a
violentarse fácilmente. A esto, el
director de la Policía le llama
"violencia social", pues la sociedad se ve
tentada a enfrentarse a sí. No es la
clásica guerra civil, sino el imperio de
la irracionalidad y la prepotencia.
No nos hemos puesto a pensar que, con estas
tragedias, Dios nos está diciendo algo:
que tenemos que cambiar nuestros corazones y
volver nuestros ojos hacia Él.
Quizá Abraham esté negociando
con Dios otra vez para no enviarnos un castigo
mayor si por lo menos hay un número
ínfimo de justos entre nosotros.
Personalmente creo que la mayoría de
salvadoreños ama a Dios, protege a sus
familias y honra su trabajo. Pero muchos
tendemos a caer en lo superficial: estamos a
veces más preocupados de lo material, nos
molesta que nos hablen de Dios o nos apena decir
que vamos a la iglesia, o que nos vean con la
Biblia en la mano o comentando la Palabra; nos
preocupamos de llamarnos "cristianos", pero no
damos testimonio de ello; vamos a la iglesia o
damos alguna ayuda sólo para que los
demás nos vean, pero somos incapaces de
repartir amor y solidaridad, de reconocer
nuestros errores y cambiar.
Los que se creen intocables y dueños
de la vida de sus hermanos, deben saber que
tarde o temprano la justicia divina caerá
sobre ellos si siguen comerciando con el dolor
del prójimo. Ojalá no se
arrepientan muy tarde.
En definitiva, no nos ponemos a pensar que no
hay otro camino más que la
reconciliación con Dios. Hoy mismo
podemos irnos huyendo a Los Angeles o
Japón para evitar los temblores, y
allá también estallará otro
desastre. Sólo tomados de la mano del
Señor no vamos a perecer. Al final
podrá morir nuestro cuerpo, pero no
nuestro espíritu.
Por muy irónico que parezca, Dios
sufre con nosotros esta desgracia. Lo refleja el
gran número de templos de piedra
destruidos, pero también el gran
número de templos vivos, nuestros
hermanos de Las Colinas, Comasagua,
Usulután, que perecieron. Si los que
formamos la Iglesia somos el Cuerpo de Cristo,
cómo Él debe haber padecido con
nosotros y compartido nuestra
tribulación.
Por razones que no entendemos, Él
permitió que esta prueba fuera tan dura.
Pero nos da la fórmula para salir
adelante diciéndonos: "Venid a Mí
todos los que estáis cansados y agobiados
que Yo os aliviaré", pero sobre todo nos
reafirma la promesa de estar con nosotros hasta
el fin.