Domingo 4 de febrero


Una voz en el desierto
No queremos cambiar
Por Mario González

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.

"Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.

"Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas".

Apocalipsis 21, 1-5

Apenas había calmado la furia de la naturaleza cuando se reanudan los secuestros y otros crímenes. Pareciera como que el cataclismo puso en jaque también a los que sólo pueden sentirse poderosos con la ventaja y las armas en la mano, pues, de lo contrario, son sólo débiles mortales como nosotros.

Pero es evidente que a medida que han persistido los crímenes, también han continuado los sismos, no en disminución, sino en aumento.

Resulta irónico cómo un sismo excepcionalmente violento golpea a un país calificado de excepcionalmente violento. Ciertamente no todos somos partidarios de la fuerza. El Salvador es una nación pacífica y cristiana. Lo demuestran el desprendimiento y el esfuerzo de tantos salvadoreños que corrieron en auxilio de sus hermanos muertos o maltrechos por la catástrofe.

Pero basta salir a la calle para encontrarse a mucha gente peleando de carro a carro, insultándose de ventana a ventana en los vecindarios, metiéndose zancadillas en los trabajos y tratando de evadir responsabilidades para que otros las carguen.

Según la Policía, ahora cualquiera secuestra con tal de hacer dinero fácil y cualquiera se ve impulsado a violentarse fácilmente. A esto, el director de la Policía le llama "violencia social", pues la sociedad se ve tentada a enfrentarse a sí. No es la clásica guerra civil, sino el imperio de la irracionalidad y la prepotencia.

No nos hemos puesto a pensar que, con estas tragedias, Dios nos está diciendo algo: que tenemos que cambiar nuestros corazones y volver nuestros ojos hacia Él.

Quizá Abraham esté negociando con Dios otra vez para no enviarnos un castigo mayor si por lo menos hay un número ínfimo de justos entre nosotros.

Personalmente creo que la mayoría de salvadoreños ama a Dios, protege a sus familias y honra su trabajo. Pero muchos tendemos a caer en lo superficial: estamos a veces más preocupados de lo material, nos molesta que nos hablen de Dios o nos apena decir que vamos a la iglesia, o que nos vean con la Biblia en la mano o comentando la Palabra; nos preocupamos de llamarnos "cristianos", pero no damos testimonio de ello; vamos a la iglesia o damos alguna ayuda sólo para que los demás nos vean, pero somos incapaces de repartir amor y solidaridad, de reconocer nuestros errores y cambiar.

Los que se creen intocables y dueños de la vida de sus hermanos, deben saber que tarde o temprano la justicia divina caerá sobre ellos si siguen comerciando con el dolor del prójimo. Ojalá no se arrepientan muy tarde.

En definitiva, no nos ponemos a pensar que no hay otro camino más que la reconciliación con Dios. Hoy mismo podemos irnos huyendo a Los Angeles o Japón para evitar los temblores, y allá también estallará otro desastre. Sólo tomados de la mano del Señor no vamos a perecer. Al final podrá morir nuestro cuerpo, pero no nuestro espíritu.

Por muy irónico que parezca, Dios sufre con nosotros esta desgracia. Lo refleja el gran número de templos de piedra destruidos, pero también el gran número de templos vivos, nuestros hermanos de Las Colinas, Comasagua, Usulután, que perecieron. Si los que formamos la Iglesia somos el Cuerpo de Cristo, cómo Él debe haber padecido con nosotros y compartido nuestra tribulación.

Por razones que no entendemos, Él permitió que esta prueba fuera tan dura. Pero nos da la fórmula para salir adelante diciéndonos: "Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré", pero sobre todo nos reafirma la promesa de estar con nosotros hasta el fin.


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