Domingo 4 de febrero


No limosnas
Ayudar con sacrificio
Teresa Guevara de López*

"Hasta que todos y cada uno de nosotros no sintamos físicamente una pequeña carencia o incomodidad por algo que nos falta, nuestra deuda con el resto de los hermanos salvadoreños estará impagada". Esta frase extraordinaria está tomada de un artículo también extraordinario de una mujer que se identifica modestamente "como una salvadoreña más", española de origen, pero con un amor tan grande por nuestra tierra, que ha sentido como en carne propia el terremoto, y ha hecho suyo el dolor que sentimos en estos momentos todos los salvadoreños. Con esta nobleza de corazón y esta talla moral, definitivamente no es una salvadoreña más, es una gran mujer, a la que todos orgullosamente abrimos los brazos y el corazón.

Su afirmación debe ser motivo de reflexión para todos los que, únicamente por la misericordia de Dios, no hemos sufrido pérdidas de familiares o materiales en esta desgracia, y que por lo tanto hemos contraído una hipoteca social. En las tres semanas que han transcurrido desde aquel 13 de enero, todos pusimos nuestro corazón y nuestras energías al servicio de los que además de haber sido privados de sus seres queridos, se veían sin techo ni comida. Hemos dado al mundo un ejemplo de solidaridad generosa, que ha despertado en los países amigos el deseo de ayudarnos también. ¡Qué lecciones han dado las mujeres de los mercados, que han constituido caravanas para llevar comida caliente a los habitantes de las zonas de la montaña, que además de hambre, tenían frío! Las legiones de voluntarios, de toda edad y condición, trabajando hasta el cansancio por ayudar a salvar vidas o por lo menos pertenencias. Y tantos otros, escudados en el anonimato, que se pusieron a la disposición de los coordinadores en la Feria, en El Cafetalón y en Las Delicias…. Y un sinfín de historias, que no pueden contarse, pero que están escritas con letras imborrables en el cielo, porque sólo las supo Dios.

Pero luego de la reacción inmediata, casi instintiva, los albergues comienzan a vaciarse y la vida debe volver a la normalidad. Pero la tragedia de los que no tienen casa, sigue vigente, y a medida que pasa el tiempo sus consecuencias se agigantan, porque también tienen que volver a la normalidad, la ayuda internacional no puede arreglar todo ni ser eterna y tampoco el Gobierno tiene la capacidad de reconstruir todo y ayudarles a todos. Es el momento en que "a los que no nos pasó nada" tenemos que tomar actitudes de protagonistas. No podemos quedarnos tranquilos con que ya ayudamos, con agua, con comida, con ropa, con dinero. Apliquémonos la frase que encabeza este artículo: "mientras no sintamos físicamente carencia o incomodidad por algo que nos falta". Es decir, mientras la ayuda que demos no suponga sacrificarnos, privarnos de algo, no habremos cumplido con nuestro deber. Aunque suene duro: es un deber, una obligación, no un rasgo de generosidad altruista.

¿Cómo ayudar? Con sólo ver alrededor descubriremos que nuestras empleadas domésticas son damnificadas. Que los que componen ese micromundo en el cual nos movemos: la tortillera, los que limpian y arreglan zapatos, el jardinero, los que lavan los carros, los del pan, los mensajeros, la manicurista, la peinadora, que por años han trabajado para nosotros, sin rostro definido, pueden ser protagonistas silenciosos de una tragedia. Aquí está nuestra obligación. La deuda de gratitud que tenemos con Dios, debemos pagarla en ellos.

Investiguemos, cerciorémonos de la realidad (la situación se presta, desgraciadamente para abusos), ayudémosles a hacer un presupuesto para que puedan volver a tener casa, y a título personal, hagamos un préstamo bancario (si no tenemos ahorros) que podremos pagar, con más o menos sacrificio, en un plazo de tres a cuatro años. Sería muy positivo si los que beneficiaremos con la construcción o reconstrucción de sus casas, contribuyeran aunque fuera de manera simbólica, con una parte de la cuota del préstamo.

Lo anterior puede sonar absurdo, utópico, imposible de realizar y arriesgado. Pero nos permitirá ver el futuro con ojos de esperanza. Pueblos con casitas viejas de adobe o de bahareque, que sucumbieron con el terremoto, renacerían con otro tipo de construcción, donde las familias podrían vivir en mejores condiciones, con calles limpias y ordenadas donde se iniciaría una profunda labor social de educación en valores, higiene y virtudes (campo ideal para servicio social universitario). No es un sueño, ni una fantasía: es una realidad que está a la mano de todos los que nos sintamos obligados a ayudar a la reconstrucción nacional. Así sí podremos afirmar con enorme orgullo, que este El Salvador pujante y próspero que surgirá en el futuro, nos es más querido porque ha renacido regado, no sólo con las lágrimas y el sudor de unos, sino también con el corazón de todos los que quisimos participar en esta cruzada de amor. ¡Animo y adelante! Sólo se necesita valor para endeudarse por otros, buen humor y una fe ciega en Dios y en Su providencia.


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