- No
limosnas
- Ayudar con
sacrificio
- Teresa
Guevara de López*
"Hasta
que todos y cada uno de nosotros no sintamos
físicamente una pequeña carencia o
incomodidad por algo que nos falta, nuestra
deuda con el resto de los hermanos
salvadoreños estará impagada".
Esta frase extraordinaria está tomada de
un artículo también extraordinario
de una mujer que se identifica modestamente
"como una salvadoreña más",
española de origen, pero con un amor tan
grande por nuestra tierra, que ha sentido como
en carne propia el terremoto, y ha hecho suyo el
dolor que sentimos en estos momentos todos los
salvadoreños. Con esta nobleza de
corazón y esta talla moral,
definitivamente no es una salvadoreña
más, es una gran mujer, a la que todos
orgullosamente abrimos los brazos y el
corazón.
Su afirmación debe ser motivo de
reflexión para todos los que,
únicamente por la misericordia de Dios,
no hemos sufrido pérdidas de familiares o
materiales en esta desgracia, y que por lo tanto
hemos contraído una hipoteca social. En
las tres semanas que han transcurrido desde
aquel 13 de enero, todos pusimos nuestro
corazón y nuestras energías al
servicio de los que además de haber sido
privados de sus seres queridos, se veían
sin techo ni comida. Hemos dado al mundo un
ejemplo de solidaridad generosa, que ha
despertado en los países amigos el deseo
de ayudarnos también. ¡Qué
lecciones han dado las mujeres de los mercados,
que han constituido caravanas para llevar comida
caliente a los habitantes de las zonas de la
montaña, que además de hambre,
tenían frío! Las legiones de
voluntarios, de toda edad y condición,
trabajando hasta el cansancio por ayudar a
salvar vidas o por lo menos pertenencias. Y
tantos otros, escudados en el anonimato, que se
pusieron a la disposición de los
coordinadores en la Feria, en El
Cafetalón y en Las Delicias
. Y un
sinfín de historias, que no pueden
contarse, pero que están escritas con
letras imborrables en el cielo, porque
sólo las supo Dios.
Pero luego de la reacción inmediata,
casi instintiva, los albergues comienzan a
vaciarse y la vida debe volver a la normalidad.
Pero la tragedia de los que no tienen casa,
sigue vigente, y a medida que pasa el tiempo sus
consecuencias se agigantan, porque
también tienen que volver a la
normalidad, la ayuda internacional no puede
arreglar todo ni ser eterna y tampoco el
Gobierno tiene la capacidad de reconstruir todo
y ayudarles a todos. Es el momento en que "a los
que no nos pasó nada" tenemos que tomar
actitudes de protagonistas. No podemos quedarnos
tranquilos con que ya ayudamos, con agua, con
comida, con ropa, con dinero.
Apliquémonos la frase que encabeza este
artículo: "mientras no sintamos
físicamente carencia o incomodidad por
algo que nos falta". Es decir, mientras la ayuda
que demos no suponga sacrificarnos, privarnos de
algo, no habremos cumplido con nuestro deber.
Aunque suene duro: es un deber, una
obligación, no un rasgo de generosidad
altruista.
¿Cómo ayudar? Con sólo ver
alrededor descubriremos que nuestras empleadas
domésticas son damnificadas. Que los que
componen ese micromundo en el cual nos movemos:
la tortillera, los que limpian y arreglan
zapatos, el jardinero, los que lavan los carros,
los del pan, los mensajeros, la manicurista, la
peinadora, que por años han trabajado
para nosotros, sin rostro definido, pueden ser
protagonistas silenciosos de una tragedia.
Aquí está nuestra
obligación. La deuda de gratitud que
tenemos con Dios, debemos pagarla en ellos.
Investiguemos, cerciorémonos de la
realidad (la situación se presta,
desgraciadamente para abusos),
ayudémosles a hacer un presupuesto para
que puedan volver a tener casa, y a
título personal, hagamos un
préstamo bancario (si no tenemos ahorros)
que podremos pagar, con más o menos
sacrificio, en un plazo de tres a cuatro
años. Sería muy positivo si los
que beneficiaremos con la construcción o
reconstrucción de sus casas,
contribuyeran aunque fuera de manera
simbólica, con una parte de la cuota del
préstamo.
Lo anterior puede sonar absurdo,
utópico, imposible de realizar y
arriesgado. Pero nos permitirá ver el
futuro con ojos de esperanza. Pueblos con
casitas viejas de adobe o de bahareque, que
sucumbieron con el terremoto, renacerían
con otro tipo de construcción, donde las
familias podrían vivir en mejores
condiciones, con calles limpias y ordenadas
donde se iniciaría una profunda labor
social de educación en valores, higiene y
virtudes (campo ideal para servicio social
universitario). No es un sueño, ni una
fantasía: es una realidad que está
a la mano de todos los que nos sintamos
obligados a ayudar a la reconstrucción
nacional. Así sí podremos afirmar
con enorme orgullo, que este El Salvador pujante
y próspero que surgirá en el
futuro, nos es más querido porque ha
renacido regado, no sólo con las
lágrimas y el sudor de unos, sino
también con el corazón de todos
los que quisimos participar en esta cruzada de
amor. ¡Animo y adelante! Sólo se
necesita valor para endeudarse por otros, buen
humor y una fe ciega en Dios y en Su
providencia.