Sábado 3 de febrero


El Salvador en perspectiva
Después del diluvio: Austeridad
Mario Rosenthal*

Ante el desastre que ha sufrido El Salvador, 221,642 casas dañadas o derrumbadas, dejando a la gente a la intemperie, los centenares de muertos, huérfanos incontables recogidos por familiares, carreteras arruinadas o interrumpidas, ciudades enteras reducidas a escombros, 300,000 niños sin aulas, con un estimado de daños que sobrepasa más de un billón de colones y la amenaza de nuevas ruinas, es poco lo que puede decir un observador imparcial. No se puede culpar a nadie ni a ningún organismo, tampoco se puede alegar que se podría haber evitado si se hubiera tomado las medidas preventivas que fueron recomendadas a través de los años. Lo notable es la reacción del país que ha estallado con una energía comparable con la del mismo terremoto en actividades de salvamento y reconstrucción patrocinadas tanto por el gobierno, países amigos, así como por organizaciones privadas nacionales e internacionales.

Ahora el gobierno ha creado un plan antidesastres que debe ser objeto de legislación y que comprende identificar las áreas más afectadas por el terremoto del 13 de enero, incluyendo carreteras, puentes y rellenos, establecer el constante monitoreo sismológico, vulcanológico y de los niveles de agua que pueden ser causa de inundaciones, identificar los desprendimientos, agrietamientos y hundimientos de suelos, revisar las normas para la construcción y por último la creación de una entidad técnica autónoma que estudiaría los riesgos naturales que corre el país.

Todo eso es muy bonito, pero ¿de qué sirve si de todos modos se construye en áreas de alto riesgo, si las casas no llenan las condiciones de seguridad que los ingenieros establecen, si las carreteras se diseñan para servir a dueños de propiedades y no para llenar las necesidades de los pobladores?. Ya existen leyes y reglamentos que amparan casi todos los puntos del plan antidesastres del gobierno, pero éstos no se observan y aunque se hubiesen observado es muy difícil que hubieran menguado la fuerza devastadora igual a diez mil bombas nucleares que liberó el terremoto del 13 de enero en cuestión de segundos.

No es remoto que los iluminados señores diputados aprueben una ley, con dispensa de trámites, que prohíba las construcciones de bahareque y adobe, y exijan que sean de cemento armado, agregada a las otras condiciones del proyecto antidesastres. Si los señores legisladores sólo han dado tres días de gracia para que entre en vigor el seguro obligatorio vehicular contra daños a terceros, después de tenerlo engavetado durante seis años y aprueba alegremente un préstamo del BID de $3.5 millones para mejorar el trabajo legislativo con un sistema electrónico de conteo de votos, cuando la mayor parte del país está en ruinas, no nos debe sorprender que de un presupuesto de 19,000 millones de colones solamente se asignen 83.6 millones de colones para hacerle frente al desastre que ha sufrido el país.

Parece que se espera poder atender a las necesidades de más de un millón de damnificados, 97 municipios en ruinas, 221,642 viviendas dañadas o destruidas, cientos de kilómetros de carreteras dañadas y muchas intransitables, edificios gubernamentales inhabitables, incluyendo el de la Procuraduría y el de Correos, con donaciones y préstamos, cuando el propio gobierno tiene que buscar 2,696 millones de colones por medio de bonos para cubrir el déficit presupuestario.

Aunque países amigos han ofrecido ayuda que suma $17 millones para hacer frente a los gastos de emergencia de abrigar y alimentar a los damnificados, hasta el 31 de enero, según el Ministerio de RR.EE. solamente se había recibido un millón de dólares. La reconstrucción de la infraestructura no se puede lograr a base de donaciones, esto sólo se logrará a base de préstamos internacionales, que enfrentan el engorroso y politizado proceso de aprobación de dos tercios de los diputados. Esto no augura bien para la reconstrucción del país que requiere patriotismo y esfuerzo unificado y no partidismo divisivo y egoísta.


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