Viernes 2 de febrero 2001


En esta hora de crisis
Siempre de pie
Luis Nelson Segovia

El terremoto acaecido el sábado 13 de enero de 2001 representa uno de los días más trágicos en la historia del país. Según las informaciones, el epicentro del sistema se produjo en el Océano Pacífico y sus ondas expansivas generaron una energía descomunal que se estrelló contra el primer muro de contención que fue la cordillera de la costa, la que trepidó simultáneamente a lo largo y ancho de la misma, ya sea en la Cordillera de El Bálsamo, como en las lomas de Jucuarán y las montañas de Juayúa y Apaneca, y por eso vemos que existe igual destrucción en Santiago de María y Alegría, en el Oriente; en Comasagua, en el Centro, y en Juayúa y Armenia, en el Occidente. Las desgracias en pueblos de la cordillera protegieron en gran parte las ciudades al otro lado de la misma, tal como la ciudad capital.

Las repercusiones son enormes: Las pérdidas humanas han sido centenares, los desaparecidos y soterrados han sido causa de desesperación para sus parientes, queriendo descubrir los cuerpos de sus seres queridos para darles una cristiana sepultura; las destrucciones de pueblos enteros hacen aumentar el margen de los más pobres, los campamentos de refugiados hacinados y a merced de la ayuda humanitaria nacional e internacional; los deslaves de montañas enteras sobre centros poblacionales y principales vías de comunicación del país; pérdida completa de vías de acceso de poblaciones cafetaleras ubicadas en la cordillera de la costa, etc. Todas estas calamidades sucedieron en un abrir y cerrar de ojos, en medio del pánico y terror que produce la madre naturaleza cuando se manifiesta.

Mientras esta tragedia invadía el corazón y sentimiento de todos los salvadoreños, la clase política se enfrascó en una discusión estéril sobre el presupuesto y sobre un dos por ciento, más o menos, para las alcaldías, y llegaron al colmo cuando no quisieron aprobar tres días de salario como contribución para los damnificados del terremoto. Así se retrataron de cuerpo entero nuestros políticos.

La solidaridad del pueblo salvadoreño apareció aún antes de que terminara de asentarse el polvo de la destrucción, y los vecinos y amigos acudían en forma inmediata a prestar el auxilio necesario para rescatar a los que habían quedado atrapados en las ruinas y que podían estar con vida. Y antes de 24 horas, la solidaridad internacional de los países amigos hizo acto de presencia con alimentos y vituallas necesarios para esta clase de catástrofe. Se cuentan más de 30 países prestando su total colaboración y no digamos la comunidad salvadoreña. ¡Nuestros hermanos lejanos! pero cercanos en la necesidad.

Bien recuerdo cuando el terremoto de 1976 en Guatemala, su mandatario expresó con ánimo "Siempre de pie nunca de rodillas", y ese debe ser el espíritu que debe impulsarnos a todos los salvadoreños, olvidar esa politiquería de críticas destructivas, de querer saludar con bandera política la entrega de donativos locales e internacionales, de negarle ayuda a quienes no participan en su partido político. Es momento de olvidar rencillas e ideologías, debemos pensar como salvadoreños y distribuir la ayuda con equidad, prontitud y honradez. Nuestro deber es reconstruir el país. Los donativos deben ir encaminados a facilitar a los damnificados los medios de reconstruir sus viviendas y las herramientas y oportunidades necesarias para comenzar a trabajar y poner en marcha la producción del país en la búsqueda del bien común para todos. Con la confianza en Dios, como dice nuestra Constitución, debemos poner empeño de continuar SIEMPRE DE PIE.

* Dr. en Derecho.


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