- En esta
hora de crisis
- Siempre de
pie
- Luis
Nelson Segovia
El terremoto acaecido el sábado 13 de
enero de 2001 representa uno de los días
más trágicos en la historia del
país. Según las informaciones, el
epicentro del sistema se produjo en el
Océano Pacífico y sus ondas
expansivas generaron una energía
descomunal que se estrelló contra el
primer muro de contención que fue la
cordillera de la costa, la que trepidó
simultáneamente a lo largo y ancho de la
misma, ya sea en la Cordillera de El
Bálsamo, como en las lomas de
Jucuarán y las montañas de
Juayúa y Apaneca, y por eso vemos que
existe igual destrucción en Santiago de
María y Alegría, en el Oriente; en
Comasagua, en el Centro, y en Juayúa y
Armenia, en el Occidente. Las desgracias en
pueblos de la cordillera protegieron en gran
parte las ciudades al otro lado de la misma, tal
como la ciudad capital.
Las repercusiones son enormes: Las
pérdidas humanas han sido centenares, los
desaparecidos y soterrados han sido causa de
desesperación para sus parientes,
queriendo descubrir los cuerpos de sus seres
queridos para darles una cristiana sepultura;
las destrucciones de pueblos enteros hacen
aumentar el margen de los más pobres, los
campamentos de refugiados hacinados y a merced
de la ayuda humanitaria nacional e
internacional; los deslaves de montañas
enteras sobre centros poblacionales y
principales vías de comunicación
del país; pérdida completa de
vías de acceso de poblaciones cafetaleras
ubicadas en la cordillera de la costa, etc.
Todas estas calamidades sucedieron en un abrir y
cerrar de ojos, en medio del pánico y
terror que produce la madre naturaleza cuando se
manifiesta.
Mientras esta tragedia invadía el
corazón y sentimiento de todos los
salvadoreños, la clase política se
enfrascó en una discusión
estéril sobre el presupuesto y sobre un
dos por ciento, más o menos, para las
alcaldías, y llegaron al colmo cuando no
quisieron aprobar tres días de salario
como contribución para los damnificados
del terremoto. Así se retrataron de
cuerpo entero nuestros políticos.
La solidaridad del pueblo salvadoreño
apareció aún antes de que
terminara de asentarse el polvo de la
destrucción, y los vecinos y amigos
acudían en forma inmediata a prestar el
auxilio necesario para rescatar a los que
habían quedado atrapados en las ruinas y
que podían estar con vida. Y antes de 24
horas, la solidaridad internacional de los
países amigos hizo acto de presencia con
alimentos y vituallas necesarios para esta clase
de catástrofe. Se cuentan más de
30 países prestando su total
colaboración y no digamos la comunidad
salvadoreña. ¡Nuestros hermanos
lejanos! pero cercanos en la necesidad.
Bien recuerdo cuando el terremoto de 1976 en
Guatemala, su mandatario expresó con
ánimo "Siempre de pie nunca de rodillas",
y ese debe ser el espíritu que debe
impulsarnos a todos los salvadoreños,
olvidar esa politiquería de
críticas destructivas, de querer saludar
con bandera política la entrega de
donativos locales e internacionales, de negarle
ayuda a quienes no participan en su partido
político. Es momento de olvidar rencillas
e ideologías, debemos pensar como
salvadoreños y distribuir la ayuda con
equidad, prontitud y honradez. Nuestro deber es
reconstruir el país. Los donativos deben
ir encaminados a facilitar a los damnificados
los medios de reconstruir sus viviendas y las
herramientas y oportunidades necesarias para
comenzar a trabajar y poner en marcha la
producción del país en la
búsqueda del bien común para
todos. Con la confianza en Dios, como dice
nuestra Constitución, debemos poner
empeño de continuar SIEMPRE DE PIE.
* Dr. en
Derecho.