Un
sueño que puede ser realidad
Paso
fácil
Marvin
Galeas*
E-mail: Marvin@telemovil.com
El
tiempo se detuvo en la aduana hondureña
de El Amatillo. Está igualita que hace 30
ó 40 años. Tiene los mismos
colores amarillentos y melancólicos.
Sucia, burocrática y calurosa. Hay
rótulos que advierten que los nacionales
de los países signatarios del CA-4 no
deben pagar nada por los trámites
migratorios. Sin embargo, todo es tan lento,
engorroso y enredado que resulta mucho mejor
pagarle a un tramitador (casi siempre un
niño), que en un abrir y cerrar de ojos
le resuelve a uno la vida.
Al mediodía, el encargado de chequear
los vehículos se va a almorzar y regresa
hasta la 1:30 p.m. De manera que hay que
esperar, abrumados por un paisaje reseco y
desolado, más de 90 minutos bajo el
bochornoso calor. Es cuando aparece un
niño descalzo y flaco y ofrece resolver
el asunto en un minuto por sólo 15
lempiras. Con ciertas dudas le damos al muchacho
los documentos. Sale disparado donde un
señor que dormita a la sombra de uno de
los pocos árboles del lugar.
En menos de un minuto el niño regresa
con el papel firmado y sellado. Le damos los 15
lempiras pactados y todos contentos. En El
Guasaule, el paso fronterizo entre Honduras y
Nicaragua, la cosa es igual. No hay una sola
computadora, no hay un alma piadosa que oriente
a nadie sobre cómo hacer y dónde
dirigirse para iniciar el papeleo. En las
aduanas terrestres de Centroamérica el
tiempo transcurre en cámara lenta. En
plena era de la informática y la
globalización los empleados de esas
aduanas llenan complicados formularios a mano o
en antiquísimas máquinas de
escribir. Si uno de esos empleados se hubiese
dormido en la década de los cincuenta y
hubiese despertado en el 2000 (como en el cuento
de Rip Van Winkly), no hubiese notado nada
extraño en su oficina. Todo
estaría exactamente igual.
Pero Centroamérica tiene varios
millones de habitantes más que hace 50
años. Son miles de vehículos
más los que por esos puestos fronterizos
pasan. Los acuerdos entre países, los
tratados de libre comercio, las estrategias de
mercadeo regionales se estrellan contra lo
obsoleto y desesperadamente burocrático
de esos pasos fronterizos. Lo mejor
sería, claro está, que no
existiesen esas aduanas. Centroamérica
tendría muchas más posibilidades
en todo sentido si enfrentase los retos de los
nuevos tiempos de manera integrada.
Pero como la unión centroamericana es
un sueño todavía difícil de
hacer realidad, algo hay que hacer con esas
aduanas. La mayoría de esas oficinas, la
de Peñas Blancas, de Costa Rica, por
ejemplo, tiene una sola persona para revisar los
documentos migratorios de entrada y otra para
los de salida. En temporada de vacaciones uno
puede estarse fácilmente 5 horas haciendo
cola. Es absurdo.
Claro como los aranceles migratorios son
cero, excepto en Costa Rica que se paga un
seguro de vehículo, los inmigrantes son
vistos como usuarios y como tales se les trata.
Es decir, de la patada. En El Guasaule, por
ejemplo, anduve como loco para arriba y para
abajo buscando una fotocopiadora que nadie
sabía decirme a ciencia cierta
dónde estaba. La encontré,
después de atravesar un predio polvoso y
un cerco de alambre de púas, en una
derruida caseta de madera que más
parecía un sanitario rural.
Lo mejor sería ceder a empresas
privadas el manejo de las aduanas terrestres. Es
cierto que se tendrían que pagar esos
servicios, pero el cliente, que no usuario,
obtendría comodidad, rapidez y buen
trato.
Siempre hemos soñado con la
unión de Centroamérica. Un ideal
por el que dieron la vida muchos patriotas. Pero
como están las cosas en estas parcelas
quizá el sueño que debemos
convertir en realidad sea más modesto:
Aduanas terrestres en edificios limpios y con
aire acondicionado, servicios computarizados,
varias ventanillas de atención al
público, cajeros automáticos para
obtener moneda extranjera, etc. Francisco
Morazán no lo vería nada mal.