Jueves 4 de enero 2001


Tomando la palabra
Buenos días, milenio
Salvador Samayoa*

En los primeros días del año se respiran aires más frescos y se observan cielos azules intensos y despejados. El clima en estas latitudes favorece la energía, la calidez y el optimismo, mientras otras zonas del planeta comienzan el año con fríos terribles y paisajes oscuros, sin colores y un tanto desoladores que con frecuencia suscitan estados de ánimo más bien depresivos.

Ahora, además de iniciar un año, iniciamos un siglo y un milenio. Estos últimos representan parámetros de tiempo más apropiados para la historia que para la vida concreta de las cohortes y generaciones que conviven en un determinado momento. En este sentido, tanto las expectativas como las angustias de nuevos siglos y nuevos milenios resultan un tanto abstractas e irracionales, aunque debamos rescatar de las filosofías orientales milenarias algo del misterioso reciclaje de energía social asociado a estas vueltas extraordinarias del calendario.

Por alguna inexplicable reverberación del inconsciente colectivo resulta poco apropiado en fechas como ésta pensar en objetivos, transformaciones o proyecciones que no sean sublimes o que no abarquen a toda la humanidad o al futuro de sociedades enteras. Por ello es comprensible que al saludar a un nuevo siglo o a un nuevo milenio nos situemos en el horizonte de las utopías y en el ámbito de las grandes ilusiones colectivas. Y también es comprensible, en consecuencia, que nos sepa a poca cosa que todos los noticieros y los programas de opinión de El Salvador en estos días se limiten a hablar de las dificultades que han tenido los ciudadanos para cobrar y pagar en dólares en la tienda de la esquina.

Este es momento para pensar en cosas más grandes. Tal vez no tan grandes como las que se pueden producir en un siglo entero, pero suficientemente grandes como para alimentar las ilusiones y desvanecer los temores propios de un cambio de siglo y de milenio.

Una de estas cosas grandes que quisiéramos ver como cambios históricos en nuestra cultura y en el plano de la humanización de nuestro sistema social se refiere a la dimensión ética de la política, porque la falta de ética en el manejo de los asuntos públicos es percibida por la gente como el sustrato último de no pocas injusticias, inseguridades y frustraciones.

En su reciente conferencia sobre "Los valores ante el nuevo milenio", el versátil filósofo español Fernando Savater sentenció que "la política hay que corregirla con buena política, no con ética". Esto ya lo había dicho Aristóteles hace mucho tiempo. También había dicho el ilustre pensador griego que la dimensión ética de la política se jugaba más en la organización del Estado que en la conciencia moral de los ciudadanos y de los funcionarios públicos. Lo que Savater ha puntualizado, como corolario, es que la política no debe tratar de transformar a las personas para hacerlas mejores, sino a las instituciones para hacerlas mejores.

Con esta máxima en mente nos atrevemos a proponer algunas transformaciones institucionales &emdash;ético-políticas&emdash; situadas entre la vaguedad de las abstracciones seculares o milenarias y la falta de fondo de las urgencias cotidianas del momento.

En primer lugar, debemos proponernos en serio la transformación institucional del sistema de representación política. La débil o inexistente relación entre representantes y representados está en el origen de no pocas deformaciones de nuestro sistema político. Para acceder a una candidatura a cargos de elección popular, el aspirante no tiene que ganarse el respeto de la población; basta y sobra con la bendición de la cúpula del partido; sólo tiene que asegurar que el partido lo sitúe en una posición ganadora de una lista ganadora.

La votación por banderas y no por personas es la madre de todas las deformaciones. Y la hermana de la madre es la representación pro-indiviso, sin responsabilidad directa ante grupos concretos de electores que pueden respaldar o remover al diputado o al concejal municipal en dependencia de la manera como éste los ha representado o los puede representar.

En segundo lugar, debemos emprender la reforma institucional de los gobiernos municipales. Este propósito tiene relación con la reforma anterior, pero va más lejos. La calidad política y técnica de los concejales se puede mejorar en gran medida por el cambio en el sistema electoral, pero es necesario, además, adentrarnos en la construcción conceptual, institucional, jurídica, política y social del municipio como el ámbito en el que debe resolverse la mayor parte de los problemas de las ciudades y de los ciudadanos.

En tercer lugar, tenemos que cambiar el modelo institucional de contraloría del Estado. La "General Accounting Office" (GAO) de los Estados Unidos es un buen modelo. Es una dependencia investigativa y analítica del Congreso, independiente y no partidaria, confiable para todos, cuyo propósito principal es estudiar la manera cómo el gobierno gasta el dinero de los contribuyentes y asesorar a las instancias ejecutivas acerca de la manera de hacer más efectivo y responsable al gobierno.

En cuarto lugar, tenemos que proponernos en serio la profesionalización y apertura del servicio civil. El enfoque del cambio debe situarse entre las trampas de la flexibilización del mercado laboral que postula el neoliberalismo y las trampas de la estabilidad laboral malentendida que postula la izquierda política.

Sin cambios institucionales drásticos en estos aspectos centrales será pura ilusión o descarada mentira cualquier pretensión de introducir algo de ética en la política nacional de los albores del nuevo milenio.


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