Tomando
la palabra
Buenos días,
milenio
Salvador
Samayoa*
En
los primeros días del año se
respiran aires más frescos y se observan
cielos azules intensos y despejados. El clima en
estas latitudes favorece la energía, la
calidez y el optimismo, mientras otras zonas del
planeta comienzan el año con fríos
terribles y paisajes oscuros, sin colores y un
tanto desoladores que con frecuencia suscitan
estados de ánimo más bien
depresivos.
Ahora, además de iniciar un
año, iniciamos un siglo y un milenio.
Estos últimos representan
parámetros de tiempo más
apropiados para la historia que para la vida
concreta de las cohortes y generaciones que
conviven en un determinado momento. En este
sentido, tanto las expectativas como las
angustias de nuevos siglos y nuevos milenios
resultan un tanto abstractas e irracionales,
aunque debamos rescatar de las filosofías
orientales milenarias algo del misterioso
reciclaje de energía social asociado a
estas vueltas extraordinarias del
calendario.
Por alguna inexplicable reverberación
del inconsciente colectivo resulta poco
apropiado en fechas como ésta pensar en
objetivos, transformaciones o proyecciones que
no sean sublimes o que no abarquen a toda la
humanidad o al futuro de sociedades enteras. Por
ello es comprensible que al saludar a un nuevo
siglo o a un nuevo milenio nos situemos en el
horizonte de las utopías y en el
ámbito de las grandes ilusiones
colectivas. Y también es comprensible, en
consecuencia, que nos sepa a poca cosa que todos
los noticieros y los programas de opinión
de El Salvador en estos días se limiten a
hablar de las dificultades que han tenido los
ciudadanos para cobrar y pagar en dólares
en la tienda de la esquina.
Este es momento para pensar en cosas
más grandes. Tal vez no tan grandes como
las que se pueden producir en un siglo entero,
pero suficientemente grandes como para alimentar
las ilusiones y desvanecer los temores propios
de un cambio de siglo y de milenio.
Una de estas cosas grandes que
quisiéramos ver como cambios
históricos en nuestra cultura y en el
plano de la humanización de nuestro
sistema social se refiere a la dimensión
ética de la política, porque la
falta de ética en el manejo de los
asuntos públicos es percibida por la
gente como el sustrato último de no pocas
injusticias, inseguridades y frustraciones.
En su reciente conferencia sobre "Los valores
ante el nuevo milenio", el versátil
filósofo español Fernando Savater
sentenció que "la política hay que
corregirla con buena política, no con
ética". Esto ya lo había dicho
Aristóteles hace mucho tiempo.
También había dicho el ilustre
pensador griego que la dimensión
ética de la política se jugaba
más en la organización del Estado
que en la conciencia moral de los ciudadanos y
de los funcionarios públicos. Lo que
Savater ha puntualizado, como corolario, es que
la política no debe tratar de transformar
a las personas para hacerlas mejores, sino a las
instituciones para hacerlas mejores.
Con esta máxima en mente nos atrevemos
a proponer algunas transformaciones
institucionales
&emdash;ético-políticas&emdash;
situadas entre la vaguedad de las abstracciones
seculares o milenarias y la falta de fondo de
las urgencias cotidianas del momento.
En primer lugar, debemos proponernos en serio
la transformación institucional del
sistema de representación
política. La débil o inexistente
relación entre representantes y
representados está en el origen de no
pocas deformaciones de nuestro sistema
político. Para acceder a una candidatura
a cargos de elección popular, el
aspirante no tiene que ganarse el respeto de la
población; basta y sobra con la
bendición de la cúpula del
partido; sólo tiene que asegurar que el
partido lo sitúe en una posición
ganadora de una lista ganadora.
La votación por banderas y no por
personas es la madre de todas las deformaciones.
Y la hermana de la madre es la
representación pro-indiviso, sin
responsabilidad directa ante grupos concretos de
electores que pueden respaldar o remover al
diputado o al concejal municipal en dependencia
de la manera como éste los ha
representado o los puede representar.
En segundo lugar, debemos emprender la
reforma institucional de los gobiernos
municipales. Este propósito tiene
relación con la reforma anterior, pero va
más lejos. La calidad política y
técnica de los concejales se puede
mejorar en gran medida por el cambio en el
sistema electoral, pero es necesario,
además, adentrarnos en la
construcción conceptual, institucional,
jurídica, política y social del
municipio como el ámbito en el que debe
resolverse la mayor parte de los problemas de
las ciudades y de los ciudadanos.
En tercer lugar, tenemos que cambiar el
modelo institucional de contraloría del
Estado. La "General Accounting Office" (GAO) de
los Estados Unidos es un buen modelo. Es una
dependencia investigativa y analítica del
Congreso, independiente y no partidaria,
confiable para todos, cuyo propósito
principal es estudiar la manera cómo el
gobierno gasta el dinero de los contribuyentes y
asesorar a las instancias ejecutivas acerca de
la manera de hacer más efectivo y
responsable al gobierno.
En cuarto lugar, tenemos que proponernos en
serio la profesionalización y apertura
del servicio civil. El enfoque del cambio debe
situarse entre las trampas de la
flexibilización del mercado laboral que
postula el neoliberalismo y las trampas de la
estabilidad laboral malentendida que postula la
izquierda política.
Sin cambios institucionales drásticos
en estos aspectos centrales será pura
ilusión o descarada mentira cualquier
pretensión de introducir algo de
ética en la política nacional de
los albores del nuevo milenio.