- Reflexiones
sobre el terremoto
- Lecciones de un
terremoto
- María
Teresa Simán
Sigue temblando, la tierra parece irse
acomodando poco a poco, pero dentro de todo
salvadoreño las escenas del terremoto
siguen en pie, tratando de acomodarse al tiempo
y a la vida que sigue inexorable su rumbo.
Hemos aprendido lecciones que en nuestra vida
han dejado la huella de un "terremoto
espiritual", soterrando esas "anécdotas
cotidianas" que hasta el 13 de enero nos
parecían trascendentes y ahora nos
parecen ridículas.
Oyendo a Juan relatar su episodio bajo cuatro
metros de tierra, soterrado hasta la cintura,
con un hombre agonizando a su lado y él
repasando su vida para darle gracias a Dios por
todos aquellos momentos felices que le
permitió vivir, he pensado en las veces
que me he quejado por tonterías -que si
el clima, que si el tráfico, que si el
carácter de este o del otro, que si no me
alcanza el dinero, que si la suegra, que si el
cansancio- ... me he avergonzado. Juan estaba
inmóvil, con un peso de cuatro metros de
tierra encima y en esas circunstancias se
dedicó a darle gracias a Dios por su
vida, por esos momentos fáciles y por los
difíciles, por los seres queridos que le
había puesto a su lado, por estar
él allí y no su esposa... y
tú y yo que tantas veces nos sentimos
así, con un peso encima, paralizados por
el cansancio, por una pena, por un agobio
económico... con una loza en el alma por
esa dificultad en el matrimonio, o en el
trabajo, y nos dedicamos a "despotricar" contra
Dios y contra esas personas o circunstancias
adversas. ¡No!, nunca olvidemos esta
lección. Todos los momentos son buenos
para dar gracias a Dios, por lo que nos ha dado
y nos da, todas las circunstancias son oportunas
para pensar en los demás, aunque
momentáneamente no veamos más que
"tierra" -oscuridad- o un gran muro enfrente de
nuestras narices.
No dejemos que ninguna circunstancia nos
ciegue de tal manera que dejemos de ayudar a
quien tenemos al lado, Juan lo hizo, se
dedicó durante quince horas a alentar,
apoyar y ayudar a bien morir a ese
compañero soterrado. Aprendamos, y ahora
al mirar a nuestro alrededor, no preguntemos
credo, ni partido político, ni pueblo de
nacimiento para tender la mano. Nuestra gente
nos necesita entregados de lleno en reconstruir
El Salvador.
No pensemos que no podemos hacer mucho, que
para eso hay otros... y mucho menos consintamos
la actitud del comodón que se dedica a
señalar lo que los demás hacen
menos bien, mientras él se queda
cómodamente sentado frente al
periódico o al televisor,
sintiéndose "juez" autorizado para
destruir lo que otros intentan levantar.
Salvadoreños, no importa la cantidad
de nuestro apoyo, ni si estamos arriba o abajo,
en la derecha o en la izquierda... lo que
importa es que estamos bajo este suelo, bajo
esta bandera azul y blanco, bajo esta
nación que Dios quiso bendecir con el
nombre de El Salvador. Y esto -hoy, ahora- nos
exige darlo todo, y no quedarnos sentados
esperando que de afuera nos venga la
solución.
Recuerdo ahora el relato que oí contar
sobre Ramón, ese niño de ocho
años que hace un par de días se
presentó en la Cruz Roja, preguntando por
el presidente de dicha institución. Este
se encontraba en medio de comitivas europeas y
delegaciones que traían ayudas
internacionales. Ramón insistió
que necesitaba verlo. Al recibirlo, el
niño le recitó una poesía
que había compuesto y le entregó
un cheque. Era el dinero que le acaban de dar
del Ministerio de Educación como premio
por ser uno de los mejores alumnos del
país. Ramón nunca antes
había tenido diez colones en su bolsillo,
y hoy, que recibió mil colones como
premio a su dedicación, lo entregó
todo para aquellos niños que han quedado
sin techo ni hogar.
En su poesía nos decía que
quería tener mucho para darlo todo. Su
donación ha valido más que un
millón y ojalá todos los
salvadoreños no olvidemos lo que hizo
Ramón. Nuestros hermanos esperan el apoyo
de cada uno... esa hora de dedicación a
remover escombros cuando te podrías
quedar sentado en el cómodo
sillón. Esperan ese café, esa
libra de arroz, ese compartir tu colcha, tu
pala, tu oración y una sonrisa que
acompañe cualquier acción.
He visto soldados, policías,
campesinos, servidores públicos,
médicos y empresarios cargar camiones,
repartir tamales, pasar hambre, frío y
desvelo por agilizar la ayuda que nuestros
hermanos esperan recibir. Quisiera de alguna
manera darles las gracias por esas lecciones de
generosidad, por ese trabajo oculto, silencioso,
sin nombre ni precio, en medio del cansancio, de
escenas de dolor, de críticas despiadadas
que no los han hecho desistir.
Quiero con estas líneas borrar por un
momento la tinta negra que se ha usado para
criticar y destruir. Gracias
salvadoreños, porque con esta tragedia a
muchos nos han dado lecciones que nos ayudan a
vivir.