Miércoles 31 de enero


Reflexiones sobre el terremoto
Lecciones de un terremoto
María Teresa Simán

Sigue temblando, la tierra parece irse acomodando poco a poco, pero dentro de todo salvadoreño las escenas del terremoto siguen en pie, tratando de acomodarse al tiempo y a la vida que sigue inexorable su rumbo.

Hemos aprendido lecciones que en nuestra vida han dejado la huella de un "terremoto espiritual", soterrando esas "anécdotas cotidianas" que hasta el 13 de enero nos parecían trascendentes y ahora nos parecen ridículas.

Oyendo a Juan relatar su episodio bajo cuatro metros de tierra, soterrado hasta la cintura, con un hombre agonizando a su lado y él repasando su vida para darle gracias a Dios por todos aquellos momentos felices que le permitió vivir, he pensado en las veces que me he quejado por tonterías -que si el clima, que si el tráfico, que si el carácter de este o del otro, que si no me alcanza el dinero, que si la suegra, que si el cansancio- ... me he avergonzado. Juan estaba inmóvil, con un peso de cuatro metros de tierra encima y en esas circunstancias se dedicó a darle gracias a Dios por su vida, por esos momentos fáciles y por los difíciles, por los seres queridos que le había puesto a su lado, por estar él allí y no su esposa... y tú y yo que tantas veces nos sentimos así, con un peso encima, paralizados por el cansancio, por una pena, por un agobio económico... con una loza en el alma por esa dificultad en el matrimonio, o en el trabajo, y nos dedicamos a "despotricar" contra Dios y contra esas personas o circunstancias adversas. ¡No!, nunca olvidemos esta lección. Todos los momentos son buenos para dar gracias a Dios, por lo que nos ha dado y nos da, todas las circunstancias son oportunas para pensar en los demás, aunque momentáneamente no veamos más que "tierra" -oscuridad- o un gran muro enfrente de nuestras narices.

No dejemos que ninguna circunstancia nos ciegue de tal manera que dejemos de ayudar a quien tenemos al lado, Juan lo hizo, se dedicó durante quince horas a alentar, apoyar y ayudar a bien morir a ese compañero soterrado. Aprendamos, y ahora al mirar a nuestro alrededor, no preguntemos credo, ni partido político, ni pueblo de nacimiento para tender la mano. Nuestra gente nos necesita entregados de lleno en reconstruir El Salvador.

No pensemos que no podemos hacer mucho, que para eso hay otros... y mucho menos consintamos la actitud del comodón que se dedica a señalar lo que los demás hacen menos bien, mientras él se queda cómodamente sentado frente al periódico o al televisor, sintiéndose "juez" autorizado para destruir lo que otros intentan levantar.

Salvadoreños, no importa la cantidad de nuestro apoyo, ni si estamos arriba o abajo, en la derecha o en la izquierda... lo que importa es que estamos bajo este suelo, bajo esta bandera azul y blanco, bajo esta nación que Dios quiso bendecir con el nombre de El Salvador. Y esto -hoy, ahora- nos exige darlo todo, y no quedarnos sentados esperando que de afuera nos venga la solución.

Recuerdo ahora el relato que oí contar sobre Ramón, ese niño de ocho años que hace un par de días se presentó en la Cruz Roja, preguntando por el presidente de dicha institución. Este se encontraba en medio de comitivas europeas y delegaciones que traían ayudas internacionales. Ramón insistió que necesitaba verlo. Al recibirlo, el niño le recitó una poesía que había compuesto y le entregó un cheque. Era el dinero que le acaban de dar del Ministerio de Educación como premio por ser uno de los mejores alumnos del país. Ramón nunca antes había tenido diez colones en su bolsillo, y hoy, que recibió mil colones como premio a su dedicación, lo entregó todo para aquellos niños que han quedado sin techo ni hogar.

En su poesía nos decía que quería tener mucho para darlo todo. Su donación ha valido más que un millón y ojalá todos los salvadoreños no olvidemos lo que hizo Ramón. Nuestros hermanos esperan el apoyo de cada uno... esa hora de dedicación a remover escombros cuando te podrías quedar sentado en el cómodo sillón. Esperan ese café, esa libra de arroz, ese compartir tu colcha, tu pala, tu oración y una sonrisa que acompañe cualquier acción.

He visto soldados, policías, campesinos, servidores públicos, médicos y empresarios cargar camiones, repartir tamales, pasar hambre, frío y desvelo por agilizar la ayuda que nuestros hermanos esperan recibir. Quisiera de alguna manera darles las gracias por esas lecciones de generosidad, por ese trabajo oculto, silencioso, sin nombre ni precio, en medio del cansancio, de escenas de dolor, de críticas despiadadas que no los han hecho desistir.

Quiero con estas líneas borrar por un momento la tinta negra que se ha usado para criticar y destruir. Gracias salvadoreños, porque con esta tragedia a muchos nos han dado lecciones que nos ayudan a vivir.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'01] [Portada] [Planeta Alternativo]

Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com