Jueves 25 de enero 2001


El Ejército que quiero

"Es más fácil militarizar a un civil que civilizar a un militar". La frase, que entraña tanto ingenio como inquina, la repiten quienes sueñan con un planeta sin ejércitos, sin armas y sin odio, como si los tres elementos se reclamaran entre sí.

Juan Bosco Martín
E-mail: bosco@elsalvador.com

Me da algo de vergüenza reproducirla aquí después de ver a tanto uniformado anónimo quebrándose el lomo por rescatar cadáveres sepultados en Las Colinas, por llevar comida a los evacuados o proteger las líneas de abastecimiento. En esas tres acciones solidarias, en las que participa el Ejército, no descubro odio por ningún lado, sino el más puro afán de servicio y la más noble muestra de amor patrio. Han colocado en la cúspide del civismo las renombradas virtudes castrenses: disciplina, obediencia, audacia, espíritu de sacrificio, austeridad... Se puede ser disciplinado, obediente y audaz para arrasar un poblado indefenso, pero por fortuna éste no es el caso de los militares salvadoreños de hoy.

No le tengo simpatía a la Fuerza Armada como institución. Tampoco antipatía. Me limito a juzgar los hechos que protagoniza, y creo interpretar la opinión de la mayoría al afirmar que en la emergencia por el terremoto muchos soldados se han comportado como héroes. Como lo que todos esperamos de ellos. Esto es importante: de ellos esperamos lo mejor. Por eso repugna tanto la corrupción de un militar. Porque cuentan con más oportunidades que otros para actuar como héroes. Como héroes fueron los soldados que murieron despedazados cuando retiraban la munición desperdigada después del estallido del polvorín. Como tantas personas de bien hemos conocido estos días. Por fortuna, se puede ser un héroe sin pegar un tiro, aunque en otras ocasiones &endash;menos de las que comúnmente se piensa&endash; haya que disparar para defender vidas.

A la sociedad le conviene especialmente que a los militares se les forme como hombres y mujeres con alto sentido del honor, porque a ellos se le encomienda el uso de la Fuerza. Cuando mantienen ese espíritu, los ejércitos muestran su rostro más amable, el rostro del que lo da todo a cambio de nada. Por el contrario, si se pierde el sentido del honor y de la dignidad humana, la Fuerza se convierte en opresiva y se cometen los excesos que todos conocemos.

No comparto el vaticinio del General Arce, cuando afirma que "el ejército vivirá mientras viva la República". Pero deseo que la Fuerza Armada viva para servir a quienes más necesitan de su existencia, como hemos visto estos días.


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