Jueves 25 de enero 2001


Reflexiones sobre el terremoto
El derecho a la esperanza
Joaquín Samayoa

Las grandes tragedias ponen a prueba el temple y las capacidades de los individuos y grupos sociales que las sufren. En las horas y los días siguientes al terremoto, hemos visto aflorar lo mejor y lo peor que podemos llegar a ser las personas y las instituciones sociales. Ha sido verdaderamente encomiable y conmovedora la solidaridad y el espíritu de servicio de miles de voluntarios entregados incansablemente a esfuerzos de rescate y asistencia a las víctimas. Lamentablemente, no han faltado los que han visto en la tragedia una ocasión para figurar, pendientes del micrófono y de las cámaras, más que del sufrimiento y de la necesidad de sus hermanos. A medida que iban pasando las horas, empezaron también a aparecer en escena los especuladores, los usureros, los ladrones, los políticos oportunistas y, por supuesto, los críticos, algunos de ellos sensatos, otros destilando un pernicioso negativismo en disfraz de sensibilidad social y responsabilidad ciudadana.

Habida cuenta de toda esa gama de comportamientos, me parece que la balanza se ha inclinado muy claramente del lado de la bondad humana, no sólo en El Cafetalón y en Las Colinas, sino también en la Feria Internacional y en otros muchos lugares dentro y fuera del territorio nacional. Una periodista mexicana, que ha cubierto catástrofes en todo el mundo por casi treinta años, decía que estaba impresionada por la fe de los salvadoreños. Decía que, en El Salvador, la fe es más grande que la tragedia. De acuerdo. Sólo que a mí me formaron en la fe con el paradigma ignaciano: esperarlo todo como si todo depende de Dios, pero hacerlo todo como si todo depende de nosotros. En otras palabras, ganarnos con el esfuerzo el derecho a la esperanza. Por eso es necesario reflexionar acerca de lo que nos toca a nosotros en una situación de crisis y oportunidad como la que estamos viviendo, para que nuestra palabra y nuestra acción sean realmente eficaces frente a las necesidades inmediatas de las víctimas y, sobre todo, frente al desafío de reconstruir un país de manera que sea mucho menos vulnerable al impacto de los fenómenos naturales.

Para estar a la altura de este gran desafío, debemos comenzar por afinar un poco nuestras mentes y nuestros corazones. En otras palabras, pasado el susto y a pesar de la tristeza, debemos hablar y actuar con lucidez y actitud positiva. Esto significa varias cosas. En primer lugar, objetividad en el análisis de la situación y de las opciones, para poder atender la emergencia con eficiencia, pero con ecuanimidad y sin comprometer las posibilidades de futuro de las personas y del país. La crítica ligera y mal informada, por valiente que parezca, ayuda poco en ese esfuerzo. Algunas veces esa crítica es resultado de la angustia y la desesperación de los afectados. Eso se comprende y se dispensa. Pero otras veces, la crítica simplista obedece a inoportunas agendas políticas, a deseos frustrados de protagonismo o a condicionamientos ideológicos que impiden ver bien alguno en lo que prejuiciosamente se considera malo, o mal alguno en lo que prejuiciosamente se considera bueno. Ese tipo de crítica es casi siempre injusta, resta en vez de sumar, y crea un clima contraproducente de cinismo y animadversión.

No es momento para competencia entre medios informativos, ni para confrontación entre gobierno y sociedad civil, ni para pasarle a nadie la factura por los males estructurales que mantienen en perpetua vulnerabilidad a la mayoría de la población. Definitivamente hace falta crítica y auditoría social cuando es tanto lo que está en juego para tanta gente. Pero no de cualquier forma. La crítica debe ser robusta, pero también honesta y ecuánime. ¿Por qué es tan difícil reconocer, agradecer y emular las quince horas diarias de trabajo que está contribuyendo Roberto Murray, o la iniciativa y capacidad de gestión de Oscar Ortiz?, ¿Por qué brincar, cuando resulta evidente que el COEN no estaba preparado para esta emergencia? La crítica debe ser franca, pero respetuosa y comedida, sin intransigencia, con conciencia de la enorme complejidad del problema que nos aqueja. Suficiente tierra nos echó ya encima el maldito terremoto como para seguir sepultándonos con la tierra del prejuicio, la intolerancia y el cinismo. Muchas cosas se han hecho mal ahora y antes. Hay que señalarlas. Pero igualmente importante es ayudar a que todos ganemos, con el esfuerzo inteligente y genuinamente cooperativo, el derecho a la esperanza.


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