Reflexiones
sobre el terremoto
El derecho a la
esperanza
Joaquín
Samayoa
Las grandes tragedias ponen a prueba el
temple y las capacidades de los individuos y
grupos sociales que las sufren. En las horas y
los días siguientes al terremoto, hemos
visto aflorar lo mejor y lo peor que podemos
llegar a ser las personas y las instituciones
sociales. Ha sido verdaderamente encomiable y
conmovedora la solidaridad y el espíritu
de servicio de miles de voluntarios entregados
incansablemente a esfuerzos de rescate y
asistencia a las víctimas.
Lamentablemente, no han faltado los que han
visto en la tragedia una ocasión para
figurar, pendientes del micrófono y de
las cámaras, más que del
sufrimiento y de la necesidad de sus hermanos. A
medida que iban pasando las horas, empezaron
también a aparecer en escena los
especuladores, los usureros, los ladrones, los
políticos oportunistas y, por supuesto,
los críticos, algunos de ellos sensatos,
otros destilando un pernicioso negativismo en
disfraz de sensibilidad social y responsabilidad
ciudadana.
Habida cuenta de toda esa gama de
comportamientos, me parece que la balanza se ha
inclinado muy claramente del lado de la bondad
humana, no sólo en El Cafetalón y
en Las Colinas, sino también en la Feria
Internacional y en otros muchos lugares dentro y
fuera del territorio nacional. Una periodista
mexicana, que ha cubierto catástrofes en
todo el mundo por casi treinta años,
decía que estaba impresionada por la fe
de los salvadoreños. Decía que, en
El Salvador, la fe es más grande que la
tragedia. De acuerdo. Sólo que a
mí me formaron en la fe con el paradigma
ignaciano: esperarlo todo como si todo depende
de Dios, pero hacerlo todo como si todo depende
de nosotros. En otras palabras, ganarnos con el
esfuerzo el derecho a la esperanza. Por eso es
necesario reflexionar acerca de lo que nos toca
a nosotros en una situación de crisis y
oportunidad como la que estamos viviendo, para
que nuestra palabra y nuestra acción sean
realmente eficaces frente a las necesidades
inmediatas de las víctimas y, sobre todo,
frente al desafío de reconstruir un
país de manera que sea mucho menos
vulnerable al impacto de los fenómenos
naturales.
Para estar a la altura de este gran
desafío, debemos comenzar por afinar un
poco nuestras mentes y nuestros corazones. En
otras palabras, pasado el susto y a pesar de la
tristeza, debemos hablar y actuar con lucidez y
actitud positiva. Esto significa varias cosas.
En primer lugar, objetividad en el
análisis de la situación y de las
opciones, para poder atender la emergencia con
eficiencia, pero con ecuanimidad y sin
comprometer las posibilidades de futuro de las
personas y del país. La crítica
ligera y mal informada, por valiente que
parezca, ayuda poco en ese esfuerzo. Algunas
veces esa crítica es resultado de la
angustia y la desesperación de los
afectados. Eso se comprende y se dispensa. Pero
otras veces, la crítica simplista obedece
a inoportunas agendas políticas, a deseos
frustrados de protagonismo o a condicionamientos
ideológicos que impiden ver bien alguno
en lo que prejuiciosamente se considera malo, o
mal alguno en lo que prejuiciosamente se
considera bueno. Ese tipo de crítica es
casi siempre injusta, resta en vez de sumar, y
crea un clima contraproducente de cinismo y
animadversión.
No es momento para competencia entre medios
informativos, ni para confrontación entre
gobierno y sociedad civil, ni para pasarle a
nadie la factura por los males estructurales que
mantienen en perpetua vulnerabilidad a la
mayoría de la población.
Definitivamente hace falta crítica y
auditoría social cuando es tanto lo que
está en juego para tanta gente. Pero no
de cualquier forma. La crítica debe ser
robusta, pero también honesta y
ecuánime. ¿Por qué es tan
difícil reconocer, agradecer y emular las
quince horas diarias de trabajo que está
contribuyendo Roberto Murray, o la iniciativa y
capacidad de gestión de Oscar Ortiz?,
¿Por qué brincar, cuando resulta
evidente que el COEN no estaba preparado para
esta emergencia? La crítica debe ser
franca, pero respetuosa y comedida, sin
intransigencia, con conciencia de la enorme
complejidad del problema que nos aqueja.
Suficiente tierra nos echó ya encima el
maldito terremoto como para seguir
sepultándonos con la tierra del
prejuicio, la intolerancia y el cinismo. Muchas
cosas se han hecho mal ahora y antes. Hay que
señalarlas. Pero igualmente importante es
ayudar a que todos ganemos, con el esfuerzo
inteligente y genuinamente cooperativo, el
derecho a la esperanza.