Tomando
la palabra
LA TRAGEDIA A TRAVES
DE LOS MEDIOS
Marvin
Galeas*
E-mail:
Marvin@telemovil.com
La
objetividad periodística es una especie
de Barney el dinosaurio. Vive en nuestras
mentes, pero en realidad no existe. Los
periodistas somos personas con corazón y
cerebro. De manera que es muy difícil no
traslucir en el trabajo nuestra particular
percepción del mundo que nos rodea. Hasta
en el orden en el que se colocan los titulares,
un editor, sin necesidad de mentir, refleja de
alguna manera su punto de vista.
Para contrarrestar esa natural tendencia a la
subjetividad, existe en el
trabajo periodístico una serie de
reglas y principios éticos. La
aplicación de esas reglas y principios (y
no un título académico) es lo que
determina el grado de profesionalismo de un
periodista. La manera en como los medios
cubrieron y siguen cubriendo el terremoto del
pasado 13 y sus consecuencias ha puesto en
relieve el profesionalismo y la entrega de la
mayoría de nuestros periodistas. Pero
también han salido a luz las
deficiencias, las taras y hasta el descaro de
otros colegas.
En un periódico serio leí un
titular en letras rojas que decía "Lo que
quedó de Santa Tecla". Eso es lisa y
llanamente sensacionalismo. Fuera del contexto
del terremoto, ese tipo de titulares no pasa de
despertar morbo. Pero enmedio de semejante
situación no es difícil imaginar
las ansiedades y preocupaciones innecesarias que
provocan.
Un presentador que más parece modelo
que periodista soltó una sonora carcajada
cuando teníamos en pantalla a una
reportera entrevistando a damnificados. Otra
muchacha daba indicaciones de cómo
comportarse enmedio de un cataclismo. De seguir
esas instrucciones, todos habríamos
muertos. Todo ello son errores comprensibles
cuando se trabaja a la carrera y con grandes
presiones, como suele ser en estas
emergencias.
Los medios de comunicación,
además de informar, en momentos como
éste se constituyen en los principales
instrumentos para orientar al conglomerado,
poner en contacto a personas que se buscan,
llevar mensajes de ánimo y por sobre todo
fomentar la unidad nacional para hacerle frente
a la tragedia. De como se manejen los medios de
comunicación masiva depende mucho el
estado de ánimo de la población. Y
del estado de ánimo de la
población depende en gran
medida el tiempo que nos tomemos para
reconstruir al país.
No es de paladines libertarios coadyuvar a
romper la unidad nacional y la
solidaridad que de manera espontánea
surge después de estas
catástrofes. No es de profesionales
fomentar el descontento para así tomar
ventajas políticas de cara a las no tan
próximas elecciones.
Me parece más bien grosero tratar de
aprovecharse del espacio que se tiene en un
medio privado para influir, con fines
políticos partidistas, en la
opinión pública. Eso cae en la
manipulación descarada. No se necesita
ser un genio de las comunicaciones para azuzar
el descontento en compatriotas que en pocos
segundos perdieron a seres queridos o el
resultado de una vida de esfuerzos.
Una cosa es ejercer la labor de
crítica, vigilancia y
fiscalización sobre el
poder, consustancial, a todo periodismo serio
y profesional, y otra es agitar las pasiones
para favorecer a determinada fuerza
política. Una cosa es "poner el dedo en
la llaga" y otra distinta es establecer, a
priori, que un grupo de ciudadanos del sector
privado es una pandilla de ladrones que tienen
que probar su inocencia.
Eso de creerse la voz del pueblo ha enfermado
a más de alguno en estas tierras. En
tiempos de dictaduras y gobiernos autoritarios,
es de héroes desafiar al poder desde la
prensa. Y es de sinvergüenzas aplaudir
desde la prensa al tirano de turno, para
agradecer favores y dineros. En la historia de
América Latina, decenas de periodistas
sufrieron exilios, persecuciones, cárcel,
torturas y hasta la muerte a manos de dictadores
enemigos de las libertades.
En El Salvador de hoy, nadie ha denunciado
fraudes electorales desde que se firmó la
paz. La izquierda tiene una enorme cuota de
poder y cualquiera puede declararse
públicamente capitalista, comunista o
anarquista, sin temor a que lo vayan a sacar de
noche de su casa. En El Salvador de hoy, un
columnista recién salido de las aulas
universitarias se da el lujo de llamar cobarde
al presidente y no pasa nada, ni esperamos que
pase.
En un país donde la máxima
hostilidad a la prensa es la tonta pataleta de
una empleada de casa presidencial contra una
periodista del Canal 12, asumir poses de
mártir y héroe de la libertad de
expresión es verdaderamente
patético. O se está siguiendo
lineamientos políticos, o se está
alimentando un ego de antología, o ambas
cosas.