¿Dónde
está tu hermano?
Salvador
Samayoa
El
escenario de destrucción es terrible,
sobre todo en el terreno de las viviendas
rurales y suburbanas. Ya era terrible antes del
terremoto, pero no nos golpeaba. Ahora tenemos
los escombros y las familias en los albergues.
Imposible no verlo. La pobreza a flor de piel
golpea más que la pobreza profunda. La
miseria tocó fondo. Esa es la mala
noticia. La buena noticia es que ya no podemos
desentendernos. Ahora el problema de vivienda es
demasiado visible y mucho más grande. El
país no puede seguir funcionando si no lo
resuelve. Así de simple.
Como bien ha dicho el teólogo Jon
Sobrino, es importante arreglar los caminos,
pero tanto o más importante es arreglar
los modos de caminar. A la luz de este
pensamiento, la reconstrucción es primero
un problema de actitud, y sólo en segundo
lugar es un problema de recursos. En otras
palabras, las soluciones técnicas y
financieras dependen en gran medida de la manera
en que nos hagamos cargo de nuestra
realidad.
El escenario de la parálisis y la
impotencia es el peor de todos. El escenario de
una vuelta artificial a una normalidad
inexistente es igualmente malo. Por lo que se ha
podido observar hasta el momento, son
pequeños los riesgos de situarnos en
alguno de estos escenarios. Pero hay otros que
bien podrían configurarse para mayor
desgracia del país, si no pensamos bien
las cosas.
Uno es el escenario de dependencia total de
la cooperación internacional, sin hacer
el esfuerzo nacional extraordinario que nos
corresponde. Otro es asumir el reto estirando el
presupuesto ordinario, como si fuera de hule,
sacrificando educación, infraestructura
de conectividad o desarrollo agropecuario para
construir más viviendas. El riesgo de
situarnos en alguno de estos escenarios es mucho
mayor, porque es nuestra manera habitual de
responder a las necesidades extraordinarias,
abriendo huecos para tapar otros huecos.
De conformidad con esta lógica, lo
más probable es que se diga que debemos
abandonar la construcción del puerto de
Cutuco, o el proyecto del Río Grande, o
la carretera longitudinal del norte, porque son
proyectos muy caros y ahora las prioridades del
país son otras.
También es probable que se trunquen o
se posterguen con la misma lógica las
escasas inversiones en recreación y
deporte, o en esfuerzos orientados al
tratamiento del stress post traumático
que nos ha dejado el terremoto. Siempre actuamos
así, como si las tragedias no causaran
impactos psico-sociales profundos que luego se
traducen en pesados lastres de
frustración, agresividad y negatividad. Y
lo peor es que además pensaríamos
que estamos siendo realistas, sensatos y
responsables al proceder de esta manera.
La verdad es que esta manera de pensar
ocultaría al menos dos de los vicios o
errores de juicio más habituales en
nuestro país. El primero es el del
árbol que tapa la vista del bosque, la
coyuntura que impide analizar la estructura, el
presente que impide ver el futuro, el
fenómeno que impide ver la realidad.
¿Quién nos asegura que la
siguiente tragedia no va a ocurrir dentro de
seis meses? ¿Quién puede asegurarnos
que el siguiente desastre no será una
inundación en vez de un terremoto?
¿Quién nos asegura que los
próximos damnificados no estarán
en la zona norte o en la cuenca del Lempa, en
vez de la Cordillera? ¿Cuál
sería, entonces, la lógica de
aplazar los proyectos de conectividad en el
norte, o los proyectos de dragado, bordas,
control de erosión y control de azolves e
inundaciones en el Río Grande de San
Miguel?
El segundo vicio es el de soslayar el
verdadero sacrificio que debemos hacer para que
la solidaridad sea real y efectiva. Es evidente
que a pura cooperación internacional o
haciendo transferencias erróneas de
partidas presupuestarias no vamos a resolver el
problema de vivienda que nos ha dejado el
terremoto.
Esta es una hora propicia, ciertamente, para
cortar drásticamente el normal
despilfarro de los fondos públicos.
También es la hora de la
cooperación internacional en magnitudes y
con condiciones sensiblemente diferentes a las
normales, pero aún trabajando en estos
dos componentes de la solución
financiera, seguirá siendo insoslayable
el componente fundamental: este es el aporte
solidario de todos los ciudadanos
salvadoreños que no hemos sido afectados
en mayor medida y seguimos viviendo con relativa
comodidad y holgura.
"Esta es la hora de la terrible pregunta de
Yahvé a Caín. Si no respondemos
bien, ya nos podemos olvidar del Fondo Monetario
y del Banco Mundial, porque nuestros hermanos
seguirán sin techo y viviendo en la
miseria".
Cien mil viviendas rurales y suburbanas, a un
promedio de cincuenta mil colones por unidad
habitacional, con prorrateo de
urbanización incluido, cuestan cinco mil
millones de colones. Si las hacemos en dos
años, el costo anual es de dos mil
quinientos millones. Si nos proponemos financiar
la mitad con aportes extraordinarios de los
ciudadanos, el importe anual es mil doscientos
cincuenta millones. Si asumimos que al menos
doscientos mil salvadoreños tenemos
posibilidad de compartir esta carga, cada uno
tendría que aportar poco más de
500 colones mensuales durante dos años.
La forma de hacerlo tendría que
imaginarla el Ministerio de Hacienda. ¿Es
esto mucho pedir?
Si aportamos eso, la otra mitad de los cinco
mil millones puede financiarse a partes iguales
entre la cooperación internacional y el
presupuesto ordinario de vivienda, que por
cierto debiera fijarse en 2% del PIB aún
en situaciones de normalidad. De esta manera, El
Salvador cubriría el 75% del costo de las
cien mil viviendas, sin afectar otras
proyecciones y necesidades de nuestro
desarrollo, y en este escenario sería
más razonable pedir ayuda para el 25%
restante.
¿Podemos decirle a nuestros hermanos que
no se preocupen porque esta vez sí vamos
a responderles? ¿Podemos decirle al
país que la reconstrucción de las
viviendas no debe hacerse al precio de reducir o
postergar el desarrollo nacional? Esta sí
sería una forma responsable de comenzar a
arreglar los caminos... y el modo de
caminar.