Jueves 25 de enero 2001


¿Dónde está tu hermano?
Salvador Samayoa

El escenario de destrucción es terrible, sobre todo en el terreno de las viviendas rurales y suburbanas. Ya era terrible antes del terremoto, pero no nos golpeaba. Ahora tenemos los escombros y las familias en los albergues. Imposible no verlo. La pobreza a flor de piel golpea más que la pobreza profunda. La miseria tocó fondo. Esa es la mala noticia. La buena noticia es que ya no podemos desentendernos. Ahora el problema de vivienda es demasiado visible y mucho más grande. El país no puede seguir funcionando si no lo resuelve. Así de simple.

Como bien ha dicho el teólogo Jon Sobrino, es importante arreglar los caminos, pero tanto o más importante es arreglar los modos de caminar. A la luz de este pensamiento, la reconstrucción es primero un problema de actitud, y sólo en segundo lugar es un problema de recursos. En otras palabras, las soluciones técnicas y financieras dependen en gran medida de la manera en que nos hagamos cargo de nuestra realidad.

El escenario de la parálisis y la impotencia es el peor de todos. El escenario de una vuelta artificial a una normalidad inexistente es igualmente malo. Por lo que se ha podido observar hasta el momento, son pequeños los riesgos de situarnos en alguno de estos escenarios. Pero hay otros que bien podrían configurarse para mayor desgracia del país, si no pensamos bien las cosas.

Uno es el escenario de dependencia total de la cooperación internacional, sin hacer el esfuerzo nacional extraordinario que nos corresponde. Otro es asumir el reto estirando el presupuesto ordinario, como si fuera de hule, sacrificando educación, infraestructura de conectividad o desarrollo agropecuario para construir más viviendas. El riesgo de situarnos en alguno de estos escenarios es mucho mayor, porque es nuestra manera habitual de responder a las necesidades extraordinarias, abriendo huecos para tapar otros huecos.

De conformidad con esta lógica, lo más probable es que se diga que debemos abandonar la construcción del puerto de Cutuco, o el proyecto del Río Grande, o la carretera longitudinal del norte, porque son proyectos muy caros y ahora las prioridades del país son otras.

También es probable que se trunquen o se posterguen con la misma lógica las escasas inversiones en recreación y deporte, o en esfuerzos orientados al tratamiento del stress post traumático que nos ha dejado el terremoto. Siempre actuamos así, como si las tragedias no causaran impactos psico-sociales profundos que luego se traducen en pesados lastres de frustración, agresividad y negatividad. Y lo peor es que además pensaríamos que estamos siendo realistas, sensatos y responsables al proceder de esta manera.

La verdad es que esta manera de pensar ocultaría al menos dos de los vicios o errores de juicio más habituales en nuestro país. El primero es el del árbol que tapa la vista del bosque, la coyuntura que impide analizar la estructura, el presente que impide ver el futuro, el fenómeno que impide ver la realidad.

¿Quién nos asegura que la siguiente tragedia no va a ocurrir dentro de seis meses? ¿Quién puede asegurarnos que el siguiente desastre no será una inundación en vez de un terremoto? ¿Quién nos asegura que los próximos damnificados no estarán en la zona norte o en la cuenca del Lempa, en vez de la Cordillera? ¿Cuál sería, entonces, la lógica de aplazar los proyectos de conectividad en el norte, o los proyectos de dragado, bordas, control de erosión y control de azolves e inundaciones en el Río Grande de San Miguel?

El segundo vicio es el de soslayar el verdadero sacrificio que debemos hacer para que la solidaridad sea real y efectiva. Es evidente que a pura cooperación internacional o haciendo transferencias erróneas de partidas presupuestarias no vamos a resolver el problema de vivienda que nos ha dejado el terremoto.

Esta es una hora propicia, ciertamente, para cortar drásticamente el normal despilfarro de los fondos públicos. También es la hora de la cooperación internacional en magnitudes y con condiciones sensiblemente diferentes a las normales, pero aún trabajando en estos dos componentes de la solución financiera, seguirá siendo insoslayable el componente fundamental: este es el aporte solidario de todos los ciudadanos salvadoreños que no hemos sido afectados en mayor medida y seguimos viviendo con relativa comodidad y holgura.

"Esta es la hora de la terrible pregunta de Yahvé a Caín. Si no respondemos bien, ya nos podemos olvidar del Fondo Monetario y del Banco Mundial, porque nuestros hermanos seguirán sin techo y viviendo en la miseria".

Cien mil viviendas rurales y suburbanas, a un promedio de cincuenta mil colones por unidad habitacional, con prorrateo de urbanización incluido, cuestan cinco mil millones de colones. Si las hacemos en dos años, el costo anual es de dos mil quinientos millones. Si nos proponemos financiar la mitad con aportes extraordinarios de los ciudadanos, el importe anual es mil doscientos cincuenta millones. Si asumimos que al menos doscientos mil salvadoreños tenemos posibilidad de compartir esta carga, cada uno tendría que aportar poco más de 500 colones mensuales durante dos años. La forma de hacerlo tendría que imaginarla el Ministerio de Hacienda. ¿Es esto mucho pedir?

Si aportamos eso, la otra mitad de los cinco mil millones puede financiarse a partes iguales entre la cooperación internacional y el presupuesto ordinario de vivienda, que por cierto debiera fijarse en 2% del PIB aún en situaciones de normalidad. De esta manera, El Salvador cubriría el 75% del costo de las cien mil viviendas, sin afectar otras proyecciones y necesidades de nuestro desarrollo, y en este escenario sería más razonable pedir ayuda para el 25% restante.

¿Podemos decirle a nuestros hermanos que no se preocupen porque esta vez sí vamos a responderles? ¿Podemos decirle al país que la reconstrucción de las viviendas no debe hacerse al precio de reducir o postergar el desarrollo nacional? Esta sí sería una forma responsable de comenzar a arreglar los caminos... y el modo de caminar.


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